Órdago de Sánchez y Rivera a PP y Podemos

29 / 02 / 2016 Jesús Rivasés
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Con su acuerdo, Sánchez y Rivera intentan diseñar su propio futuro político como futuras fuerzas hegemónicas. Si ganan su órdago se apuntarán el éxito; si fracasan en ese empeño estigmatizarán a quienes lo impidieron y habrá sido su arranque de campaña electoral. Todo muy hábil

Karl R. Popper, el gran filósofo de la libertad del siglo XX, que tanto denunció y combatió todos los totalitarismos, defendía, desde su profundo liberalismo, que “el futuro depende de nosotros mismos”. Pedro Sánchez y Albert Rivera, que nunca se presentarían como discípulos del autor de La sociedad abierta y sus enemigos, pero que aceptarían asumir algunos de sus planteamientos, intentan diseñar su propio futuro político. Su primer y gran paso, no exento de la audacia política consustancial a los líderes, ha sido la firma del llamado “Acuerdo para un Gobierno reformista”, con el que pretenden sumar las voluntades necesarias para que Pedro Sánchez sea investido presidente del Gobierno y que sus dos partidos, PSOE y Ciudadanos (C’s), acaparen lo que ya algunos denominan “un nuevo centro político”. Procurarían, de rebote, escenificar que los extremos quedan reservados para el PP de Mariano Rajoy y para Pablo Iglesias y sus confluencias en torno a Podemos.

Pedro Sánchez y Albert Rivera, una semana antes de la primera sesión de investidura, con el arrojo que precisan los políticos ambiciosos que procuran no dejar pasar sus oportunidades, por si no se repiten, han lanzado un auténtico órdago político a sus adversarios Rajoy, por un lado, y Pablo Iglesias, por otro, a quienes han intentado –y quizá han logrado– pillar con el paso cambiado. Los líderes del PSOE y de C’s deben ser conscientes de que, en algunas ocasiones, los órdagos también se ganan sin tener cartas y gracias a la habilidad de los jugadores. Ese es el escenario en el que se mueven, porque PSOE-C’s no suman las cartas parlamentarias –escaños– necesarias para ganar el órdago si tienen que ponerlas encima de la mesa. Todo se complica porque todos sus adversarios, incluidos los grupos nacionalistas y los más minoritarios, como la Izquierda Unida de Alberto Garzón, o los canarios de Ana María Oramas, saben perfectamente cuáles son las cartas que Sánchez y Rivera tienen en sus manos. A pesar de todo, el acuerdo PSOE-C’s puede tener éxito, aunque es difícil, si los demás jugadores calculan que echarlo abajo les perjudica más que permitir que sea posible.

El acuerdo anunciado por Sánchez y Rivera es un paso hábil e inteligente, sobre todo a corto plazo. Si sale adelante, ambos saldrán reforzados, al menos a corto plazo, como “hombres de Estado”, y dependerá de ellos mismos cómo manejan el futuro intermedio. Si fracasan y hay nuevas elecciones, acudirán ante el electorado como quienes intentaron un gran acuerdo que otros impidieron. Aspiran, en ese caso, a recoger votos de Podemos, en el caso del PSOE, y del PP, en el de C’s y solo el tiempo –todavía no hay encuestas que escruten ese horizonte– diría si tienen razón. Sánchez y Rivera, porque no tienen más remedio, han movido ficha frente al PP y a Podemos, que también se juegan su futuro con la actitud que adopten ante el nuevo escenario político fabricado por socialistas y Ciudadanos.

Los 66 folios del acuerdo alcanzado entre los equipos negociadores del PSOE y C’s son una larga y no demasiado detallada colección de buenas intenciones que, por ejemplo, los socialdemócratas de todos los partidos podrían aceptar y en el que algunos radicales podrían ver un punto de partida para un futuro más extremista. Es decir, el alma socialdemócrata –que es importante– del PP no tendría grandes dificultades en asumir las líneas generales de ese acuerdo, aunque el partido de Rajoy no lo hará, ni tan siquiera por la vía de la abstención. Los populares alegarán, y no les faltará razón, que nunca el PSOE habría aceptado todo lo que dice su acuerdo con C’s si lo hubiera presentado el PP. Sánchez y Rivera, claro, lo tienen previsto y con su proyecto, deliberadamente, intentan poner contra las cuerdas a los populares, con la esperanza de que muchos votantes del PP se revuelvan en el caso de que, ni por la vía de la abstención, Rajoy y los suyos permitan un Gobierno presentado como “moderado” ante la amenaza de otro con Podemos al fondo.

La investidura de Pedro Sánchez está más cerca, pero tampoco demasiado. Rajoy no la facilitará y tampoco es fácil que lo haga, al menos en un primer momento, Pablo Iglesias. PSOE y C’s han incluido un párrafo en su acuerdo que Podemos y sus confluencias nunca aceptarán en su redacción actual, que habla de “oponerse a todo intento de convocar un referéndum con el objetivo de impulsar la autodeterminación de cualquier territorio de España”. Es decir, no es que estén en contra de un referéndum, sino del intento de convocarlo, que es algo que en teoría impediría a Podemos o, por lo menos a algunas de sus confluencias, como la catalana o la gallega, apoyar directa o indirectamente el acuerdo. No obstante, abre la vía de que solo los diputados directos de Podemos –47– apoyen el acuerdo o con su abstención permitan que sea posible y convertirse en una oposición radical de izquierdas en esta legislatura. No es fácil, pero siempre es posible. Podemos, al fin y al cabo, todavía es decisivo, espera el fracaso del pacto PSOE-C’s y tener en sus manos hacer presidente al líder del PSOE, porque el gran problema del órdago de Sánchez y Rivera es que no tienen cartas suficientes y sus adversarios lo saben. Eso sí, como estrategia electoral este órdago es arma tan poderosa como arriesgada. 

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