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¡Qué hostia Mariano, qué hostia!

19 / 06 / 2015 José Oneto
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El pasado sábado, día 13 de junio, el presidente Rajoy vio cómo, municipio tras municipio, el mapa de España, hasta entonces teñido de azul, se tornaba rojo intenso.

Probablemente, hasta el mismo sábado 13 de junio, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que 20 días antes anunciaba ante la plana mayor de su partido reunida en la sede central de la calle Génova en Madrid que el Partido Popular había ganado las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo, no fue consciente de lo que había pasado ese día, en el que la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, llorando en brazos de Serafín Castellanos, delegado del Gobierno en la Comunidad Valenciana y ahora en libertad provisional, no paraba de repetir “¡Qué hostia, Serafín, qué hostia!”.

Eso mismo fue lo que debió de pensar el sábado 13 de junio Rajoy, conectado al Canal 24 horas de Televisión Española, cuando, municipio tras municipio, el mapa de España que hasta entonces estaba teñido de azul, se tornaba rojo intenso. Efectivamente, el PP había ganado las elecciones, pero por falta de empatía de los populares, por la corrupción a la que no habían hecho frente con la rapidez y decisión que exigían los escandalosos casos que proliferaban a diario, por la imperiosa necesidad de los socialistas de recuperar algo del poder que perdieron hace cuatro años, por la aparición de los nuevos partidos y por los efectos devoradores de la crisis y los recortes, resulta que se ha producido una auténtica debacle. “¡Qué hostia Mariano, qué hostia!”, debió de pensar el presidente en la soledad de su despacho de La Moncloa.

Una debacle de tal magnitud que cuatro de las ciudades más importantes del país (Madrid, Barcelona, Zaragoza y Valencia) han quedado en manos de aliados de Podemos o de Compromís (es decir, de plataformas alternativas de izquierdas), y el PP ha sido desalojado de dos docenas de alcaldías, entre las que se encuentran además de la de la capital de España y la de Valencia, las de Sevilla, Valladolid, La Coruña y Cádiz, y solo conservará Málaga, Almería y Murcia como ciudades en las que viene ejerciendo el poder desde hace más de ocho años. En cuanto a las comunidades autónomas, el PP ha perdido Castilla-La Mancha, Extremadura, Navarra, Aragón, Baleares y Comunidad Valenciana y no ha tenido más remedio que pactar con Ciudadanos en Madrid, La Rioja y Murcia, después de aceptar todas las condiciones impuestas por el partido de Albert Rivera. Puesto a perder, ha perdido Zamora, una ciudad castellana en la que siempre habían gobernado UCD o el PP y ahora gobierna Izquierda Unida.

Es verdad que el PP fue el partido más votado el 24 de mayo, pero también es verdad que perdió dos millones y medio de votos respecto a las autonómicas y municipales de 2011 y que respecto a las generales de noviembre de ese año, en las que consiguió 10.800.000 votos, ha perdido 4.800.000 votantes, de los cuales muchos se han ido a la abstención y otros o han cambiado de partido o se han refugiado en Ciudadanos.

Probablemente el pasado sábado 13 de junio habrá sido el día más amargo de Mariano Rajoy Brey y se habrá arrepentido de su primera reacción el día siguiente de las elecciones, en el que dio a entender a la ciudadanía que no había pasado nada, que todo seguiría igual porque el PP había ganado los comicios y que se encontraba muy contento con su partido y con su Gobierno. Vino después la rebelión de los barones, que no podían creer lo que estaban oyendo y decidieron tirar la toalla. Y después llegó la rectificación: habría cambios probablemente en el partido y en el Gobierno. Ante la desconfianza general tuvo que salir uno de los múltiples portavoces que se ha ido sacando La Moncloa, esta vez un tal José Luis Ayllón, secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, y, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, anunció que el presidente no se iba a limitar a hacer cambios “cosméticos” ni en el Ejecutivo ni en el PP y que las modificaciones que el propio jefe del Ejecutivo anunció que haría no se limitarán a retoques de “chapa y pintura”. “Una remodelación cosmética no es remodelación”, comentaba Ayllón a los periodistas convocados en La Moncloa para explicar los planes del presidente del Gobierno.

En esta línea, el secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, muy próximo a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, comentaba que los cambios meramente cosméticos “no son cambios realmente” y que, en cualquier caso, “no hace falta” hacer “muchos” para que sean de calado, dando a entender que más que el número de personas a las que afecte habrá que tener en cuenta la relevancia de los afectados. Ayllón, integrante del grupo de los Sorayos parecía querer forzar al presidente del Gobierno a tomar medidas, que es lo que vienen reclamando miembros del propio Gobierno, del partido, de los electores desilusionados, de esos dos millones de votantes del PP que se han quedado en casa y que piden angustiados que se haga algo, que se conecte con el ciudadano y con el votante...

Asustado por las expectativas creadas, Rajoy volvía la semana pasada a donde solía, a pensarlo y repensarlo todo, a darle la vuelta a todo, lamentándose de la tropa que tiene, insistiendo en que todo a su tiempo (al tiempo de él) y agarrándose cada vez más a la tesis de que ya no hay tiempo para nada, que un cambio de Gobierno para mandar a José Ignacio Wert a París (¡cómo están las cosas!), o, para frenar esa lucha que hay entre partido (Cospedal) y Gobierno (Soraya), no merecía la pena. Total, quitando el verano, solo quedan tres meses y eso se pasa volando... y la hostia del sábado ya está más que amortizada. 

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