Todo mi reino por una abstención parlamentaria

13 / 06 / 2016 Jesús Rivasés
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Mariano Rajoy, que sabe que la próxima cita con las urnas no arrojará mayorías claras, también ha dicho que “unas terceras elecciones serían una burla”. Pedro Sánchez y Albert Rivera también descartan una nueva cita electoral. Algo menos claro ha sido Pablo Iglesias, concentrado en culpar al PSOE de la repetición electoral cuando eran él y Podemos quienes tuvieron la llave para que hubiera habido Gobierno. A pesar de todo, el discurso oficial de Unidos Podemos rechaza ahora una tercera repetición electoral, lo que no impide que vuelvan a cambiar de opinión o de estrategia. Lo explicó hace tiempo Heriberto Cairo, decano de Políticas de la Universidad Complutense y alguien que conoce bien a Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Juan Carlos Monedero y todo su entorno: “Si Podemos tiene que cambiar su discurso para lograr sus metas, lo hará”. En realidad, ya lo ha hecho varias veces, la última con la pirueta de presentarse como socialdemócratas e incluir en esa categoría nada menos que a Marx y a Engels.

El todavía presidente del Gobierno también es consciente de que, más allá de si se confirma el sorpasso de Podemos al PSOE, el equilibrio de fuerzas no cambiará sustancialmente. Eso significa que para evitar otras elecciones solo hay dos opciones: Gobierno de coalición o un Gobierno en minoría, que sería bastante inestable. Si las encuestas no fallan y el PP vuelve a ser el partido con más votos y escaños y el conjunto de la izquierda no suma o no logra pactar, el escenario más probable sería un Gobierno del PP en minoría, que podría conseguir algunos apoyos solo para la investidura o bien algún voto favorable y otras abstenciones. Rajoy defiende la gran coalición PP-PSOE, en la que también podría entrar Ciudadanos. Sin embargo, ni los socialistas –esté o no Sánchez al frente– ni Rivera parecen dispuestos a entrar en un Gobierno en minoría y menos si está encabezado por Rajoy.

Un Gobierno minoritario del PP aparece ahora en el horizonte como la opción

con más posibilidades tras las elecciones, aunque tampoco todo será tan rápido como algunos profetizan. Por otra parte, ese Gobierno nacerá tan condicionado que algunos de los que mejor conocen a Rajoy tienen algunas dudas sobre qué haría el líder del PP. Ese Gobierno minoritario debería afrontar parlamentariamente lo que sería algo así como una comisión de investigación permanente que organizaría todo el resto del arco parlamentario. Además, semana tras semana, el presidente tendría que acudir al Congreso de los Diputados y someterse a durísimas y agotadoras sesiones de control. Por último, las posibilidades de sacar adelante proyectos y leyes de alguna trascendencia sería mínima y, en todo caso, debería soportar el coste –antes y después de ponerla en marcha, si lo consigue– de cualquier medida que no sea popular. Es lo que esperan los socialistas –que son bastantes– que ven inevitable, para eludir la tercera convocatoria electoral, que el PP siga al frente del Gobierno. Están convencidos de que gobernar en minoría, unido a la obligatoriedad de adoptar algunas medidas impopulares, colocará al PP contra las cuerdas. Es lo que también contemplan en Podemos, con el matiz de que culparán al PSOE si el PP sigue en el Gobierno. Iglesias y los suyos buscaron la repetición electoral desde que se conocieron los resultados de las últimas elecciones y, con sorpasso o sin sorpasso, si no gobiernan buscarán a medio plazo –año y medio dos años– otros comicios en los que están convencidos de que pueden ganar con suficiente holgura y dejar reducido al PSOE a un pequeño partido. España no es Grecia, pero sueñan con repetir la historia de Syriza y el Pasok, y en menos tiempo.

El PP y Rajoy necesitan por lo tanto al menos alguna abstención, que por supuesto tendrá su precio y será –o serán– caro. Después, el líder del PP abordará el gran asunto interno, que no es otro que el congreso pendiente de los populares, en que el se avanzará en su sucesión. El ahora inquilino de La Moncloa controla el partido y, a pesar de las críticas internas –que las hay–, tiene una situación interna infinitamente más confortable que la de Sánchez. Nadie discute su autoridad, aunque solo sea por temor a quedar señalado, y cualquier mejoría en el resultado electoral afianzaría por ahora su poder. Rajoy, en cualquier caso, tras las elecciones y cuando haya Gobierno, persigue el objetivo de diseñar el futuro del PP después del congreso del partido, lo que significa imponerse a sus adversarios internos –que muchos verán impulsados por José María Aznar– y dejar una dirección a su medida, al menos durante una temporada. Una situación que le permita, cuando decida hacerlo, una retirada tranquila. Es decir, que nadie caiga en la tentación de iniciar una revisión interna de su larga etapa al frente del PP.

El 26-J, además de las elecciones generales, también pone en juego muchos equilibrios de poder y provocará cambios en los partidos, pero al mismo tiempo, el camino para evitar esas elecciones que nadie dice querer pasa por una o varias abstenciones parlamentarias. Lo decía el viejo Giulio Andreotti, catedrático en Gobiernos minoritarios, y Carlos Solchaga lo tradujo al castizo, “el Gobierno desgasta una barbaridad, pero lo que de verdad jode es estar en la oposición”. Todo mi reino por una abstención, aunque sea para un Gobierno en minoría.

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