La historia y el mañana que ha empezado a escribir Felipe VI

20 / 06 / 2014 José Oneto
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El nuevo Rey de España tiene la capacidad suficiente para cumplir con la tarea práctica que ya realizó su padre, don Juan Carlos I: generar concordia en un país que vive los peores momentos de su historia reciente.

En la mañana del 22 de noviembre de 1975, don Juan de Borbón y Battenberg, Conde de Barcelona, hijo de Alfonso XIII, el rey que salió de España por Cartagena tras unas elecciones municipales que declararon la II República, contemplaba, en una televisión de un hotel parisino y acompañado solo de un grupo de leales, la proclamación de su hijo, Juan Carlos de Borbón y Borbón, como Rey de España.

Treinta y nueve años después, el 19 de junio de 2014, también en la soledad más absoluta, pero en un escenario más cómodo y confortable, en el palacio de la Zarzuela de Madrid, ese Borbón que fue proclamado rey en 1975 por el deseo del General Francisco Franco, seguía por la televisión la proclamación de su hijo, el Príncipe de Asturias, como Rey de España, con el nombre de Felipe VI. Se estaba cerrando ese día, en cierto modo, toda una tormentosa etapa clave de la historia de España.

En 1975, don Juan de Borbón, que conservaba los derechos dinásticos, tenía prohibida la entrada en España por el Gobierno de Carlos Arias Navarro, por haber hecho pública una proclama en la que recordaba al pueblo español que nunca se había sometido al poder personal del general Franco, y había tenido, además, grandes enfrentamientos con su hijo por haber aceptado la Corona que le ofrecía el general, al margen de los derechos históricos, mientras la esposa de este, Carmen Polo, jugaba con la posibilidad de otro Borbón, Alfonso, casado con su nieta, Carmen Martínez Bordiú. Don Juan era un perseguido político más. Y, desde la soledad portuguesa, se entiende esa ausencia en una ceremonia que se había convertido en la reinstauración de una monarquía de nuevo cuño.

Sin embargo, 39 años después, esa escena de la soledad de La Zarzuela no ha sido explicada ni ha sido entendida por la opinión pública, que no acierta a comprender la ausencia del rey Juan Carlos en la proclamación de su hijo Felipe, algo que ha sido destacado por las cancillerías internacionales, que no terminan  de creerse la versión que para consumo interno ha difundido la Casa Real, poniendo el acento en que no se ha querido quitar protagonismo ni al Rey hijo, ni a su esposa, la Reina de España. Una versión poco creíble para una ciudadanía que desconfía de versiones que, poco a poco, se van abriendo paso y que no tienen nada que ver con la realidad.

Lo que es evidente es que el pasado jueves 19 de junio se cerró todo un periodo histórico para la monarquía española y para el país, con la proclamación y jura de la Constitución de 1978 ante las Cortes Generales de Felipe VI, hijo del rey Juan Carlos de Borbón y Borbón y de la reina Sofía de Grecia, después de una ceremonia puramente burocrática en el Palacio Real en la que el Rey ha firmado la Ley Orgánica de la Abdicación, ratificada, según establece la Constitución, por el presidente del Gobierno.

Enfrentamiento dramático. 

Un periodo histórico que cierra, además, una etapa en la que la implantación de la monarquía, en un país sentimentalmente republicano, ha sido trágica desde el punto de vista personal de los Borbones, que recuperaron la Corona después de un enfrentamiento dramático entre padre e hijo. Entre un padre, don Juan de Borbón y Battenberg, que representaba la legitimidad dinástica y su hijo Juan Carlos de Borbón y Borbón, que representaba la monarquía implantada por el general Franco pero que, sin embargo, supo conectar con ese nuevo país que quería superar la Guerra Civil y clamaba por la vuelta de los exiliados políticos, la recuperación de las libertades y una Constitución que amparase la reconciliación nacional.

Un periodo histórico en unas circunstancias muy especiales, en las que los dos partidos que sustentan el sistema, el Partido Popular y el Partido Socialista, han entrado en crisis por el desgaste del propio sistema; por los innumerables casos de corrupción, que han proliferado durante los últimos años; por el futuro incierto hacia el que se dirige el PSOE, a la espera de un congreso extraordinario que no parece que vaya a solucionar la grave crisis interna que está viviendo desde el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero; por la crisis encubierta en la que se encuentra el partido que sostiene al Gobierno que, en tres años escasos, ha perdido cinco millones y medio de votos; por una crisis económica que ha dejado un país asediado por los recortes y sumido en una pobreza mayor que hace seis años; y por el cansancio de una ciudadanía a la que se le ha machacado con un aumento de impuestos, una pérdida de derechos sociales, una reducción salarial, y una disminución del Estado de bienestar. En fin, por el desafío planteado por el Gobierno de la Generalitat catalana, con el referéndum del próximo 9 de noviembre, en el que se pretende votar su escisión de España.

Es verdad que las dificultades con las que tuvo que enfrentarse quien ya es el rey padre, eran, probablemente, mucho más complicadas que las actuales, pero entonces existía una ilusión, un proyecto en común que, en estos momentos, por la propia situación del país, no se vislumbra, y que solo se puede recuperar haciendo frente a una profunda reforma constitucional que sea votada mayoritariamente por el país y en la que se reflejen las ansias de cambio de la sociedad española y un sentido de la justicia para que amplios sectores comiencen a creer en la Justicia, manipulada por los partidos mayoritarios, para que se ponga fin a una corrupción que está arruinando el sistema.

Circunstancias diferentes. 

A pesar de su preparación (es el primer rey que ha pasado por la universidad), a pesar de ser el más popular, junto con su madre, la reina Sofía, de la Familia Real, y a pesar de que representa a una nueva generación, Felipe ha llegado al trono en circunstancias diferentes a las que se daban cuando en 1975, cuando su padre fue proclamado rey, dos días después de la muerte del dictador Francisco Franco. La Corona que Felipe VI ha heredado está en mínimos de popularidad. En pocos años, la monarquía y el Rey pasaron de ser la institución y la persona más apreciada del país a suspender de forma clara: 3,78 puntos sobre 10, en el último sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). El declive empezó en octubre de 2011, cuando la monarquía recibió nota negativa por primera vez en su historia: 4,98 sobre 10. El año anterior fue revelado el caso Nóos, que implicaba en actos presuntamente criminales al yerno del Rey: Iñaki Urdangarin, y por extensión o colaboración, a su hija Cristina, que espera para saber si será juzgada. Se rompió el misterio y el tenue velo de silencio que rodeaba a la Casa Real, favorecida por un acuerdo con los medios de comunicación que protegían a la monarquía y a la Familia Real.

Degradación imparable.

Desaparecido este tabú y después de numerosos errores cometidos por el rey Juan Carlos y su círculo, el descrédito se volvió imparable: el estado de salud del monarca; sus andanzas cinegéticas, incluyendo cacerías de elefantes en Botsuana; la economía española amenazada por un rescate internacional; el distanciamiento entre el Rey y la Reina; la aparición de “amigas íntimas” de don Juan Carlos, como la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein; y la implicación de algunos de sus amigos en asuntos turbios, algunos de los cuales acabaron con penas de prisión, justifican la rápida degradación de la imagen real.

Pero ¿quién es realmente el nuevo rey de 46 años que compartirá el palacio de la Zarzuela con su padre, que se convertirá en el Jefe de la Casa Real, con lo que tendrá que fijarle sus funciones dentro de la institución, y qué tipo de salario le va a corresponder, y que, como su padre, ha esperado pacientemente el acceso al trono, sin que de su boca haya salido, por lo menos que haya trascendido públicamente, el menor reproche a la situación última de la Corona, a la crisis institucional creada por los negocios de su cuñado Iñaki Urdangarin, y a los desgarros internos que le ha producido la cerrazón de su hermana Cristina a admitir unos errores que se podían haber llevado por delante a la monarquía.

Este cronista, que ha conocido a los dos, que ha mantenido conversaciones con padre e hijo, que ha sido testigo de algunas confidencias y comentarios que nunca revelaré, aunque Felipe es mucho más reservado que su padre, tiene que reconocer que las relaciones entre Juan Carlos y su hijo han sido mucho más cordiales y fluidas que las que, en su día, mantuvieron don Juan, Conde de Barcelona, con quien sería designado por Franco Príncipe de España y, posteriormente, su sucesor en la jefatura del Estado a título de Rey, en 1969, para ser proclamado Rey en 1975, 48 horas después de la muerte del general Franco, frente a la oposición de quien era depositario de los derechos dinásticos, a los que no renunció hasta ver consolidada la monarquía parlamentaria en un sistema democrático.

Felipe siempre ha sentido admiración por su padre. Recuerdo que la primera vez que hablé con él, en 1981, poco después del golpe de Estado del 23 de Febrero, observé que se ponía el reloj, como su padre, en la mano derecha y que, frente a cualquier pregunta más o menos comprometida, siempre se refería a él, como si su padre estuviese en el secreto de todo. Le estaba haciendo una entrevista en el palacio de la Zarzuela para el semanario Cambio 16; era la primera que se le hacía y contestaba con cierta timidez; se sentía orgulloso de haber permanecido parte de la noche del 23-F junto a su padre, mientras se desmontaba la intentona golpista. Cuando le pregunté cómo sería en el futuro su reinado, casi sin pensarlo, respondió que quería ser un rey como su padre.

De Juan Carlos ha heredado el espíritu de sacrificio, el orden y la disciplina. No es tan abierto, tan cercano como él, pero es amable, cariñoso, detallista y bondadoso. De su madre, por el contrario, ha heredado un cierto carácter germánico, una cierta sensibilidad por la música y flexibilidad para abordar las situaciones difíciles. Tranquilo, no suele perder fácilmente los nervios y tiene una gran habilidad para mantener sus argumentos en cualquier debate... Posee un sentido del humor muy británico y, a pesar de las tensiones dentro de la Casa y de la familia en estos tres últimos años, en los que un verdadero tsunami ha sacudido La Zarzuela, ha sabido conservar la serenidad y poner un cortafuegos con su cuñado y su hermana en cuanto aparecieron las primeras sospechas de corrupción en el escándalo del Instituto Nóos,  por el que probablemente será imputada su hermana en fechas próximas.

Su matrimonio con Letizia Ortiz le ha aportado el conocimiento de otras realidades, de otros mundos, de otras actividades culturales, al tiempo que casi ha recibido lecciones de cómo debe leer los discursos, la cadencia que tiene que respetar, el tono que debe emplear según el público al que se dirige. Profundamente respetuoso con las amistades de su esposa, ha sido él el que se ha acomodado a muchos de sus gustos, hasta el punto de que ella ha influido, incluso, en el perfil de muchos de sus amigos.

Con el nuevo rey, en expresión feliz del escritor Antonio Muñoz Molina en un documentado informe en el semanario Der Spiegel, comienza un “mañana que aún queda por escribir”, por escribir por parte del país y de Felipe VI, un hombre capaz, bien preparado para el cargo, con una idea clara de cómo servir al pueblo y con capacidad de crear cercanía entrañable con sus interlocutores. Naturalmente, esto es mucho menos llamativo que el desenfadado tono de ordeno y mando que cultiva su padre.

Voluntad y capacidad.

Esta capacidad de Felipe, según Muñoz Molina, es útil para captar el ambiente, las dificultades y los anhelos de la gente. En un país tan desgarrado, en tiempos tan inseguros, Felipe tiene la calificación y la voluntad para cumplir con una tarea práctica que se parece a la que ha realizado su padre: generar concordia. Y si hay algo que no necesitamos en estos momentos es una nueva ocasión de desunión en una cuestión esencial: la forma de Estado.

“Pero todo esto es volátil y los que recordamos los años setenta descubrimos, sorprendidos y alarmados, que volvemos a sentir la misma inseguridad que entonces. Mientras nosotros discutimos llenos de ira sobre la Monarquía o la República, o sobre la esencia de Cataluña, no prestamos atención a que tenemos que forjar pactos vitales, por ejemplo, sobre la sostenibilidad de las pensiones y una Administración más profesional para frenar la corrupción. En España, parece que sigue sin escribirse el mañana y el ayer. Ni siquiera hay un dissent plausible”.

Para “ese mañana que aún queda por escribir”, otro gran “escribidor”, Mario Vargas Llosa, pide la ayuda de todos, poniendo nuestro granito de arena en la tarea de mantener a España unida, diversa y libre como lo ha sido estos 39 años  que han propiciado que Felipe VI vaya a reinar sobre una democracia  moderna y respetada, un país libre, solvente y culto.

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