Melancolía el día después de la revancha
El debate de investidura obligatorio sin garantías de éxito es una originalidad constitucional española casi única en las democracias. Un defecto constitucional que la realidad ha puesto al descubierto, mientras el fantasma de la repetición electoral cada día tiene mejor salud.
Mariano Rajoy sería el responsable de que se celebraran elecciones el 25 de diciembre. Pedro Sánchez, por su parte, sería el causante de que haya repetición de comicios. Alguien en el entorno del líder del PP, sin duda obcecado por el calor africano de Madrid este verano, parió la insensata idea –aunque solo fuera como forma de presión– de unos comicios el día de Navidad. El/la estratega querían poner la pelota en el tejado del líder del PSOE, pero erró el disparo y puede convertirse en fuego amigo. Un dislate más en un bloqueo político que puede ser una broma, un anuncio anticipado, de cómo sería este país si, por azares políticos, se cumple el punto del pacto PP-Ciudadanos que plantea una reforma electoral para que el sistema electoral sea más proporcional. En esa hipótesis, una mayoría parlamentaria con menos de tres o cuatro partidos sería imposible y sería una condena de ingobernabilidad o de Gobiernos tan débiles como fugaces. No habrá elecciones el 25 de diciembre porque si hay otra repetición habrá que buscar fórmulas para eludir esa fecha, pero todo ese proceso irá en contra de Rajoy que fue quien fijó una fecha de investidura que condiciona todo lo demás. Un error de estrategia que puede costar muy caro a sus progenitores.
La sesión de investidura a la que se ha visto obligado a acudir Rajoy ha sido, como estaba previsto, algo así como la apoteosis de lo estéril, cuya única utilidad es que inicia los procedimientos constitucionales para repetir las elecciones. Nada más. En España, la investidura obliga a un debate que tampoco es tan habitual en otros países. En el Reino Unido, con toda su tradición a cuestas, cuando el aspirante a primer ministro tiene la mayoría parlamentaria necesaria llama a la Reina, la visita en Buckingham y sale de allí nombrado. Luego, en el día a día parlamentario, aguanta lo que tenga que aguantar. Algo parecido ocurre en otros países. El suplicio español de acudir voluntariamente obligado a un debate para ser derrotado es una originalidad propia. Un defecto constitucional que la realidad ha destapado y que habrá que cambiar.
La comparecencia de Rajoy como candidato en el Congreso con la garantía de una primera derrota tiene otra virtualidad tan insólita como legítima políticamente. Pedro Sánchez, como ha explicado Ramón Espinar, de Podemos, quería cobrarse su propia revancha a Rajoy en forma de varapalo parlamentario. Así de simple. El líder del PSOE quería ver sufrir a su adversario con luz, taquígrafos y cámaras, sobre todo cámaras, y disfrutar del espectáculo. El día de la revancha. Le ha costado, pero ha conseguido algo que, desde el día después de las elecciones del 27-J, el núcleo duro de Sánchez siempre ponía por delante. Entonces explicaban, con toda naturalidad, que Rajoy quizá lograra ser presidente, pero que tendría que sufrir para conseguirlo.
Dos meses después de unos comicios en los que el PP mejoró, el PSOE retrocedió, Podemos fracasó en el sorpasso y Ciudadanos sufrió, todo sigue muy embrollado. Todos, Rajoy, Sánchez, Iglesias, Rivera y los distintos independentistas rechazan otra repetición electoral. Sin embargo no todo está tan claro, sobre todo la posición de Pedro Sánchez. El núcleo duro del jefe del PSOE está convencido de que en otra cita con las urnas, el PSOE recuperaría posiciones a costa de Podemos y, entonces, con más escaños que ahora, Pedro Sánchez se consolidaría como líder de los socialistas. Quizá eso justifique sus repetidos “no”, “no” a que Rajoy gobierne –con su apoyo o con abstención–, “no” a la vía izquierdista radical, con Podemos y los nacionalistas, y “no” a otras elecciones. “Cuando veo un pájaro que anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, lo llamo pato”, escribió el poeta estadounidense James Whitcomb Riley. Y casi todo lo que hace Pedro Sánchez, salvo que ahora rectifique, conduce a elecciones, incluida su propuesta de cambiar la ley para que sean el 18 y no el 25 de diciembre y hacer que la elección de la fecha de Navidad se vuelva contra Rajoy.
Pablo Iglesias y Podemos, tras el 20-D, jugaron la baza de la repetición de comicios, confiados en el sorpasso al PSOE. Calcularon mal o fracasaron. Ahora pueden ser otros los que midan mal sus fuerzas, los socialistas y también ese Rajoy que algunos aseguran que cree que en otra vuelta por las urnas se acercaría más a la mayoría absoluta. Una auténtica ruleta rusa que, una vez puesta en marcha, nadie puede controlar porque, ante el insólito espectáculo, los votantes, que son soberanos y que se equivocan como todo el mundo, pueden deparar cualquier sorpresa, en un escenario que suele ser el mejor caldo de cultivo para los populismos. El voto del miedo funciona una vez. Luego comienza el cuento del lobo que, al final, puede llegar. Rajoy, que suma más luces que sombras al frente del Gobierno –otra cosa puede ser en el PP y ante su clientela–, tiene su parte de responsabilidad en la parálisis actual, pero no es el único, porque ahí está sobre todo Pedro Sánchez. La investidura fracasada, con pena de escarnio parlamentario, ha sido la penitencia de Rajoy. Los demás tendrán la suya, pero como ya escribió Ortega, “el esfuerzo inútil conduce a la melancolía”, incluso después del día la revancha, que además tampoco Sánchez pudo saborear tanto como esperaba porque el líder del PP perdió la votación, pero salió airoso en otro debate estéril.


