La última guerra de Rajoy y el preludio de la retirada
Mariano Rajoy, ese político “paciente, implacable y afortunado” según el Financial Times, entendió desde el primer momento mucho mejor que toda su legión de pelotas –y con más nitidez que sus críticos en el PP– las consecuencias de los resultados electorales del 20-D. Por eso ha podido decirle a Carlos Herrera, para inaugurar el año nuevo político, que “yo no tengo líneas rojas”, rematado con “un pacto nos obligaría a todos”.
El líder del PP, que es el último superviviente de su generación política –incluida toda la oposición–, aspira a tener un final político digno y aceptable y está convencido de que puede conseguirlo, aunque también es consciente de que su permanencia en La Moncloa no depende de él. Sin embargo, sí tiene en su mano la baza, que no es menor ni para sus adversarios ni para los aspirantes a sucederle, de una futura retirada de la primera línea política, que se agilizaría –sin fecha concreta, eso sí– si vuelve a ser investido presidente del Gobierno para una legislatura que, claro, sería corta.
Rajoy siempre se ha fijado mucho en la peripecia de DavidCameron en el Reino Unido. Acaba de recordar que con el sistema electoral británico, el PP habría reeditado mayoría absoluta el 20-D, aunque ha eludido recordar que el líder británico avanzó que esta sería la última vez que se presentaría a primer ministro. Sin embargo, el inquilino de La Moncloa no lo ha olvidado y sabe que esa es, quizá, su última baza, en unas elecciones anticipadas o para desencallar una negociación casi imposible. Un presidente de Gobierno de otra generación política y que, en algún momento, tendrá que retirarse, podría ser un escenario asumible –incluso cómodo– en estas circunstancias para quienes aspiran a su sillón, tanto en las filas rivales como en las suyas propias. Sería ese final político digno que desea y que le ha permitido hacer esa afirmación de que no tiene “líneas rojas”, que abre nuevas opciones, sobre todo tras el corte de mangas de la CUP a Artur Mas y el guante tendido a Oriol Junqueras.
El líder de ERC no puede, quizá, aceptar a la primera la oferta de Anna Gabriel, una de las líderes más radicales de la CUP, pero está convencido de que su oportunidad está a punto de llegar si, además, tiene el arrojo necesario. Todos, Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias y también Mas creían que, en el último momento y de penalti injusto, la CUP haría el triple salto mortal y permitiría que el líder de CDC fuera investido presidente –y presidente cautivo y vicario– de la Generalitat. La decisión, no está claro hasta qué punto asamblearia, de los antisistema trastoca los planes de casi todos. Rajoy no gana nada, pero Pedro Sánchez y su rival interna Susana Díaz quizá salgan peor parados. El secretario general del PSOE, que desde hace meses hace sus cuentas con un pacto con Podemos para sentarse en La Moncloa, sabe que ahora eso es más complicado. La presidenta andaluza también tendrá más complicado desarrollar sus planes si empieza una nueva campaña electoral en Cataluña, lo que significa que, si no juega muy bien sus cartas, su tiempo y su oportunidad pueden pasar. Prefirió no concurrir a las primarias del PSOE porque pensaba que no era su momento, pero en política hay oportunidades que no se repiten. También por eso, Sánchez quiere ser presidente ahora a toda costa, porque nadie le garantiza que ese tren vuelva a pasar otra vez para él.
Pablo Iglesias espera, enreda y, sobre todo, mete cizaña para lograr su gran objetivo, que no es otro que destruir al PSOE y quedarse con la hegemonía de la izquierda española, que en este caso sería la extrema izquierda española, la más nutrida de esa Unión Monetaria que, a pesar de su teórica moderación última, no le convence. Acaba de saberse –lo ha desvelado Crónica Global– que los eurodiputados de Podemos, junto con Bildu y la extrema derecha francesa e italiana, han presentado una resolución en el Parlamento de Estrasburgo para que la Unión Europea prepare los mecanismos para la “disolución ordenada de la zona euro” y para permitir a un país abandonar la moneda única. Está ahora muy en segundo plano, pero el modelo económico y social que defienden Iglesias y los suyos parece incompatible con el euro. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, exgobernador del Banco de España con José Luis Rodríguez Zapatero, que tuvo grandes broncas con el PP y con Luis de Guindos, acaba de escribir “el nuevo Gobierno tendrá que apretarse el cinturón” y que “algún día el Estado español tendrá que pagar tipos de interés normales y entonces nos enteraremos de lo que cuesta financiar y devolver una deuda pública que ha alcanzado el 100% del PIB”, aunque todo eso es algo que ahora, por estrategia o por ignorancia, ni Iglesias, ni los antisistema de la CUP y tampoco Junqueras parecen tener en cuenta. Pedro Sánchez, doctor en Economía, lo entiende perfectamente, pero ahora su única batalla es ser presidente de Gobierno como sea y Susana Díaz todavía no se ha planteado asuntos de tanto alcance.
Mariano Rajoy, ahora sí, afronta su última guerra, que nadie sabe cuánto durará, y que tendrá muchas batallas, mientras la Unión Europea, con el nuevo año, escruta la situación española y The Economist, que prescribe en los mercados, lo sintetiza: “España podría tener un Gobierno fuerte, pero parece probable que tenga uno débil”.


