26-J: España no es país para catálogos

01 / 07 / 2016 José Oneto
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A pesar del triunfo, Rajoy estaba raro, distraído. No tenía preparado el discurso de la victoria, tenía preparado mentalmente el discurso de la derrota. 

Cuentan los que estaban junto a él en el balcón de Génova, sede del PP en Madrid, en la noche del 26 de junio, que a pesar del triunfo, Rajoy estaba raro, distraído. Había ganado las elecciones, pero su expresión era torpe, deshilachada, inconexa. No es que hubiera bebido, como hubiera comentado algún malpensado que oyó que, en algún momento de la tarde, en la planta noble, pidió un vino. No, la explicación era mucho más sencilla. No tenía preparado el discurso de la victoria. Tenía preparado, mentalmente, eso sí, el discurso de la derrota. A pesar del optimismo reinante, ni se le había pasado por la imaginación conseguir, en esta segunda vuelta electoral, nada más y nada menos que 137 diputados, 14 más que en diciembre del año pasado.

Por eso, su discurso, un discurso que debería haber sido un discurso histórico, el discurso más importante de su vida, según comenzó diciendo, estuvo a punto de convertirse en el discurso de las alcachofas. Al final, se quedó en toda una serie de lugares comunes: “España será lo que los españoles quieren que sea” o “me siento enormemente orgulloso de este partido” o “hemos ganado estas elecciones porque hemos tenido fe en la victoria” o “este partido se merece un respeto”. Frases inconexas, improvisadas, pero sin la fuerza de esa victoria que tanto había costado, fruto de la polarización política, de una campaña en la que se ha apelado al miedo. Y en ese miedo, ha influido, cómo no, el Brexit, la salida del Reino Unido, de la UE, y sus consecuencias económicas, políticas y sociales sobre todos los países de la Europa de los 28 y, por supuesto, sobre España. Ahora, Mariano Rajoy, presidente del Gobierno en funciones desde el pasado diciembre, pretende ahora, después de ser el único candidato que ha mejorado en cuanto a número de votos y de escaños, convertirse en presidente del Gobierno efectivo, tras ganar por cerca de ocho millones de votos y 137 escaños (700.000 votos más que en el 20-D y 14 diputados más) en lo que será su segundo mandato, tras un primero, en las elecciones de 2011, en el que consiguió además de una mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado, el mayor poder autonómico y local que nunca haya tenido ningún presidente anterior, ni siquiera Felipe González.

En estas elecciones, planteadas por Rajoy como una segunda vuelta de las de diciembre, en las que ni intentó acudir a la investidura por falta de apoyos parlamentarios y decidió declinar la oferta del jefe del Estado, el PP cambió radicalmente de campaña electoral. Centró su mensaje en el miedo a un triunfo de Unidos Podemos, polarizó la campaña a la búsqueda del voto útil, intentando convencer al electorado de la inutilidad del voto a Ciudadanos (refugio de muchos descontentos populares) y desarrolló la mayoría de sus actos electorales en provincias donde los restos del último escaño le podía beneficiar. Así, le quitó 8 escaños a Albert Rivera, 1 al PNV y 5 a Pedro Sánchez, que a pesar de todos los pronósticos, los barómetros y las encuestas, se ha mantenido en segunda posición, tras el PP, como representante oficial de la oposición, y primer partido de la izquierda, el lugar que pretendía conquistar Unidos Podemos para lograr el manoseado sorpasso, el viejo sueño de Julio Anguita, comprado por Pablo Iglesias, frente al criterio de su número dos, Íñigo Errejón, que ha venido defendiendo una transversalidad que rompía por completo esa vinculación con IU y con el Partido Comunista de España. Tan seguros estaban del sorpasso que cometieron el error sabiendo que “España no es país para viejos” (ver TIEMPO, número 1.735) de pregonar que estaban, incluso, en empate técnico con el PP y que preparaban no solo el sorpasso al PSOE, sino también al PP, convirtiéndose en Gobierno.

Por eso, ahora están desconcertados sin saber qué ha pasado, convencidos unos de que este país no está para catálogos y otros que el pacto con IU y el Partido Comunista era un pacto para perder y no para ganar, especialmente en una jornada en la que el Brexit había recorrido Europa y España como un tsunami de miedo a las consecuencias, económicas, políticas y sociales. Politólogos, sociólogos de cabecera, licenciados en políticas de guardia, expertos en demoscopia e interpretación de la realidad, no podían explicarse cómo no solo no habían asaltado los cielos sino que se habían quedado con el catálogo de Ikea en el cajón. Ahora viene lo peor: el intento de Rajoy de formar una mayoría que sea votada por Ciudadanos (después de haber pedido su retirada una y mil veces), Coalición Canaria, PNV y que cuente con la abstención del PSOE. Pero ni Ciudadanos quiere por ahora rectificar ni hablar de sillones, ni el PSOE, en donde se ha iniciado una nueva caza de Sánchez, según dicen sus adversarios, después de recordar que ha perdido dos elecciones, una moción de investidura, dos millones de votos y 25 escaños de los 110 que le dejó Alfredo Pérez Rubalcaba. Por eso hasta que no se reúna el Comité Federal el 9 de julio, no se sabe por dónde romperá la crisis socialista y qué facción vencerá: la de Sánchez, que no quiere abstenerse en la investidura de Rajoy, o la de muchos de los barones que defienden que hay que dejar a Rajoy gobernar absteniéndose en la segunda vuelta y pasar a la oposición.

Rajoy parece dispuesto a gobernar con los apoyos que tenga y que no habrá ningún tipo de declinación ante el jefe del Estado…Todo sea para evitar unas terceras elecciones… 

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