Recetas israelíes para políticos españoles
En Israel, cuando se conocen los resultados tras una dura campaña electoral, los políticos hacen tres cosas: olvidan sus promesas electorales, olvidan insultos y afrentas personales y en ningún caso pronuncian las palabras “nunca” ni “jamas”, y lo hacen desde hace 70 años.
Benjamin Netanyahu, líder del partido Likud, es el primer ministro de Israel, al frente de un Gobierno sostenido por cinco muy diferentes partidos políticos y con una exigua mayoría de un solo diputado en el parlamento del Tel Aviv, también conocido con Knesset. No es la primera vez que ocurre, sino lo habitual. En los 67 años de historia democrática del estado de Israel, nunca ningún partido obtuvo una mayoría suficiente para gobernar en solitario, y siempre fueron necesarias coaliciones de otras formaciones políticas, incluidos extremistas y ultrarradicales religiosos.
El complejísimo mapa político israelí, más allá de su situación geopolítica, es sobre todo el resultado de un sistema electoral proporcional puro de circunscripción única. Así, en las elecciones de 215, venció el Likud, de Netanyahu, con 30 escaños de los 120 posibles. Es decir, se quedó a 31 de la mayoría absoluta. Le siguieron, por este orden, la Unión Sionista (24 escaños), la llamada Lista Conjunta que encabezaba Ayman Odeh ( 13 escaños), Yesh Atid (11 escaños), los centristas de Kulanu (10 escaños), Bayit Yehudi ó Casas Judía (8 escaños), Shas (7 escaños), Yisrael Beiteinu (6 escaños), Judaísmo de la Torá Unida (6 escaños) y Meretz (5 escaños). Pablo Iglesias, que en la mejor tradición del leninismo, se ha quitado de enmedio a su númerue se celebrarían el 26 de junio.
Netanyahu, después de las elecciones, cuando expiraba el plazo para alcanzar un acuerdo, antes de que se repitieran las elecciones, alcanzó un pacto con los centristas de Kulano, los partidos ultraortodoxos Shas y Judaísmo de la Torá Unida y completó con los derechistas de Bayit Yehudi, con ministros para todos los partidos incluidos, algo que se repite prácticamente desde la fundación del moderno estado de Israel, pero que también genera mucha inestabilidad, solo compensada con la férrea unión polaca y social ante las amenazas exteriores.
Hace unos días, un directivo de origen israelí de una importante multinacional norteamericana, destinado en España desde hace unos meses, admitía su sorpresa ante la situación política española tras las elecciones del 20D. El directivo, judío-asquenazí criado en Iberoamérica hasta su adolescencia, que habla español con un claro acento uruguayo y que también ha vivido muchos años en Israel, explicaba divertido cómo han actuado siempre los políticos en su país desde que él tiene conocimiento de causa.
El alto ejecutivo israelí siguió con curiosidad limitada -ha visto muchas en varios países- la campaña electoral, pero se quedó perplejo con la reacción de los líderes políticos al conocerse los resultados y los días posteriores. En Israel, los políticos, una escrutados los votos, tienen tres reglas que cumplen a rajatabla, sean del partido que sea, explica el directivo que insiste en aclarar que él solo describe una realidad. “Los primero que hacen los políticos israelíes tras las elecciones -dice- es olvidar sus promesas, por lo menos, la mayoría de ellos. Lo segundo consiste en olvidar todos los insultos que han proferido a sus rivales y también las afrentas que han recibido de ellos en el periodo electoral. Por último, bajo ningún concepto y en ninguna situación dicen ‘nunca’ ni tampoco la palabra ‘jamás’ está en su vocabulario”. La acotación de esos principios, por muy cínicos que puedan parecer, es lo que ha permitido durante casi 70 años gobernar el estado de Israel. La situación española es muy diferente, pero el ejecutivo israelí, que ha vivido en buena parte del mundo, no acaba de entender algunas de las posiciones más radicales de los polacos españoles, tras un resultado electoral complejo. No pone nombres, pero lo que más le sorprende es que haya partidos que hayan anunciado a los cuatro vientos no sólo que no pactarán con otros, sino que rechacen la posibilidad de hablar en serio, más allá de asuntos protocolarias.
España, que ahora registra un curioso boom turístico israelí en los Pirineos y que llega por el aeropuerto de Barcelona, es muy diferente, política y socialmente de Israel. Los últimos resultados electorales, sin embargo, han tenido algo de israelí, para regocijo de todos los detractores de un bipartidismo que, como dijo Felipe González, algún día “echaremos en falta”. Las recetas que explica el ejecutivo israelí de una multinacional americana quizá podrían servir de reflexión, sobre todo en pasar página de insultos y afrentas entre políticos en plena campaña. Demuestran que casi todo es posible, sobre todo si nadie se niega a hablar con nadie, aunque también es cierto que allí, en Israel, en esta ocasión -es la norma general, pero ha habido excepciones- encabeza el Gobierno el partido que obtuvo más votos y escaños. Y dejan muy claro que las líneas rojas, puede ser móviles.
En España, en plena Semana Santa, Pedro Sánchez sigue en su largo y tortuoso camino hacia la Moncloa, aunque ignora si alcanzará su objetivo. Él, a pesar de todo, cada día lo ve más probable, aunque sabe que tendrá que esperar hasta que esté a punto de expirar el plazo para la convocatoria de nuevas elecciones. De momento, acampa a las afueras del palacio monclovita. Sus tropas necesitan apoyo para el asalto final, confía en que las huestes de Podemos, hostigadas por las encuestas, se unan a la suyas y que algunos nacionalistas ofrezcan el apoyo definitivo. Por ahora, las recetas israelíes, no parecen interesarle mucho.


