Lidia descompuesta con Rajoy, Sánchez e Iglesias

25 / 01 / 2016 Jesús Rivasés
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Diego, el bebé de Carolina Bescansa, que llegó a obtener un voto –nulo, claro– para presidir el Congreso, y las rastas del diputado canario Alberto Rodríguez son las imágenes icónicas del inicio de la XI Legislatura, que tiene algo de “lidia descompuesta” que dirían los taurinos, papelón de Mariano Rajoy incluido, mientras Pedro Sánchez “camina o revienta” hacia una Moncloa que cada vez ve más cerca. “Cuando tu estrella está alta, lo mejor es seguirla” repetía Richard Nixon antes del Watergate, y el líder del PSOE está empeñado en no dejar pasar su oportunidad, porque lo más probable es que no tenga otra igual. Y el premio es gordo, porque si consigue suceder ahora a Rajoy en la poltrona presidencial, por breve, incierto y complicado que sea su mandato –que habrá que verlo–, ya siempre tendrá el título de “expresidente” y siempre podrá ser llamado “presidente”.

El acuerdo-pacto de los perdedores, sobre el que tanto advirtieron Mariano Rajoy y, en su momento, Esperanza Aguirre, está a punto de desvelarse. Alberto Garzón, el líder de lo que queda de Izquierda Unida, tras reunirse con el rey Felipe VI, “el ciudadano Borbón” en su terminología paleoantimonárquica, ha dejado claro que apoyarán a quien sea para evitar que el PP continúe en el Gobierno. Un granito de arena –dos diputados– que ayuda al compañero, o mejor dicho a los compañeros de Podemos, que son quienes tienen la llave de la investidura de Sánchez, una llave que el secretario general aceptará encantado que le abra las puertas de La Moncloa, digan lo que digan, y no dirán demasiado, en su propio partido del PP, porque, como escribió el propio Pablo Iglesias, “power is power” –el poder es el poder–, quizá en una trasposición inconsciente del histórico “fútbol es fútbol”, de aquel entrenador serbio del Real Madrid que se llamaba Vujadin Boškov.

Pedro Sánchez y el PSOE aceptarán los votos de Podemos, IU, muy posiblemente los del PNV y de todos aquellos que decidan dárselos, aunque preferirían –y sería suficiente– la abstención de los independentistas catalanes para intentar salvar la cara entre los críticos internos más duros. Sueñan, además, con la abstención de Ciudadanos para cuadrar el círculo y la escenificación de dejar al PP totalmente arrinconado, a pesar de sus más de siete millones de votos y 123 escaños, y de que sea la principal fuerza política española. No obstante, parece complicado que Albert Rivera apoye, aunque sea con una abstención, una investidura apoyada por Podemos. Se juega la supervivencia política y cualquier traspiés puede ser fatal, sobre todo con un electorado histórica y socialmente más cercano al PP que al PSOE.

La repetición de elecciones, presentada como un fracaso, horroriza a todos, con la excepción, quizá, del PP. Alberto Garzón ha reconocido que otras elecciones podrían permitir a los populares mejorar y, por eso, no pueden permitirlo. Los demás, Iglesias incluido después del guirigay interno de su grupo parlamentario, temen perder lo alcanzado y, por eso, “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”.

Pedro Sánchez, que aseguró que nunca pactaría con populistas, está a punto de vencer todas las resistencias internas en su propio partido y, sin duda, el Comité Federal del día 30, con matices más estéticos que otra cosa, le respaldará para que sea investido con los votos de Podemos. La gran baronesa Susana Díaz, y el resto de los barones territoriales, desde Javier Fernández, presidente de Asturias, hasta Guillermo Fernández Vara (Extremadura) o Emiliano García Page (Castilla-La Mancha), todos ellos y otros notables socialistas advierten de los peligros del abrazo del oso de Podemos y colocan como línea roja la unidad de España y el rechazo al referéndum que defiende Iglesias y que ya reconducirá estratégicamente. “La política –escribió el podemita– es el arte del poder, que estudia cómo conseguirlo y mantenerlo”. Todo lo demás es accesorio.

La baronesa, los barones y los notables socialistas que previenen, en privado, del pacto con Podemos no moverán ficha. Ninguno quiere ser el primero en dar un paso adelante en ese sentido, con Susana Díaz a la cabeza, con el argumento final de que su electorado no entendería que se impidiera a Pedro Sánchez arrebatar el poder a Mariano Rajoy. Por otra parte, entre los más históricos, desde el propio Felipe González hasta Alfredo Pérez Rubalcaba –José Luis Rodríguez Zapatero va por libre y sonríe ante Podemos–, aunque en teoría no son partidarios de apaños con el conglomerado confederal de Iglesias, avanza la idea de que debe ser la actual generación de líderes socialistas la que debe decidir. Es decir, les gustará más o menos como repiten una y otra vez, pero dejarán hacer a Sánchez en su intento de llegar a La Moncloa, aunque nadie oculta que gobernar con solo 90 diputados propios no será una tarea fácil. Todo se complicaría más si un nuevo Gobierno de izquierdas pretende cumplir sus promesas que significan más gasto y que para gastar más tendría que endeudarse todavía más, porque en España nadie ha demostrado que con más impuestos se pueda recaudar todo lo necesario. Todo apunta a que Pedro Sánchez gobernará, pero tendrá que buscar dinero y entonces aparecerá Mario Draghi, Podemos se irritará y entonces comenzará lo desconocido y seguirá la lidia descompuesta. 

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