Entre el Pacto del abrazo y el Pacto del beso
la cuenta atrás para encontrar una solución a una investidura que se presenta cada día más difícil ha comenzado, entre el pacto del abrazo de sánchez con rivera y el pacto del beso que le propone iglesias a Sánchez.
A las 7.45 de la tarde del miércoles 2 de marzo, tras la primera votación, en la que se exigía mayoría absoluta, ya anochecido, se iniciaba la cuenta atrás para unas nuevas elecciones generales que, si no hay acuerdos de los grupos políticos en las próximas semanas, se celebrarán el 26 de junio. Desde el pasado 20 de diciembre, en que se celebraron las generales que dieron nacimiento del cuatripartidismo (PP, PSOE, Podemos, y Ciudadanos), nada se ha avanzado en la formación de un Gobierno estable capaz de hacer frente a una situación totalmente novedosa, con la entrada en crisis del bipartidismo y el protagonismo de los partidos emergentes.
Esta cuenta atrás se inicia, además, en un ambiente enrarecido en el que se han radicalizado las posiciones de los grupos políticos, se han endurecido los discursos, se han alejado las posiciones políticas y se ha intentado convertir el Parlamento en un plató de televisión para reproducir el programa Gran Hermano, instalando en la opinión pública una sensación generalizada de hartazgo y enfado con una clase política más interesada en la lucha por el poder que en afrontar los problemas del país.
Así, nueve semanas después de que Mariano Rajoy hiciese los primeros movimientos para anunciar su proyecto de gran coalición (PP-PSOE-Ciudadanos), la pelota ha vuelto al tejado de La Zarzuela, donde el Rey no tiene previsto, de momento, celebrar una nueva ronda de consultas, tras la frustrada investidura del candidato socialista, Pedro Sánchez (131 votos a favor, 219 en contra), que el viernes 4 de marzo salía del Congreso de los Diputados con la sensación agridulce de que podía haber conseguido la abstención de Podemos.
Una sensación falsa y hasta cierto punto ingenua, porque desde que el 2 de febrero Pablo Iglesias apareciera en el Congreso al frente de los ministros de Podemos que iban a entrar, según él, en ese Ejecutivo de izquierdas y de coalición, mientras el presidente de ese supuesto Gobierno ni siquiera había sido informado por el dirigente de Podemos, se sabía que no había ninguna intención de pacto. Pero es que Iglesias subía la apuesta y se autonombraba vicepresidente (pedía el CNI, el BOE, la presidencia de la Comisión de Subsecretarios y Secretarios de Estado, la de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos, una secretaría de Estado de lucha contra la corrupción que tendría su Policía especial y el control de los jueces y fiscales, RTVE, el CIS...) y reclamaba los ministerios de Defensa, Economía y Hacienda, Interior, y de Nacionalidades. Sánchez podía sentirse orgulloso: le habían dejado algún ministerio social y, sobre todo, la Renfe y Adif, la Alta Velocidad y una sensación de profundo desprecio, después de una última intervención parlamentaria que era toda una sarta de descalificaciones al PSOE, a Felipe González, y al propio candidato socialista, que hasta el último momento estuvo con la mano tendida en un intento de acuerdo.
La forma de presentar el “Gobierno de coalición”, la obstinación en la celebración del referéndum en Cataluña, la exigencia de que las conversaciones fueran en exclusiva con Podemos, la insistencia en lo agradecido que debía estar Sánchez al golpe del destino gracias al cual Podemos le iba a hacer presidente de un Gobierno de Iglesias con la entrada de un representante de IU, en el que Sánchez perdería la mayoría de las votaciones importantes, era una prueba más de que los hombres de Podemos no querían un acuerdo, sino unas nuevas elecciones para dar el sorpasso a los socialistas.
A partir de ahí, y tras el acuerdo de Sánchez con Albert Rivera, el llamado Pacto del abrazo (por el cuadro del mismo nombre de Juan Genovés bajo el que se firmó), el señor Iglesias, en su intervención en el Pleno de investidura, antes de besar apasionadamente en los labios al representante de Podem en Comú Xavier Doménech y de pedir relaciones a Sánchez, en un verdadero sketch del Club de la comedia, lanzaba su peculiar pacto: el Pacto del beso. Nada de cuadros, la referencia era la zarzuela de Soutullo y Vert La leyenda del beso, una de las más populares del repertorio lírico español.
De esta forma, entre el Pacto del abrazo y el Pacto del beso, ha comenzado la cuenta atrás que termina el 2 de mayo para encontrar una solución a una investidura que cada vez se presenta más difícil porque todos están enrocados en sus posiciones. Rajoy en el argumento de que él ganó las elecciones, sin aceptar que el ganador es quien consiga más apoyos parlamentarios. Iglesias, imponiendo su vicepresidencia antes de hablar de programas. Los únicos que han avanzado son Sánchez y Rivera. Representan a 131 diputados ( el mayor bloque de la Cámara ) y son ellos los que llevan la iniciativa. Una iniciativa que le han arrebatado al presidente del Gobierno en funciones, que tras declinar el ofrecimiento real ha perdido la oportunidad de llegar a cualquier acuerdo con Rivera.
Así pues, entre el Pacto del beso (un beso que, además, está adulterado) y el Pacto del abrazo (un abrazo que simboliza más de dos centenares de propuestas y medidas que no son incompatibles con lo que defiende Podemos) transcurre la vida nacional, a la espera de unas nuevas elecciones por la incapacidad de los políticos para ponerse de acuerdo.


