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La teoría de Mas sobre el precipicio

22 / 09 / 2014 Jesús Rivasés
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El presidente de la Generalitat es consciente de que está al borde del precipicio y espera que si da ese paso hacia delante y cae al vacío ya habrá alguien que lo recogerá, pero nadie se lo puede garantizar. 

Alfredo Pérez Rubalcaba, inmolado en el PSOE y aparcado en la docencia en un país que prescinde con demasiada facilidad de sus personajes más válidos, fue clarividente desde el primer minuto en la última etapa de la deriva secesionista catalana. “Cuando te invocan el derecho a decidir, estás atrapado, tienes un problema”, explicaba primero en privado –pero luego también en público– cuando Artur Mas, empujado por una Esquerra emergente, empezó a plantear la hipótesis de una consulta. Rubalcaba percibió con tino que aquello podría ser letal sobre todo para los socialistas catalanes, como luego se ha demostrado, pero también para otros partidos políticos, el PP incluido. Las expectativas electorales en Cataluña de unos y otros, las peores de su historia para socialistas y populares, lo avalan. El problema, que quizá no percibió Mas, como tantos otros asuntos, es que la riada también podría llevársele a él por delante. Oriol Junqueras, el líder de ERC, acaba de hacerle en el Parlamento catalán esa oferta que pone al presidente de la Generalitat entre la espada y la pared. Si la invocación del derecho a decidir, que en realidad esconde una opción por la independencia, ponía en aprietos a los socialistas, la oferta de Junqueras a Mas de entrar en el Gobierno catalán para garantizar la consulta del 9-N, que no se hará, atrapa en todas sus contradicciones al líder de CDC y heredero político, lo lleve como lo lleve, de Jordi Pujol. Rubalcaba explicaba que cuando alguien te plantea el derecho a decidir –aunque sea tramposo como en el caso catalán– es complicado ponerse en contra. Artur Mas, tras meses y meses como defensor de una consulta, eso sí, legal, cuando recibe una oferta para seguir por la misma vía, puede decir que no, como ya ha hecho, y ampararse en cuestiones legales. Sin embargo, ante su clientela más independentista se complica el futuro más inmediato. Quizá él mismo diera las claves de su propia situación cuando hace algún tiempo comentó a un destacado político español: “Me voy a tirar al precipicio y alguien me recogerá”.

La pelota de la situación catalana, también después de una Diada otra vez multitudinaria que nadie puede obviar y el Gobierno de Mariano Rajoy tampoco, está en el alero de Artur Mas, que, a pesar de todo, también podría optar por la táctica rugbística de la “patada hacia delante” y seguir en el Gobierno catalán hasta agotar la legislatura. El PSC de Miquel Iceta le ha ofrecido el apoyo necesario y, en ese caso, el PP catalán de Alicia Sánchez-Camacho miraría hacia otro lado. Artur Mas, sin embargo, como reconocen desde su entorno menos radical, está atrapado por el ala más independentista de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), el partido fundado por Pujol en Montserrat a finales de los años 70 del siglo pasado. Y la parte de Convergència que, ahora sí, reclama la independencia sin tapujos es partidaria de poner las urnas en la calle el 9-N como sea, como también proclama ERC. Artur Mas logrará impedirlo, pero volverá a dejar mucho por el camino, incluso el futuro de su propio partido, cada vez más en el aire, pero es algo que algunos dirigentes de CDC empiezan a considerar incluso secundario si, a cambio de ese sacrificio, se consigue el utópico objetivo último independentista.

Artur Mas, al borde del precipicio al que se ha dirigido con firmeza desde hace tiempo, ha reconocido ante algunas ofertas, enviadas indirectamente por el Gobierno, que ya no se trata de un asunto de dinero, incluida la reclamación de un nuevo pacto fiscal, como acaba de volver a pedir el presidente de los empresarios catalanes, Gay de Montellà. El presidente de la Generalitat, que a pesar de todo sí intentará rebañar todos los recursos adicionales que pueda, habría dicho en varias ocasiones y ante interlocutores distintos, vinculados al Gobierno o a la oposición socialista, que aunque les ofrezcan más dinero, no hay mucho que hacer y que el proceso soberanista, de una manera o de otra, seguirá adelante. Esta postura fomenta la peligrosa tentación de que el Gobierno central, convencido de que nada sirve ya, descarte nuevos pactos y concesiones. Pedro Sánchez, el nuevo líder socialista, exploró todas las vías en su entrevista con el presidente catalán, pero no obtuvo nada y salió muy preocupado. Todavía más preocupados están los más moderados de CDC, incluidos miembros de su Ejecutiva, que temen el desastre total, hasta el punto de que sugieren que Convergència tiene una fecha de caducidad, el 10 de noviembre, el día siguiente al día que no pudo celebrarse una consulta legal.

A punto de dar el paso definitivo hacia el precipicio, Artur Mas, que ha admitido “no sé cómo acabará esto”, parece descartar todas las ofertas que tiene encima de la mesa. La de ERC no le interesa porque le puede –ya lo hace de hecho– comer el terreno y quitar votos y, sobre todo, porque, más allá de los sueños independentistas, los partidos de Mas y Junqueras y lo que representan no tienen nada que ver, incluso son antagónicos. Y eso asusta mucho en Convergència y no digamos en Unió, que rompería sus acuerdos con los convergentes en cuanto ERC entrara en el Gobierno en estas circunstancias. Mas, por otra parte, tampoco quiere aceptar las ofertas de los socialistas y crear la tan deseada en otros momentos sociovergencia porque piensa que eso también hundiría a CDC en la próxima convocatoria electoral. La particular teoría de Artur Mas sobre el precipicio tiene un punto débil. No existen evidencias de que si da otro paso hacia delante y se lanza a ese precipicio haya alguien que lo recoja. Rubalcaba tenía razón: “Cuando te invocan el derecho a decidir estás atrapado”. Y eso incluye también a Mas.

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