Acuerdo de investidura: mucho espectáculo y nada dentro

08 / 04 / 2016 José Oneto
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La reunión entre Sánchez e Iglesias para  un hipotético acuerdo de investidura, cuya puesta en escena recordaba al rodaje de una superproducción cinematográfica, ha quedado en nada.

Aquello parecía la filmación de la escena de una película o de un anuncio publicitario. Cientos de fotógrafos empujándose unos a otros, decenas de cámaras de televisión luchando por conseguir el mejor sitio, periodistas con el iPhone en ristre, curiosos asombrados por la expectación en la Carrera de San Jerónimo, sede del Congreso de los Diputados, a la espera de la aparición de los artistas invitados. “Son políticos que se van a reunir”, informaban a los turistas los más enterados, que estaban en el secreto de lo que estaba pasando, e, incluso, de lo que iba a pasar.

Los políticos que se iban a reunir después de veinte días de vacaciones en los que no habían encontrado un hueco para verse e intercambiar opiniones, eran Pedro Sánchez, el candidato socialista que intenta por segunda vez (después de haber fracasado el 4 de marzo) su investidura como presidente del Gobierno, y el secretario general de Podemos, Pablo Manuel Iglesias, con el que, rotas las negociaciones del PSOE con el partido morado y tras el duro discurso de la cal viva, no se habían vuelto a ver.

Por eso, esta vez, el encuentro se había preparado como si fuese una escena de Juego de tronos, esa serie de culto entre los podemitas. Un auténtico montaje cinematográfico para las televisiones, todo un símbolo de lo que han bautizado como “nueva política”, que es la de siempre pero con un marketing y un envoltorio diferente. Aparecieron los dos tras una larga espera, recorrieron, paseando como dos amigos en una mañana de fin de semana, un trozo de la Carrera de San Jerónimo e intercambiaron sonrisas y saludos. Iglesias, tal como estaba previsto en el guion, le entregó a Sánchez un libro sobre el baloncesto español, ese deporte que le apasiona, y que el socialista cogió como si fuesen los documentos inéditos del otro Pablo Iglesias, el verdadero, el fundador del PSOE. Volvieron a sonreír a la concurrencia y, sin que nadie tuviese necesidad de gritar “¡Corten!”, todos se fueron y... no hubo nada.

Algo parecido sucedió en la intimidad del salón Martínez Noval del Congreso donde se reunieron los dos. Hablaron de libros, series, películas, de política, pactos, vetos, elecciones... Se fueron y... no hubo nada. Buenas palabras, aparentes buenas intenciones, proyectos en el aire, matizaciones sobre diferentes vías(vía 131: PSOE-Ciudadanos-Coalición Canaria; vía 161: PSOE-Podemos-Izquierda Unida; vía 199: PSOE-Podemos-Ciudadanos), e intento desesperado, por parte de ambos, de no aparecer como culpables de unas nuevas elecciones, especialmente en las cesiones que había hecho Iglesias (que hasta una veintena de veces repitió el término “cesión”). Y entre las cesiones, la de renunciar al puesto de vicepresidente de un posible Gobierno de coalición, un cargo que nadie le había concedido y que, en un gesto de generosidad, Iglesias le cedía a otro miembro de Podemos, como Carolina Bescansa o su propia jefa de gabinete. En Podemos todos están o preparados para todo...

Ya con menos expectación, en rueda de prensa (cada uno por su lado), versiones contradictorias de un mismo encuentro. Optimismo contenido en Sánchez, que exhibía como gran logro el posible encuentro a tres con Ciudadanos (una cesión más de Iglesias) y expresaba el arriesgado pronóstico de que se estaba más cerca de un acuerdo que de una repetición de elecciones (nada que ver con ese plan de un Gobierno PSOE-Podemos-Ciudadanos que rechaza de plano Albert Rivera, hasta el punto de que prefiere unas nuevas elecciones), y tono más realista por parte de Iglesias.

Es decir: interpretación positiva por parte de Sánchez, que ha considerado el encuentro como un avance, e interpretación más realista por parte del líder de Podemos, que intentaba presentar su mejor cara, su cara más dialogante, para que no le acusen de ser el causante de no llegar a un principio de acuerdo. Con cierta ingenuidad, Sánchez no ha tenido reparos en celebrar el buen tono y la “voluntad de diálogo” de la reunión y ha afirmado que el gran “cambio de actitud” que se ha producido es que Iglesias accede a negociar con los socialistas y Ciudadanos en la misma mesa. Por todo ello, el líder del PSOE se atrevía a proclamar: “Hoy estamos más cerca del Gobierno del cambio que de nuevas elecciones”.

Un pronóstico atrevido que depende de otros contactos y reuniones, llenos de dificultades y de recelos por parte de Podemos, cuyo programa es incompatible con el de Rivera, y por parte de Rivera, que ha establecido una clara línea roja ante quienes, al defender el derecho de autodeterminación, es difícil llegar a un entendimiento. Mucho más cuando corre el tiempo y apenas quedan dos semanas para llegar a un acuerdo, ya que habría que disponer de tiempo para un último periodo de consultas con el jefe del Estado para la propuesta de Sánchez de una segunda investidura y tiempo también para que los militantes de Podemos decidan si son partidarios del pacto o de una nueva convocatoria electoral, según ha decidido Iglesias, que no quiere que se le culpabilice de ser el causante de una repetición de elecciones.

Panorama confuso dominado además por los sondeos que indican una cierta recuperación del PP, un estancamiento del PSOE, una subida de Ciudadanos y un progresivo hundimiento de Podemos, afectado sobre todo por la última crisis interna entre pablistas y errejonistas.

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