Paisaje diabólico después del bipartidismo

28 / 12 / 2015 Jesús Rivasés
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El diabólico mapa político que emerge de las elecciones del 20-D puede traer consigo el final de la recuperación económica en un país que, solo en 2016, necesita pedir prestados 400.000 millones de euros, parte para pagar la sanidad, el desempleo, las nóminas de los funcionarios y, de alguna manera, las pensiones 

El bipartidismo español de la Transición feneció al filo de la medianoche del domingo 20 de diciembre cuando, entonces sí, las urnas arrojaron un resultado diabólico. “¡Qué lío!”, hubiera dicho Rajoy en cualquier otra ocasión, que ahora tendrá que rumiar la victoria –el PP ganó– más amarga, porque su continuidad en La Moncloa está en el aire. Y si los populares son desalojados del poder, alguien tendrá que volver el PP del revés para apuntalar el futuro del centro-derecha español. Por eso, en la madrugada más agridulce del PP, después de perder una espectacular mayoría absoluta, hubo quién empezó a pensar en cómo y con qué mimbres humanos se hará el partido de pasado mañana, porque la vieja opción de migrar hacia los predios que anunciaban la eclosión de Ciudadanos empieza a dejar de serlo.

Mariano Rajoy, claro, tiene un problema, pero no es menor el de Pedro Sánchez que, en la prórroga, ha salvado sus muebles personales, a pesar de perder las elecciones y llevar al PSOE a su mínimo histórico en la democracia. Ha quedado por delante de Podemos, aunque por detrás de Pablo Iglesias en Madrid, y se aferra a esa opción y a que, de alguna manera, tiene la baza de que los diputados socialistas son decisivos para casi todo: para dejar, democráticamente, que Rajoy intente la investidura. Para intentar encabezar un frente de izquierdas si el líder del PP fracasa. También para permitir –con una abstención que, por ahora, descarta– que el inquilino de La Moncloa siga al frente del Gobierno y, por último, para forzar unas nuevas elecciones. Sánchez resiste, por ahora, pero está atrapado en su propio dilema, aunque todo apunta que esperará que Rajoy no logre la investidura para jugar sus bazas, que pasan por un frente de izquierdas con apoyo nacionalista. Si en vísperas de las elecciones, un banquero catalán, explicaba que por primera vez en la democracia los partidos catalanes no iban a ser decisivos, la aritmética electoral vuelve a dar protagonismo a formaciones como ERC o Democràcia i Llibertat –la antigua Convergència– o incluso el PNV. Sería la guinda que apuntalaría el pacto que Pedro Sánchez ya ha empezado a trabajar con Podemos, dentro y fuera del PSOE, a pesar de que en su propio partido hay muchas reticencias a esa vía, aunque quizá prospere ante el pánico socialista a una repetición de elecciones.

Podemos, de 0 a 69 diputados en pocos meses, sueña con esa repetición electoral en la que Iglesias y los suyos están seguros de dar el sorpasso definitivo al PSOE. En la euforia del resultado electoral recuperaron muchos de sus tics más extremistas y radicales, con reminiscencias del comunismo más rancio, del bolivarismo más reciente, sin olvidar una estética y una nostalgia pseudorevolucionaria utópica que enseñan su verdadera cara, que no es la tibiamente socialdemócrata mostrada durante la campaña electoral. Por otra son, y nadie lo puede olvidar, el resultado de que casi una cuarta parte del electorado los ha elegido, lo que convierte a España con la extrema izquierda –cercana al antisistema– más numerosa de Europa, solo comparable a la griega de Syriza. Un escenario que alarma en la Unión Europea y más allá del Atlántico, en donde el embajador James Costos, tendrá que explicar cómo es posible que ocurra algo así en un país desarrollado, y próspero a pesar de todo, en el que un profesor leninista con coleta espera sentado a ver pasar los cadáveres de sus adversarios.

Ciudadanos y su joven líder Albert Rivera eran –y son– la gran esperanza blanca del centro-centro español. Han logrado 40 diputados, que son una barbaridad a la primera, pero que saben a poco porque las expectativas eran mucho mayores. Ha cosechado muchos votos prestados, sobre todo del pijerío popular, que podrían volver al redil si el experimento se traduce en que, al final, gobierne la izquierda radical, porque sus escaños no son decisivos ni para apuntalar un Gobierno ni para impedir su formación. Rivera, que decía que estas no eran sus elecciones y que él pensaba en las próximas, tendrá otra oportunidad, pero entonces tendrá que jugárselo a todo o nada. Los pobres resultados en su Cataluña original, similares a los del PP, quizá son más que un indicio.

El paisaje diabólico después del bipartidismo, que algunos empiezan a añorar ya mismo, incluye, casi con toda seguridad, el final de la recuperación económica. Las bolsas, en caída, y la prima de riesgo, al alza, lo anuncian. España necesita pedir prestados en 2016 más de 400.000 millones de euros y ahora será más difícil y más caro conseguirlos. Además, de ellos 230.000 millones son para refinanciar deuda pública –o para emitir nueva– necesaria para obtener los fondos para pagar subsidios de desempleo, la sanidad o los salarios de los funcionarios y también, de alguna manera, las pensiones. Por eso, la gran derrotada en las elecciones del 20-D es la economía española. Un bandazo de política económica, como el que proponen algunos, puede echar a perder lo conseguido –que es mucho– en los últimos años. El bipartidismo es historia, por ahora, y el nuevo multipartidismo emerge en un paisaje diabólico, porque la mayoría de países que abrazan el multipartidismo, por muy plural que sea, están condenado a una larga historia de inestabilidad, el gran enemigo del Estado de bienestar, por ejemplo.

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