Ahora quieren matar a Mas, igual que mataron a Pujol
Las nuevas generaciones del PDECAT, la formación heredera de Convergència, no solo se oponen al regreso de Mas sino que pretenden que este tome la misma decisión que tomó Pujol ante la evidencia de la corrupción: la dimisión de todos sus cargos.
Visto y no visto. Artur Mas i Gavarró, que llevaba semanas preparando su regreso triunfal como candidato a unas posibles elecciones autonómicas en caso de que el proyecto independentista, como parece, quede encallado, ha visto sus sueños frustrados. Mas se encuentra en una situación en la que la corrupción hace imposible cualquier regreso a la política (ver La crónica “La vuelta de Artur Mas” en el número 1.875 de Tiempo) y, además, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha parado ese regreso con la sentencia del lunes 13 de marzo por la que se le condena a dos años de inhabilitación para la política por desobediencia al Constitucional ante la consulta del 9-N, junto con su vicepresidenta Joana Ortega y su consejera de Educación, Irene Rigau, con lo que el partido queda descabezado, ya que Carles Puigdemont ha decidido tirar la toalla.
El juicio que se celebra en Barcelona sobre el saqueo del Palau de la Música, un saqueo que supera los treinta millones de euros, de los cuales más de seis fueron a parar a la financiación ilegal de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), ha sido la puntilla para el expresidente de la Generalitat, que tuvo que irse por la puerta de atrás por presiones de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), el partido antisistema que está marcando la estrategia del proceso independentista catalán. Ese saqueo se produjo en una etapa que compromete gravemente a Mas y a dos de sus hombres de confianza: el extesorero del partido Daniel Osácar y el actual diputado de Junts Pel Sí Germà Gordó, acusado por la Fiscalía Anticorrupción de cohecho, prevaricación, tráfico de influencias, financiación ilegal de partidos, blanqueo de capitales y malversación de caudales públicos.
El juicio del Palau se ha convertido en un espectáculo de desvergüenza y en ejemplo de una forma de actuar de CDC y de Mas. Dos de los principales procesados, Félix Millet y Jordi Montull, han ratificado ante el juez los sobornos de la empresa Ferrovial a cambio de concesiones públicas y cómo las mordidas fueron aumentando del 3% al 4%, algo que, por otra parte, venían a confirmar empresarios obligados a pagar comisiones para conseguir obras y que habían tenido que falsificar facturas para cobrar al Palau de la Música trabajos realizados a CDC.
Ya no se trata de la negra etapa del “padre de la patria catalana” Jordi Pujol i Solei, que a lo largo de sus 23 años como presidente de la Generalitat, se hizo con una fortuna superior a los 3.000 millones de euros, gran parte de ella a base de comisiones por concesiones de obra pública, concursos y toda clase de favores económicos. En el inicio del proceso independentista, el escándalo Pujol intentó cubrirse con la bandera catalana pero alcanzó tales proporciones que llegó a afectar a toda la familia del expresidente de la Generalitat, ahora pendiente de juicio. Para muchos, era la prueba de que la independencia que, de pronto, defendía CDC era solo una maniobra para salvar a toda una clase política con una nueva Justicia catalana, capaz de entender esas reivindicaciones históricas en las que se ha movido el nacionalismo catalán.
Pero es que el escándalo se ha vuelto a repetir con quien Pujol nombró sucesor, Artur Mas, el tecnócrata que nunca creyó en la independencia, según sostenía en plena ofensiva de Juan José Ibarretxe para la separación del País Vasco de España, en un libro que salió a la calle con el título ¿Qué piensa Artur Mas?, escrito por un periodista cercano a CDC, Rafael de Ribot. Y lo que pensaba entonces era que “el concepto de independencia” era “anticuado y un poco oxidado”, renegaba de la ruptura del Estado por “la evolución” del Estado español desde 1978 y porque “España no es Yugoslavia”. “Además, entre Cataluña y España –matizaba– existen suficientes lazos e historia compartida como para tener muy presente este bagaje común”. “Una cosa es ponerse el listón muy alto –afirmaba Mas en referencia a su objetivo de conseguir el mayor grado de autogobierno– y otra, fijar objetivos inalcanzables, porque se acaba generando frustración colectiva”.
Lo que antes Mas creía que estaba anticuado y oxidado hoy es imprescindible para tapar un estado de corrupción que no solo abarca el mandato de Pujol, sino también el de su sucesor, que la semana pasada iniciaba una ofensiva internacional en Oxford y Cambridge para presentar el “proceso independentista” pero, sobre todo, para reivindicar su figura como el artífice de ese proceso.
Pero ya en una primera reunión del Partido Demócrata Europeo de Cataluña (PDeCat), que ha venido a sustituir a CDC, quemada por los casos de corrupción, se han encendido las alarmas y son las nuevas generaciones de la formación las que no solo se oponen a ese regreso, sino que pretenden que Mas tome la misma decisión que tomó Pujol ante la evidencia de los escándalos que le cercaban: la dimisión de todos sus cargos, especialmente la de presidente del PDeCat. Es decir, que primero había que matar al abuelo y ahora hay que matar al padre... Y, en eso están, aunque Mas se resiste utilizando a Mariano Rajoy como argumento. Si el PP está en la misma situación de financiación ilegal que CDC, si además de a los tesoreros, esa financiación ilegal le toca también al presidente del partido, ¿por qué no intentarlo? Pero hacerlo en pleno proceso independentista y con un partido como la CUP... es imposible.


