Trampa de elefantes para el próximo Gobierno
El descomunal déficit de 2015, 55.755 millones, aunque es casi la mitad que el de 2011, anuncia más ajustes, que tendrá que hacer el nuevo gobierno. Serán dolorosos y ya hay voces entre los aliados que busca el PSOE que prefieren que pase de ellos ese cáliz.
Pedro Sánchez apura sus últimas posibilidades de convertirse en presidente del Gobierno. Lo tiene claro, “ahora o nunca”. En sus propias filas socialistas hay demasiados, y no poco importantes, que afilan sus cuchillos a la espera de un patinazo de un secretario general cuya única garantía de supervivencia política es llegar ahora a La Moncloa, por muy complicada que pudiera resultar luego su estancia allí. Giulio Andreotti lo explicó y Carlos Solchaga, con su desparpajo navarro, lo tradujo al castizo: “El poder desgasta una barbaridad, pero lo que de verdad jode es estar en la oposición”.
Pedro Sánchez, el político de la supervivencia por excelencia, comparte la teoría de Andreotti y Solchaga y, por eso, explora todas las vías, como la de Oriol Junqueras y ERC, con quien se habría reunido –si no en secreto, sí de forma discreta– en un hotel de Barcelona en busca de un apoyo parlamentario en el momento preciso. Los números están ahí, y como dice Pablo Iglesias, PSOE, Podemos y todas sus confluencias suman 161 diputados, frente a los 163 de PP más Ciudadanos. Es decir, en segunda vuelta, a esa amalgama de izquierda le bastarían tres votos favorables más si no hubiera más en contra. El PNV no se opondría a un Gobierno de esas características y, entonces, solo faltaría la connivencia con ERC o Democràcia i Llibertat. Y en todo eso trabaja también Sánchez por si, por azares de la política, resulta imposible el acuerdo a tres bandas PSOE-Ciudadanos-Podemos y –es una hipótesis no imposible– Albert Rivera y los suyos dan un paso atrás o se lo hacen dar, al colocarles frente a unas propuestas y políticas que no podrían asumir en ningún caso.
El líder del PSOE tiene otro problema, que ha aflorado con más crudeza en cuanto Cristóbal Montoro anunció que el déficit público en 2015 había sido del 5,16%, o lo que es lo mismo, la descomunal cantidad de 55.755 millones de euros. Al mismo tiempo, la Intervención General de la Administración del Estado (IGAE) publicó el primer avance de los datos de la Contabilidad Nacional correspondientes al ejercicio anterior. Las cifras son elocuentes. El gasto corriente de todas las administraciones públicas alcanzó los 436.205 millones de euros, una cantidad superior a la de los tres años anteriores y casi idéntica a los 436.758 millones de gasto corriente del último año de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que además fue el de mayor gasto de su mandato. Puede parecer sorprendente pero así es. La aritmética no miente y dice que en gasto corriente –que incluye educación, sanidad y prestaciones sociales– el Gobierno de Rajoy no ha reducido desde 2012 y, en cualquier caso, lo ha dejado en los mismos límites en que lo encontró. ¿Dónde han estado entonces los grandes recortes? En inversión pública, es decir, carreteras, AVES, etcétera, en donde el gasto ha caído desde 51.860 millones de 2011 a los 33.859 de 2015. Es cierto también que Rajoy y los suyos han recortado el déficit a casi la mitad, de 97.750 millones a 55.755. ¿Cómo lo han hecho? También sencillo. Los ingresos corrientes de las administraciones públicas han crecido desde los 387.775 millones de 2011 hasta los 407.053 de 2015. Resumen ahorro en inversión y más ingresos, más recaudación, que se explica por una cierta mejoría económica, pero sobre todo por el alza de impuestos.
Las cuentas públicas que acaba de presentar Montoro son una verdadera trampa para elefantes para el próximo Gobierno, algo que han detectado por una parte en Ciudadanos, con Luis Garicano a la cabeza, y también en Podemos, sin olvidar algunos críticos del PSOE. Los 55.755 millones de déficit público de 2015 significan que, aunque haya flexibilidad de Bruselas con los calendarios, el Gobierno que se forme –el que sea y cuando sea–, ahora sí, no tendrá más remedio, para cuadrar las cuentas, que aplicar los recortes en el gasto que no se han puesto en marcha en los últimos años. La opción de otra subida de impuestos suena fantasiosa. La recaudación ha subido en 20.000 millones en toda la legislatura pasada, pensar que es posible recaudar otro tanto más por lo menos en uno o dos años –y aun así no sería suficiente– es ciencia ficción fiscal. El escenario se completa con el hecho de que la Seguridad Social cada vez gasta más y logra ingresar menos de lo necesario, por el paro y por la devaluación salarial. El ajuste está a la vuelta de la esquina.
Pedro Sánchez va a jugar todas sus bazas y puede tener éxito, pero en Ciudadanos empiezan a darse cuenta de que la tarea del próximo Gobierno puede llegar a ser tan ingrata como impopular. Los responsables económicos de Podemos también hacen cuentas y creen que, sin tener todos los resortes del Gobierno en su mano, la senda del ajuste está encima de la mesa. Además, tienen ahí el ejemplo griego de Alexis Tsipras a quien, por ejemplo, no le quedó más remedio que meter un tajo a las pensiones. A pesar de todo Sánchez confía en su capacidad de supervivencia y puede lograr la investidura con unos u otros apoyos bajo el banderín de enganche de arrebatarle el Gobierno al PP, aunque también sea una táctica para desgastar a un PSOE que tendría que aplicar una política muy dura y difícil, que le enemistaría con su clientela. Sánchez, no obstante, coincide con Andreotti y Solchaga: “El poder desgasta una barbaridad, pero lo que jode es estar en la oposición”. Trampa para elefantes.


