El guirigay nacional a dos meses del 20-D
Mientras en el PSOE varios barones se rebelan contra la inclusión de la exdirigente de UPD Irene Lozano en las listas, en el PP el ministro Montoro arremete contra sus compañeros del Gobierno
A menos de dos meses de las elecciones generales del 20 de diciembre, mientras las encuestas siguen registrando un práctico empate entre PP, PSOE y Ciudadanos y el descenso de Podemos a la cuarta posición, el panorama político, económico y de los propios partidos tiende a oscurecerse y complicarse, hasta el punto de que ya son varios los dirigentes que quieren que el actual periodo de espera, hasta finales de este año, termine cuanto antes, por el deterioro, en algunos casos acelerado, que puede producirse en las próximas semanas.
Desde Cataluña, donde la declaración de Artur Mas ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) por la celebración del referéndum ilegal del 9 de noviembre se ha convertido en un acto de desafío al Gobierno, a los tribunales y a la propia Constitución, hasta Andalucía, donde se ha producido una auténtica rebelión de su presidenta, Susana Díaz, contra el líder socialista, Pedro Sánchez (rebelión a la que se han sumado responsables de Asturias y Extremadura), por la inclusión de la exdirigente de UPD Irene Lozano como número cuatro por Madrid, estos días se han convertido en días de tormenta y nubarrones, en los que han salido a relucir tensiones ocultas que han venido a estallar en las peores circunstancias y el momento más inoportuno.
Tanto en el PSOE como en el PP (más en este último) han empezado a aparecer las contradicciones internas, reflejo de las luchas entre facciones, de la descomposición de los propios partidos, de las ambiciones personales o de renovaciones frustradas. Pero es en el PP donde las tensiones han estallado hasta el punto de que ha habido que convocar reuniones de urgencia para intentar salvar el liderazgo de su presidente, Mariano Rajoy, a quien, mientras estaba en Nueva York presidiendo el Consejo de Seguridad de la ONU, le llegaban noticias, como si de pronto, ante su ausencia, el PP hubiera iniciado un periodo acelerado de descomposición.
Desde las páginas de El Mundo, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, con ese gran sentido de la oportunidad que tiene y con la capacidad intrínseca que posee para conectar con el ciudadano y sobre todo con su electorado (quizás por eso lo han escondido en todas las campañas electorales) lanzaba un auténtico misil contra sus compañeros de Gobierno afirmando que algunos “se avergüenzan de ser del PP” y poniendo en el centro de la diana al ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, al que le ha abierto una inspección fiscal, lanzándole la indirecta (aunque muy directa) de que “uno tiene que saber revisar sus ideas con el tiempo, porque, si no, es rehén de su propia arrogancia intelectual”. Crítico con José María Aznar y Rodrigo Rato, de los que fue fiel servidor, atacaba de nuevo ese mensaje renovador del recién nombrado equipo de Rajoy, de que había que tener una visión con alma de la economía.


