26-J: España no es país para viejos

24 / 06 / 2016 José Oneto
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Ni el PP ni el PSOE han visto venir el cambio generacional producido en estos diez últimos años: la España digital frente a la España analógica.

“No es país para viejos”. Es la primera lectura que habría que hacer de los resultados de las elecciones del domingo 26 de junio, segunda vuelta de las del pasado 20 de diciembre de 2015. Y no me refiero al título de la película dirigida por los hermanos Joel y Ethan Coen, y magistralmente interpretada por Javier Bardem. Ni siquiera a la novela en la que está inspirada la película, cuyo autor es el escritor estadounidense Cormac McCarthy. Me refiero a los primeros versos de Navegando hacia Bizancio del gran William Butler Yeats (1865-1939): “That is no country for old men. The Young. In one another’s arms, birds in the tree”.

Cuando escribo no conozco todavía los resultados de estas históricas elecciones, convocadas ante el fracaso de los partidos, que durante seis meses fueron incapaces de encontrar los apoyos necesarios para la formación de un Gobierno capaz de hacer frente a uno de los periodos más decisivos de la historia española, tras una profunda crisis económica, política y social que comenzó en 2007 y, todavía, a pesar de las promesas de recuperación, no ha terminado, ya que en muchos aspectos nos encontramos como nos encontrábamos antes del inicio del hundimiento de nuestra economía y de los decretos del austericidio.

Un periodo dantesco caracterizado por una desconfianza hacia los partidos tradicionales; un rechazo radical de la corrupción, que tanto daño ha hecho a los partidos tradicionales a las instituciones y al país y que es el segundo problema que más indignación produce en la ciudadanía, según todas las encuestas. Todo eso, acompañado de una oposición activa y militante a las políticas de austeridad que han afectado a grandes capas de población en la clase media y sobre todo en las más desfavorecidas.

Estas del 26 de junio son las duodécimas elecciones generales que se celebran en nuestro país, desde aquellas primeras elecciones democráticas de junio de 1977, en las que empezó a diseñarse el sistema político basado en el bipartidismo; un sistema que comenzó a hacer aguas en las elecciones europeas de mayo de 2014, y que hizo sonar las señales de alarma en las generales de diciembre del año pasado. De esas elecciones surgió el nuevo Parlamento cuatripartito que vino a sustituir al bipartidismo. Ese cuatripartito fue incapaz de ponerse de acuerdo para la formación de un nuevo Gobierno, por determinadas líneas rojas en las negociaciones y, en el fondo, por una lucha por el poder que volverá a reproducirse en cuanto se cierren las urnas el domingo.

Pero, sobre todo, porque Podemos, desde la misma noche del 20-D, se dio cuenta del error que supuso no pactar con Izquierda Unida (millón y medio de votos y solo dos diputados, de acuerdo con la Ley D’Hondt). A partir de esa misma noche la estrategia (Pablo Iglesias, Alberto Garzón, Julio Anguita) pasa (algo de lo que no se da cuenta el PSOE) por forzar nuevas elecciones, tras un pacto con IU, e intentar el sorpasso, convirtiendo la nueva coalición en el partido de referencia de la izquierda, el representante de la nueva oposición.

Pero la sorpresa se produce cuando el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), hecho público en vísperas del inicio de la campaña electoral, da al bloque de la izquierda más escaños que al de la derecha. Es más, no se ratifican las esperanzas populares de superar el 30% de los votos y puede incluso producirse pérdida de escaños por el efecto electoral de la coalición Unidos Podemos. A ello hay que sumar que la campaña se polariza entre izquierda y derecha y que ha discurrido con más acritud y enfrentamientos, porque ha subido la agresividad del PP contra Ciudadanos, de Ciudadanos contra el PP (al que ha recordado que es imposible cualquier acuerdo mientras permanezca como presidente Mariano Rajoy), de los socialistas contra Unidos Podemos, de Podemos contra el PSOE (utilizando incluso al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero de aliado). En fin, de Ciudadanos contra Podemos, o mejor, de Albert Rivera contra Iglesias, en un terreno en el que ningún otro dirigente, salvo en algún momento Pedro Sánchez, se ha atrevido a entrar.

¿Cuál es la lectura de esta segunda vuelta de las elecciones del 20-D, que supone una auténtica ruptura con aquellas elecciones de 1977 con las que se inicia la Transición, el sistema de libertades y la Constitución de 1978, la única que ha contado con el consenso de todos los partidos y que no ha sido impuesta por ningún partido contra otro? La única lectura posible es que ni el PP ni el PSOE han sido capaces de darse cuenta de que en poco menos de diez años el país ha cambiado radicalmente. Un cambio generacional en el que los jóvenes y menos jóvenes votan a los partidos emergentes (Ciudadanos y, sobre todo, Podemos) y el electorado a partir de los 55 años sigue votando al bipartidismo. Y no se han dado cuenta ni han visto venir la ola que se estaba produciendo provocada por la corrupción, por la indignación, por la falta de trabajo, por el hundimiento de la clase media, por el aumento de los más desesperados, por una austeridad que ha terminado con todo y, por encima de todo, por esa revolución de jóvenes desesperados y sin trabajo, pero, eso sí, conectada a Internet e informada al minuto. La España analógica frente a la España digital en un país que ya no es para viejos. 

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