Mariano cruza el Ebro y Susana, Despeñaperros
El secreto de los presupuestos de Montoro, que permiten más inversiones en Cataluña y en otros lugares, subidas a los funcionarios y otros gastos, radica en que gracias a la recuperación económica los ingresos del Estado también crecerán unos 15.000 millones más de lo previsto este año.
El verso fuerte de Miguel Hernández, en el 75 aniversario de su muerte, se impone en la España compleja del siglo XXI: “Aquí la vida es pormenor / aquí todo se sabe y se murmura”. Susana Díaz, arropada por todas las figuras legendarias del PSOE de sus mejores tiempos y por el aparato oficial del partido, por fin ha cruzado Despeñaperros, e incluso el Tajo, para enfrentarse al ahora guerrillero Pedro Sánchez, con un Patxi López al fondo que, en caso de duda, puede decantar el fiel de la balanza y obtener el favor del vencedor. Los ejércitos regulares –en la política, los aparatos de los partidos– casi siempre salen victoriosos en las contiendas. Por eso, Díaz parte como favorita y también por eso ella ha dado el paso que tanto le ha costado dar. Hay excepciones, claro, y en las propias filas socialistas, como las derrotas de Joaquín Almunia frente a Josep Borrell en unas primarias y la de José Bono ante José Luis Rodríguez Zapatero en un congreso. Sin embargo, ni Almunia ni Bono pudieron exhibir, parafernalia incluida, el apoyo de Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero, Alfonso Guerra, Alfredo Pérez Rubalcaba y el presidente de la gestora que dirige el PSOE, Javier Fernández.
Pedro Sánchez confía en que se repita la historia y que la militancia, siempre más radical que la dirección, le prefiera el próximo 21 de mayo. Votan los militantes, es cierto, pero hay muchos miles que dependen directa o indirectamente de sus respectivas organizaciones territoriales y de quiénes las dirijan. Ha ocurrido –y volverá a ocurrir en alguna ocasión– pero no es ni mucho menos sencillo derrotar al aparato –a la estructura– de una gran organización. La victoria de Sánchez –y miles de votantes/militantes lo saben– significaría la apertura de un buen número de conflictos con las diferentes direcciones territoriales del partido que, con contadas excepciones, se decantan por Díaz. Hay en juego también demasiados puestos de trabajo directos e indirectos en el hipercomplejo panorama socialista español. Y si alguien tiene que recordárselo a la militancia que más le afecta todo esto, lo hará para que, además, actúe como correa de transmisión. Los militantes también tienen familiares y amigos, que a su vez son votantes/militantes, a quienes convencer para que les ayuden a mantener su situación actual. Sí, “aquí –también– la vida es pormenor”, decía el verso de Hernández y el “pormenor”, a veces, se convierte en asunto principal.
Mariano Rajoy, mientras Susana Díaz cabalga hacia la secretaría general del PSOE, ha cruzado otra vez el Ebro para esgrimir en Barcelona ante el soberanismo que en los próximos años las inversiones en infraestructuras en Cataluña alcanzarán los 4.200 millones de euros, al mismo tiempo que, al fondo, el ministro de Hacienda abre la puerta a una quita de la deuda autonómica que nadie rechazará y mucho menos los soberanistas/independentistas catalanes. El presidente del Gobierno, desde hace tiempo, quiere tender puentes con la sociedad catalana, y por eso anunció esas inversiones en un acto ante unos 500 empresarios, un público en teoría más receptivo, sobre todo porque muchos de ellos serían beneficiarios directos de esos proyectos. Los responsables de la Generalitat no solo no estuvieron presentes mientras hablaba Rajoy sino que, enseguida, el honorable Carles Puigdemont, desde Boston, en donde congregó 80 o 90 personas en una conferencia en Harvard, se apresuró a despreciar el anuncio de Rajoy con una insólita petición de que firme una especie de fantasmal cláusula de antiincumplimiento. Es algo así como una versión catalano-independentista del famoso “no es no” de Pedro Sánchez. Cataluña, y por supuesto sus empresarios y sus grupos dirigentes, aceptarán los 4.200 millones prometidos ahora por el presidente del Gobierno, pero no será suficiente. Ya lo han dicho los voceros habituales del catalanismo –desde el independentismo radical hasta el autonomismo más moderado, con aisladas excepciones–, el anuncio de Rajoy es una forma de pagar parte de viejas deudas, pero quieren más y siempre querrán más. Apelan a una historia mítica –falsa– de Cataluña que han pergeñado de forma artificial, como han demostrado un sinnúmero de historiadores, desde Gabriel Tortella hasta Jordi Gual o Ricardo García Cárcel, el que escribió que “Cataluña es una sociedad enferma de pasado”.
Mientras Rajoy cruzaba el Ebro y Díaz, el Tajo, Montoro ultimaba los Presupuestos Generales para 2017, que encierran el secreto de de dónde saldrían los millones de las inversiones catalanas, de la quita de deuda, de las subidas salariales a los funcionarios y otros gastos, una vez que el ministro descarta –en contra de la opinión generalizada de los expertos– una subida del IVA. Montoro, a punto de concluir el primer trimestre del año, ya sabe que la recaudación fiscal va incluso mejor de lo previsto, con una subida del 8%. Eso significa, si se mantiene la tendencia, como apuntan las previsiones económicas, que el Estado podrá ingresar hasta 15.000 millones de euros más este año. Podrían servir para reducir déficit y deuda, pero todo apunta a que se dedicarán a hacer política, es decir, a más gasto, porque “aquí la vida es pormenor”, como escribió el poeta, y aunque en Cataluña, claro, no parezca suficiente. Y siempre que al final los Presupuestos no descarrilen, que puede ser, pero esa es otra historia.


