“Je suis Paris” y la memoria amarga de Mariano Rajoy
La matanza parisina, que en nombre de Alá enmascara otra lucha por el poder, y recuerda la del 11-M de Atocha, también llega en vísperas electorales y parte de la izquierda radical española vuelve a soñar, aunque quizá olvida que Rajoy tiene memoria de registrador
“Je suis Paris”, como también fui “Charlie Hebdo”, igual que en el mítico estadio londinense de Wembley 90.000 gargantas, con el príncipe Guillermo –nadie echa en falta a su padre, Carlos–, entonaban La Marsellesa y un escalofrío de solidaridad recorría la Europa libre y democrática al compás de “Allons enfants de la Patrie”, tras un no menos emotivo God save the Queen. París sufrió la barbarie islamista, pero el espanto, el dolor y también la inquietud recorrió toda Europa y casi todo Occidente, sin que hubiera condenas oficiales de muchos países y Gobiernos árabes, desde la petromonarquía de Arabia Saudí a ese Catar con intereses en medio mundo, incluida España en donde, sin ir más lejos, controla Cepsa, la compañía que asienta sus cuarteles generales en una de esas grandes torres que presiden el skyline madrileño, visibles desde kilómetros de distancia.
“Je suis Paris”, en donde murieron 129 –por ahora– inocentes, muchos franceses, pero no pocos de todas partes del mundo, incluidos tres españoles. Y todo, además, en nombre de Alá, el dios de los musulmanes, invocado para justificar lo injustificable, pero que en realidad es utilizado por el islamismo, se llame ISIS, Estado Islámico o como se llame, para su particular –y sangrienta– lucha por el poder. Para los asesinos de París, como también en su día para los de Atocha en aquel 11-M de 2004, la religión interpretada de forma extrema es una especie de cheque en blanco para la barbarie y, también, la droga aniquilante de la personalidad que les lleva, con frecuencia, a la inmolación, que es lo que los hace mucho más peligrosos. Para sus jefes, para quienes los adoctrinan, el islamismo es su salvoconducto hacia el poder, ya sea para conseguirlo o para conservarlo. Muchos de los jerifaltes del autoproclamado califato de ISIS proceden de aquel partido Baas de raíces laicas, que solo se acercó al islamismo cuando lo consideró indispensable para mandar y controlar a la población.
“Je suis Paris”, claro, y sobre París, con la torre Eiffel de luto, avanzan las palabras del poeta sirio Ahmed Said Esber, exiliado en Francia y más conocido como Adonis: “Lo que ocurre en el mundo árabe es un conflicto en torno al poder, porque en el pensamiento de los musulmanes no hay un problema en la sociedad, el problema está en el poder”. Apenas horas después de la masacre en París, Adonis explicaba al diario El País que “todos los regímenes árabes son la misma cosa: tiranías. Y sus opositores están hechos de la misma madera. Representan la otra cara de la misma moneda. Cambiar a una persona y reemplazarla por otra no cambia nada. Desde 1950 han cambiado muchos regímenes pero todo sigue igual. Ninguno es democrático. No hay derechos humanos, las mujeres se encuentran encarceladas en la ley islámica. No puede haber una revolución árabe sin una separación total y radical entre la religión y la cultura, la sociedad y la política”.
“Je suis Paris” y la matanza de inocentes ha empequeñecido –o colocado en su lugar–, entre otras cosas, fabulaciones independentistas, y ha aparcado otras peleas domésticas que, sin embargo, reaparecerán en cuanto tengan oportunidad, aunque ya para casi siempre quedarán en las retinas de todos la identificación de los franceses y de muchos europeos con los símbolos galos, entre los que destacan parlamentarios y autoridades del país vecino orgullosos de portar la banda tricolor, o la catedral británica del fútbol, Wembley, que iluminó su gran arco con los colores de la bandera francesa. Sí, alguien lo pensará, pero ni en una circunstancia tan extrema algunos aceptarían portar o exhibir la bandera española en España.
“Je suis Charlie” y, ahora mismo, en La Moncloa, Mariano Rajoy, a 30 días de las elecciones, evoca su memoria prodigiosa de opositor brillante a registrador de la propiedad y repasa, detalle a detalle, aquel nefasto y sangriento 11-M de 2004, cuando la barbarie islamista –hermana de la de París– se cebó con España en la estación de Atocha y dejó su remite de casi 200 muertos. Aquella matanza, sobre todo por los errores inmediatos de José María Aznar y parte de su equipo, cerró entonces las puertas de La Moncloa a Rajoy, que tuvo que esperar casi ocho años para llegar a su particular tierra prometida, después de una larga travesía de su propio desierto político. Ahora todo es diferente y Rajoy no tropezará con la misma piedra, pero un escalofrío ha recorrido su cuerpo, justo cuando creía que tenía –y tiene– bazas sólidas para obtener un resultado electoral, al menos, satisfactorio. Nada está escrito y el futuro depende de nosotros mismos, como le gustaba decir a Popper, pero una parte de la extrema izquierda hispana –Iglesias, Garzón, Carmena, Colau– ya se ha puesto de perfil ante las posibles reacciones –respuestas– francesas y europeas al Estado Islámico. Los profesionales en la utilización del buenismo piensan jugar sus bazas en una sociedad –electorado– española más bien timorata –algunos dirían cobarde–, adánicamente pacifista y alérgica a tomar medidas contundentes y efectivas. “Je suis Paris”, sí, pero la barbarie parisina puede tener factura electoral en España y algunos ya se frotan las manos, aunque quizá no cuentan con la memoria de registrador de Rajoy y su capacidad de supervivencia.


