Pedro Sánchez y el pacto del penúltimo minuto
En el PSOE no se fían de Podemos, pero trabajan un pacto que les daría el gobierno y que creen que les permitiría controlar a Iglesias y a los suyos. El problema es el encaje de Ciudadanos, mientras en Podemos debaten si apoyar en el último minuto a Sánchez es el mejor atajo hacia el poder. De pillo a pillo.
El PSOE, con Pedro Sánchez al frente, concurrió a las últimas elecciones con la esperanza y el objetivo de alcanzar un acuerdo con Podemos. La aritmética parlamentaria y la arrogancia inicial de Pablo Iglesias, que quería el pleno, aparcaron esa opción, que se complicó con la extrema dureza del líder de Podemos hacia los socialistas en el debate de investidura fallida de Pedro Sánchez.
El líder del PSOE, en el país en el que sigue vigente la máxima de Camilo José Cela de que “el que resiste, gana”, cree ver cada vez más cerca su llegada a La Moncloa, aunque todavía no tenga muy claro con qué mochila o mochilas a la espalda. Los socialistas mantienen vigente su pacto con Ciudadanos, pero están en pleno cortejo de Podemos, cuyos dirigentes parecen ahora más dúctiles. Su objetivo, y nunca lo han ocultado, es alcanzar el poder y todo vale. Lo explican con todo detalle en sus numerosos y prolijos escritos. Podemos no es una balsa de aceite, como demuestran las decisiones de personalismo autoritario interno de Pablo Iglesias y como ha reconocido Íñigo Errejón, al admitir que no siempre está en todo de acuerdo con el número uno de la formación morada.
Pedro Sánchez, que es por encima de todo un auténtico superviviente de la política –y esa es su gran fuerza–, sigue adelante y ha sorteado el escollo de la celebración del congreso del partido en mayo. “Los congresos de los partidos, cuando no se hacen desde el Gobierno suelen salir mal”, comenta un importante y experimentado líder socialista, que también explica que “la estabilidad en el PSOE va acompañada de estar en el poder”. Admite también que, digan lo que digan, con el paso de los años, el PSOE se ha convertido en “un partido de jefes, en el que quien menos es concejal” y que ya no existen, en un sentido clásico, “las bases de la organización”. Por eso, Sánchez y cualquiera que estuviera en su lugar, pero sobre todo Sánchez, hará lo que tenga que hacer para alcanzar el poder, para gobernar, y nadie en el PSOE se pondrá en su camino si alcanza ese objetivo. Susana Díaz, con todos sus planes y ambiciones a cuestas, no se ha decidido a dar el gran paso hacia delante. Cuando apoyó a Sánchez como secretario general calculó que no resistiría un resultado electoral como el que obtuvo, pero es evidente que se equivocó. Ahora, la presidenta andaluza –y ella lo sabe– depende del éxito o no del secretario general del PSOE. Solo si Sánchez no logra gobernar y en unas nuevas elecciones se da un batacazo enorme, las acciones de Susana Díaz volverían a subir ahora que, quizá, empieza a comprender que en política las oportunidades suele ser mejor cogerlas a la primera, porque nadie garantiza que haya otra.
Pedro Sánchez y su equipo, junto con más barones autonómicos de los que parece, han empezado a enviar el mensaje de que Podemos comienza a entrar por la senda de una cierta domesticación y que Pablo Iglesias y los suyos están ya “en pleno proceso de inmersión institucional” y que, al mismo tiempo, en la sociedad no hay discusión sobre el modelo de Estado. “No hay nada en el escenario que augure una revolución”, apunta uno de esos barones socialistas, muy activo en las últimas semanas, que, sin embargo, es consciente de que entre todos deben encontrar una solución imaginativa para pactar con Podemos después de haberlo hecho con Ciudadanos, porque la hipótesis de un divorcio ahora de Albert Rivera también lo complica todo.
Los socialistas calculan que el acercamiento con Podemos requiere su tiempo y su liturgia, incluida la escenificación –para las televisiones– de la llegada juntos de Sánchez e Iglesias a su reunión del miércoles pasado por la mañana. En definitiva, y todos lo saben, es un juego de pillos. Los socialistas son conscientes de que el objetivo de Podemos es el gran sorpasso al PSOE y alcanzar la hegemonía en la izquierda. Sánchez y su equipo, convencidos de que las huestes de Iglesias no lograrán saltar la tapia del PSOE, creen que la mejor manera de hacerles frente es tenerlos ahora cuanto más cerca mejor y, después, disputarles los votos que les han arrebatado.
Pablo Iglesias, por su parte, al margen de sus tics autoritarios, para quien la estrategia lo es todo, parece ser que ha llegado a la conclusión –sobre todo ante los augurios poco favorables de las encuestas– de que es el momento de que Podemos ofrezca a la sociedad su lado más amable. Si Iglesias, como es obvio, debe ceder sobre aquellas estrambóticas pretensiones de una vicepresidencia y medio Gobierno, lo presentará a las audiencias televisivas –que son las que le importan porque cree que son las que dan los votos– como un acto de generosidad democrática, como una baza que se guardará para jugar con más contundencia cuando más le convenga. Una manera de ganar tiempo y apuntarse el tanto de arrebatar el Gobierno al PP, mientras espera el momento oportuno para quitar también de en medio a los socialistas. En el PSOE creen que, desde el Gobierno, pueden embridar a Podemos. Iglesias y los suyos debaten si apoyar en el penúltimo minuto a Sánchez es el mejor y más rápido camino para alcanzar el poder de verdad más adelante. Todo apunta que Sánchez e Iglesias caminan en la misma dirección hacia el pacto del último minuto. Es lo más probable, pero no seguro. Incertidumbre hasta el final.


