El vértigo y el pánico de los políticos ante las urnas
El socialista vasco Patxi López preside el Congreso de los Diputados y ya es la tercera autoridad del Estado. Es un presidente inesperado, como también fue un lendakari –jefe del Gobierno vasco– inesperado gracias a los votos del Partido Popular, que no pidió nada a cambio de investirle y apoyarle para que hubiera un Ejecutivo no nacionalista, que pudiera profundizar en la batalla final contra el terrorismo etarra. Ahora no ha contado con los votos populares, pero sí con su abstención, lo que ha facilitado una elección que también habría logrado con la oposición abierta del PP.
Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, lo tiene muy difícil, pero también es quien más posibilidades tiene de convertirse en el nuevo presidente del Gobierno. No será sencillo y, con toda probabilidad, habrá que agotar los plazos legales para que, como ha ocurrido en Cataluña, ante el vértigo –a veces miedo y en otros casos, incluso pánico– de demasiados políticos ante las urnas, en el último momento, el jefe de los socialistas rebañe los apoyos necesarios para una investidura. En el PP insisten oficialmente, aunque cada día con menos entusiasmo, en que Mariano Rajoy debe y puede volver a ser presidente. Algunos ministros y varios dirigentes populares admiten, sin embargo, que lo más probable es que Pedro Sánchez se instale en La Moncloa, aunque sea para una legislatura breve, pero que si no ocurre, volverán a repetirse las elecciones. Sánchez, que necesitaría el apoyo de Podemos, debería vencer resistencias internas en su partido, pero puede superarlas. El reclamo de las ventajas y posibilidades que abre el ejercicio del poder es ilimitado y siempre concita adhesiones. Su gran rival interna, Susana Díaz, ha vuelto a amagar otra vez sin rematar la faena y la llamada “vieja guardia”, que teme un pseudopacto suicida con Podemos, cada día cuenta menos.
La repetición electoral, que nadie dice querer, abre numerosas incertidumbres para todos los partidos –nadie tiene garantizado nada–, aunque más para unos que para otros. Los socialistas y los Ciudadanos de Albert Rivera aparecen, a primera vista, como los más perjudicados. Los primeros porque en medio de un lío interno notable, podrían perder votos que se irían a Podemos. Los segundos, con un resultado el 20-D bastante peor del que esperaban, temen que una parte de los votantes molestos con el PP que recogieron vuelva al redil popular, ante el temor del avance de la izquierda más radical y una vez que Ciudadanos se ha quedado a la mitad de casi nada. La formación de Rivera vive en el difícil equilibrio de unos dirigentes que simpatizan con el centro izquierda pero que tienen unos votantes de centro derecha. En cualquier caso, ni Sánchez ni Rivera quieren oír hablar de nuevas elecciones.
Pablo Iglesias y su heterogénea y muy radical troupe de Podemos –satélites autónomos incluidos– aparecen como los teóricos grandes beneficiarios de un adelanto electoral en el que mejorarían los resultados y podrían cumplir el sueño del sorpasso al PSOE. Es posible, pero nadie lo garantiza. Su línea roja de un referéndum en Cataluña puede no haber entusiasmado a sus votantes de la España menos nacionalista y también es un riesgo electoral, por mucho que confíen en recoger a los votantes de Izquierda Unida. Por otra parte, el pequeño –porque es pequeño– grupo dirigente de Podemos, calculador hasta el extremo, valora la oportunidad de adquirir experiencia y notoriedad parlamentaria. Su gran enemigo es el PSOE, pero también, por estrategia, podrían darle el abrazo del oso y permitirle gobernar para eludir la acusación de que ellos han impedido un Gobierno de izquierdas –de Pedro Sánchez– que arrebatara el poder a Rajoy. Una vez el PSOE en el poder, tendrían la oportunidad de criticarle si no les gusta –que no les gustaría– su política y, así, preparar unas nuevas elecciones, en dos o tres años, en las que sí intentarían el gran salto. Podemos tampoco tendría graves problemas para mover la línea roja autoimpuesta de un referéndum en Cataluña. De hecho, Ada Colau ya ha hecho guiños en ese sentido. Para que todo cuadre, independentistas, como los catalanes, tendrían que apoyar o permitir la investidura, pero han dado indicios de que podrían hacerlo. Carles Puigdemont, el nuevo honorable, lo tiene claro: “Es posible que disfrutemos contemplando la ingobernabilidad española, pero tendríamos que mirar de sacarle provecho”. También para ellos, otras elecciones representan el riesgo de un Parlamento español más compacto.
Rajoy y el PP, a pesar de haber ganado las elecciones, son los grandes convidados de piedra. En teoría, solo en teoría, otras elecciones les beneficiarían, pero el resultado también podría ser parecido. En cualquier caso, los populares no tienen la llave que conduce a esos comicios y, de momento, cierran filas alrededor de su todavía líder, que también saben que tendrán que cambiar más pronto que tarde si abandona La Moncloa. Además, el PP ahora conserva una minoría de bloqueo para cualquier reforma constitucional y la mayoría del Senado y en las urnas nunca hay nada del todo seguro.
Los políticos son como las demás personas y, por eso, aunque lo disimulen, también sufren de vértigo y pánico, en su caso, ante las citas electorales.
Ahora, Pedro Sánchez camina hacia La Moncloa.


