Los árboles de Sánchez y el bosque de Birnam.
El desenlace de la crisis del Psoe dará origen a un partido que, como dice Felipe González, tendrá que concentrarse en ganar elecciones y ampliar su electorado en lugar de obsesionarse en evitar el temido sorpasso de podemos o de quién sea.
Pedro Sánchez, desde su primer gran traspiés real al quedarse solo con 90 diputados en las elecciones de diciembre del año pasado, ha recurrido a la máxima de Camilo José Cela, “en España, el que resiste gana”. Otro gallego como el Nobel, Mariano Rajoy, también la siguió al pie de la letra y todavía sigue en La Moncloa. Felipe González perdió dos elecciones generales y lo mismo les ocurrió a José María Aznar y a Mariano Rajoy. No hay precedente cercano en Europa de un líder político que concurra a las urnas después de haber sido derrotado en dos ocasiones. Existe el ejemplo de François Mitterrand, pero el que fuera presidente francés primero reinventó todo un partido.
Sánchez también dejó atrás hace mucho tiempo el momento dulce que tiene todo líder, aunque siempre ha administrado con tremenda habilidad la ventaja de que “en la cima todo es más fácil”, como decía Winston Churchill. El ex premier británico añadía que “un líder que ha sido aceptado solo tiene que estar seguro de lo que le conviene hacer, o al menos tomar una decisión al respecto. Los apoyos con los que cuenta son impresionantes. Si tropieza, hay que respaldarlo. Si se equivoca, hay que disimularlo. Si duerme, no hay que molestarlo sin necesidad. Si no sirve, hay que eliminarlo. Pero este último extremo no puede realizarse todos los días y, por cierto, menos cuando acaba de ser elegido”. Eso es lo que ha mantenido a Sánchez al frente de los socialistas y es también lo que ha buscado con la convocatoria –acelerada– de un congreso, previa reelección por parte de los militantes. Una vez respaldado por las bases, nadie podría removerlo por muchas derrotas que acumule.
El superviviente Sánchez, que ha demostrado ser un alumno aventajadísimo del aparato del partido –que es de donde ha emanado siempre su poder–, tuvo claro desde el principio que resistiría y daría la batalla hasta el final, aunque fuera, como han dicho algunos en su entorno, “la madre de todas las batallas” en el PSOE, en la que también entró con artillería pesada hasta el propio Felipe González: “Sánchez me dijo que se iba a abstener. Me siento engañado”, sentenció el hombre que llevó a los socialistas españoles a sus mayores cotas de poder en toda su historia, encadenó mayorías absolutas y fue presidente del Gobierno durante casi 14 años. Desde que dejó el liderazgo del partido, apenas año y medio después de perder las elecciones por la mínima con José María Aznar, los socialistas siguen sin solucionar su sucesión, porque la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero fue un espejismo que, además, fue de alguna manera el origen de la crisis actual.
Pedro Sánchez, como aplicado producto del aparato del partido, se ha ocupado de sus propios árboles, es decir, su supervivencia, sin haber querido o podido ocuparse del bosque socialista. Y si el avance del bosque de Birnam sobre el castillo de Dunsinane presagiaba el final de Macbeth, el aldabonazo de González ha provocado que de las frondosidades socialistas salgan con más convicción, y respaldo de la autoridad histórica, los rivales de Sánchez para participar en una batalla que puede dejar malherido al PSOE durante mucho tiempo y que, cuando supere –antes o después– esta crisis será un partido muy diferente, que deberá concentrarse en buscar, como también apuntaba el expresidente González, en cómo vencer a la derecha y no perderse en los árboles de cómo obtener mejores resultados que sus rivales por la izquierda, se llamen Podemos, Mareas, Pablo Iglesias o Ada Colau. Felipe González, cuando abjuró del marxismo, tenía a su izquierda al PCE de Santiago Carrillo con 20 diputados. No trabajó para frenar a aquel comunismo, sino para hacerse con el enorme granero del centro –izquierda y derecha– al que UCD no satisfacía. Aquello se saldó con 202 diputados para el PSOE y solo 2 para el partido de Carrillo.
El primer desenlace de la crisis del PSOE, porque los efectos se harán notar durante mucho tiempo, despejará también, al menos en parte, el futuro político español que ahora se reduce a que Mariano Rajoy consiga ser investido con abstenciones socialistas o la convocatoria de unas terceras elecciones el 18 de diciembre. El Gobierno Frankenstein, con el que sí ha soñado Sánchez, parece ahora imposible, aunque en política nunca nada lo es. Su apuesta más segura fue la tercera cita con las urnas, en donde un resultado mejor que el de junio le consolidaría como secretario general para una larga temporada. Es lo que buscaba con las primarias y con el congreso exprés y adelantado pero la rebelión de la mitad de la Ejecutiva del partido –que perseguía su relevo de la secretaría general–, con el respaldo de numerosos barones autonómicos, ha hecho que el objetivo más urgente de Pedro Sánchez sea su propia supervivencia política, aferrado al argumento de que hay que dar la voz a la militancia, en el convencimiento de que las bases del partido le apoyarían.
“¡La economía, estúpido!”, fue el famoso cartel que colocaron en el cuartel general de Bill Clinton en su primera campaña electoral. Nadie lo ha visto, pero Sánchez tiene en algún lugar bien visible, aunque sea virtual, la máxima celiana “el que resiste gana”. Quizá por eso se ha fijado demasiado en los árboles y ha perdido de vista el bosque, hasta que lo tenía encima, como le ocurrió a Macbeth con el de Birnam.


