Suárez, el mito, la leyenda y el olvido
El presidente Adolfo Suárez está en la historia con mayúsculas, convertido en mito, en un país que entierra casi tan bien como algunos idealizan un pasado quizá demasiado pronto olvidado.
Adolfo Suárez, el gran protagonista y artífice de la Transición junto con el Rey don Juan Carlos, se ha ido convertido en mito y leyenda, en esa España cainita capaz de lo peor con los vivos y de lo mejor con los muertos, a los que despide y entierra mejor que nadie. Las exequias de Suárez no han tenido nada que envidiar, sino que incluso han sido superiores a las de, por ejemplo, Margaret Thatcher, por citar la última gran figura política desaparecida, y eso que los británicos son maestros en pompa y circunstancia. El presidente, desde su lugar de reposo en la catedral de Ávila, recuperada la memoria que le robó la enfermedad del olvido, habrá sonreído, con la generosidad que siempre tuvo, ante la avalancha de elogios y condolencias públicas de algunos de los que lo denostaron con verdadera inquina cuando encabezaba el Gobierno y cuando siguió en política, hasta que los votos de esos ciudadanos que ahora han llenado las calles de Madrid y Ávila para despedirle le abandonaron y le obligaron a retirarse de la actividad pública.
La figura de Adolfo Suárez, difuminada los últimos diez años por la crueldad de la enfermedad, reúne ahora todas la características e ingredientes de los mitos. Suárez ya es una creación del alma colectiva española, apoyada sobre todo en una creencia sentimental más que en la razón y que ya ha empezado a transmitirse por la tradición, aunque sea una tradición recientísima. Como todos los mitos, el de Suárez precisa del sentimiento y de la imaginación y, en definitiva, se conforma como un relato de dos caras, que combina aspectos ficticios y aspectos reales. Aspectos ficticios porque no ha ocurrido todo lo que dice el mito y cómo lo dice y aspectos reales, porque el mito también responde a una realidad.
Adolfo Suárez fue real, muy real, igual que su gran obra política, la Transición y, por lo tanto, la España actual, mejor, más próspera y más justa que la que él recibió en 1976 y que tuvo que empezar a transformar. Los recuerdos de todo aquello, como ha quedado bastante claro estos días de halagos, deben mucho a la imaginación de casi todos y aunque puedan parecer verdaderos tienen demasiado de ficticio. Javier Cercas, en su Anatomía de un instante, demuestra la fragilidad de la memoria. El autor explica cómo una gran mayoría de españoles recuerda haber visto en televisión el 23-F cómo entró el teniente coronel Antonio Tejero en el Congreso a punta de pistola, aquel día en el que, mientras todos los diputados se escondían bajo sus escaños, Adolfo Suárez permaneció sentado en el suyo, como también hiciera Santiago Carrillo. Pues bien, todo aquello es cierto, excepto que esas imágenes solo empezaron a verlas los españoles al día siguiente, cuando la asonada de Tejero había fracasado tras una noche de incertidumbre y no sin la intervención decisiva de don Juan Carlos con su defensa cerrada de la Constitución y de la democracia.
La leyenda de Suárez quizá arranca aquel día, cuando enarboló casi en solitario la dignidad de los representantes de los españoles ante la zafiedad de los golpistas. Sin embargo, también aquel día, Suárez se despedía de la presidencia del Gobierno después de sufrir durante meses y años un acoso político e incluso personal que ningún otro político español, por fortuna, ha tenido que soportar desde entonces. Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero tuvieron momentos difíciles, muy complicados, pero ninguno de ellos es comparable en violencia política a los que le tocó vivir a Suárez. El expresidente fue acosado por los amigos y por los adversarios, quizá en una de las mejores demostraciones de aquello que ya dijo Winston Churchill: “En política hay adversarios y enemigos, que son los compañeros de partido”.
Suárez dimitió, sin que sigan sin estar claras todas las causas, porque entendió –y era cierto– que todo valía contra él. La oposición, que tenía prisa en gobernar tras dos derrotas electorales, entendía que era imposible derrotarle en las urnas y, por eso, se aplicó a su destrucción. Sus compañeros de partido, que aspiraban a todo, pensaban que también era un obstáculo para sus ambiciones y nunca temblaron a la hora de conspirar contra el que en teoría era su jefe. El desaparecido Joaquín Garrigues Walker, entonces ministro, se lo diría al propio Suárez en los mejores tiempos de UCD: “Presidente, lo que todos queremos es tu sillón”. Menos directo fue el vicepresidente Fernando Abril, que empezó a urdir un plan para sustituir al propio Suárez y buscó la connivencia de los colaboradores del presidente. Aquello acabó cuando uno de ellos entró en el despacho de Suárez y le contó lo que ocurría, lo que provocó, claro, la destitución de Abril que, a principios de los años 90, como acaba de revelar Felipe González, recibió una oferta –que rechazó– del líder socialista para entrar en su Gobierno. Los políticos de entonces, tan alabados por su teórica altura de miras y grandeza, también acumulaban miserias.
La España de Adolfo Suárez no fue lo idílica que su mito y su leyenda quieren recordar. Tampoco su peripecia política, que terminó en calvario y sacrificio. Suárez, sin embargo, y de ahí su grandeza, además de pilotar una muy difícil transición pacífica de una dictadura a una democracia plena, también dejó sentadas las bases para la transformación de un país que, en muy poco tiempo, dio el gran salto adelante, y se convirtió en uno de los más estables y prósperos del mundo. España tiene problemas, pero –también gracias a Suárez, porque el Rey y él lo empezaron todo– la España de 2014 es infinitamente mejor que la añorada de la Transición. Suárez, la leyenda, el mito y el olvido. ¡Gracias presidente!



