Rajoy o Sánchez, alguien debe morir políticamente
Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, cada uno con su estilo, son dos auténticos supervivientes de la política, que han hecho suyo el lema de cela, “el que resiste, gana”. sin embargo, en este caso, la supervivencia de uno supone la desaparición política del otro.
Camilo José Cela, tan gallego como Mariano Rajoy, estaba convencido de que “en España, el que resiste, gana”. El premio Nobel no pensaba en su paisano cuando lo escribió por primera vez, pero el ahora inquilino de La Moncloa ha hecho suya esa máxima. De hecho, resistió ante todo y ante todos hasta que logró su objetivo de ser presidente del Gobierno y ahora parece dispuesto a repetir la jugada para conservar el puesto. Nadie le negará al líder del PP que es, por encima de todo, un superviviente de la política.
Pedro Sánchez no comparte con Mariano Rajoy casi nada. Tampoco es gallego. Sin embargo, también es otro ejemplo de resistencia al estilo Cela. El líder del PSOE, en toda su breve pero complicada carrera política, lo mejor que ha hecho ha sido resistir y en esa resistencia ha cimentado sus éxitos, mayores o menores. Como su gran adversario político, al que aspira a suceder en La Moncloa, Sánchez es otro superviviente.
Ahora, dos meses largos después de las elecciones generales, celebrada la primera sesión de intento de investidura y con un horizonte político confuso, Sánchez ha vuelto a proclamar, en la solemnidad de la sede parlamentaria, su incompatibilidad con Mariano Rajoy: “Usted y yo somos incompatibles”, sentenció en un agrio debate por ambas partes, antes de los exabruptos de reminiscencias soviéticas de Pablo Iglesias y antes de que Albert Rivera debutara en el Congreso con una faena aliñada y fallida de mediador voluntarioso. Tendrá más oportunidades, las que ya no existen entre Rajoy y Sánchez, porque, a estas alturas, resulta evidente que alguien, uno de los dos, debe morir políticamente.
La supervivencia de Rajoy, por una extraña carambola política, significaría la muerte política de Sánchez, y viceversa. Pueden no ser los únicos en caer por el camino, pero lo que es evidente es que uno de los dos perecerá. El inquilino de La Moncloa lo fía todo –casi todo– a unas nuevas elecciones que, según explican viajeros llegados desde La Moncloa al mundo real, está convencido de que puede ganar con más holgura que las anteriores. Por su cabeza no pasa la hipótesis de no volver a ser el candidato del PP y tampoco, al menos por ahora, la retirada de la política. No todos piensan igual en el PP y él lo sabe, lo que le hace ser un gallego todavía más desconfiado y toma nota de las actitudes de unos y otros.
Rajoy se gustó a sí mismo en el debate de intento de investidura de Sánchez. Es un buen parlamentario y volvió a demostrarlo y, sobre todo, por primera vez enardeció a los suyos, pero todos saben que eso no es suficiente. Por eso, en el seno del PP surgen voces que plantean la idea de que sería conveniente buscarle una salida airosa a Mariano Rajoy y, además, agradecerían algún guiño del PSOE que colaborara indirectamente a hacerlo posible. A pesar de todo, aunque parezca contradictorio, nadie moverá ni un hilo en el PP para evitar que su líder actual intente un último ejercicio de supervivencia. Mientras conserve algo de poder en el partido, demasiados dependen de su voluntad y eso es decisivo. Rajoy afronta, con toda probabilidad, su última batalla política y aunque tiene casi todo en contra –incluso parte de sus filas– va a disputarla. Casi nadie cree en sus posibilidades pero su confianza en sí mismo es casi infinita, como ratifican quienes le conocen, entre ellos algún exministro de José María Aznar con el que compartió Consejo de Ministros en otra época. “La opinión que tiene de sí mismo es inmejorable y no puede resignarse a ser el primer presidente que no repite mandato”, apostilla.
Pablo Iglesias y Albert Rivera, más el primero que el segundo, tendrán mucho que decir sobre quién sobrevive políticamente, si Rajoy o Sánchez. El líder del PSOE es muy consciente y, tanto por supervivencia como por querencia natural, reclama –implora, mejor dicho– el apoyo de Podemos, por mucho que haya alcanzado primero un acuerdo con Ciudadanos. Solo eso explica que tras la apocalíptica, mitinera y soviética intervención parlamentaria de Pablo Iglesias, en la que también arremetió contra el PSOE y su líder, Pedro Sánchez eludiera la confrontación y volviera a ofrecerle la otra mejilla a cambio del acuerdo que le llevaría de la mano de Podemos a La Moncloa. Y eso que Iglesias, porque lo hacía desde la izquierda, fue incluso más duro que Rajoy con Sánchez. Apenas quedó el reproche del líder del PSOE al de Podemos –era inevitable alguno– de que la política económica preconizada por Iglesias conduce a que España abandone el euro, aunque eso –que es cierto– pueda resultar ahora fantasioso para que cale entre los ciudadanos. Sin embargo, es el gran peligro y lo que, en teoría, más alejaría al PSOE de Podemos, además del asunto territorial.
El primer intento de Sánchez de ser investido presidente se salda con una sensación generalizada de que caminamos, a toda velocidad, hacia unas nuevas elecciones y que el debate inicial de investidura ha sido el gran mitin inaugural de una campaña que ya ha empezado y en la que Rajoy o Sánchez perecerán políticamente. Sin embargo, hasta el rabo todo es toro y hasta las vísperas del 3 de mayo siempre es posible un pacto. El más probable, a pesar de todo, es uno de izquierdas PSOE-Podemos-IU y otros, aunque hay otras opciones, todavía más remotas. Cela ya lo escribió, “esto va revuelto”. Como la política misma.


