El Papa, Rajoy y otras fumatas necesarias

15 / 03 / 2013 10:57 Jesús Rivasés
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La fumata blanca deparó otra sorpresa, el papa Francisco, un jesuita que puede revolucionar el Vaticano y la Iglesia. Empieza otra época, también ansiosa de otras fumatas necesarias en la política española.

Mariano Rajoy, casi un año y medio después de llegar al poder, ha buscado una minifumata blanca con los líderes sindicales, Ignacio Fernández Toxo (CCOO) y Cándido Méndez (UGT), con el inevitable plan juvenil de empleo como excusa. No ha habido ni hay un pacto, ni nadie ha firmado nada, pero las 100 medidas alumbradas contra el desempleo juvenil han arrancado un mínimo consenso entre sindicatos y patronales. No es mucho, pero menos da una piedra y, desde luego, no es una fumata negra, como las primeras que salieron del cónclave para elegir al sucesor de Joseph Ratzinger. Tampoco es blanca, como la que anunció la elección de Jorge Mario Bergoglio como papa Francisco. Las críticas de un PSOE, también en momentos muy complicados, son solo el telón de fondo de un escenario de paro demasiado dramático. Más allá, como si hubiera ocurrido hace un siglo, los esperpénticos funerales de Hugo Chávez, que parecen salidos de cualquier página de Gabriel García Márquez o del predecesor de todos los realistas mágicos, Ramón del Valle-Inclán y su portentoso Tirano Banderas, aquel que en “la remota ventana de su palacete, era siempre el garabato de un lechuzo”. La relectura, también en tiempos de Cónclave porque aparece un papa, por ejemplo de Los funerales de la Mamá Grande, lo aclara casi todo y una semana después de la desaparición del caudillo caribeño también “vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos”, como dejó escrito el autor de Cien años de soledad. El epitafio de Chávez lo esculpió el otro día Mario Vargas Llosa: “Los caudillos no dejan herederos”, crea lo que crea el tal Nicolás Maduro. El príncipe Felipe nunca lo hará, pero si un día tuviera la paciencia de recopilar –incluso sin contarlo todo– todas las anécdotas que ha protagonizado y contemplado en todos sus viajes a las tomas de posesión de presidentes iberoamericanos, el resultado dejaría en pañales la acrisolada imaginación de los principales referentes del realismo mágico. “Son unos aficionados, comparados con la realidad en la que viven”, apostilla un español que también ha asistido a algunas de esas tomas de posesión y actos similares. El cortejo fúnebre de Chávez, con o sin su cuerpo, es la prueba más evidente.

El Vaticano no necesita, nunca ha necesitado, autores del realismo mágico, ni del barroco o del gótico. Algunos identificaron a Ratzinger como un papa gótico, sin que quedara claro qué significaba eso, pero esa es otra historia. El papa Francisco inaugura una etapa diferente, sin incertidumbres doctrinales, pero repleta de incógnitas. El Vaticano y la Iglesia son el realismo con su propia magia y esa liturgia insuperable, para algunos, parafernalia y espectáculo, y para los más instruidos, como diría un ortodoxo, una vía de acercamiento a Dios. “Parece una película”, comentaba un corresponsal español que decía alguien en una cafetería romana mientras contemplaba en televisión las ceremonias previas al Cónclave. “No, es mejor que una película”, replicaba un cura que también estaba ahí. Más de 2.000 años aportan la experiencia, la tradición y el entrenamiento necesarios para organizar con elegancia unas ceremonias tan impresionantes como inigualables. No hay película que pueda utilizar mejores y más reales escenarios, ni disponer de unos protagonistas que ni tan siquiera tienen que actuar, porque es suficiente –como han hecho durante siglos– con que se interpreten a sí mismos y sean fieles, no a ningún guion, sino a sus propias creencias y ceremonias, con esas fumatas blancas que, con una regularidad medida por la biología, los azares y, en definitiva, la voluntad de Dios, marcan el inicio de una nueva era, un nuevo pontificado, siempre de duración incierta y desarrollo desconocido, que ahora encabeza un argentino.

Mariano Rajoy, cuando llegó a La Moncloa, nunca pensó que necesitara una o varias fumatas, por una parte con la oposición, y por otra con sindicatos y quizá con los empresarios. Ahora, casi un año y medio después, con el país al borde de los seis millones de parados y uno de cada dos jóvenes desempleados, el presidente del Gobierno ha querido escenificar un pequeño acercamiento a los sindicatos, quizá más necesitados incluso que Rajoy y su equipo de un gesto de ese tipo. No ha habido fumata todavía, pero el humo ha dejado de ser negro y se abre la esperanza de que llegue a ser blanco en algún momento. Los líderes sindicales son conscientes de que ellos y sus organizaciones tampoco tienen la mejor consideración entre la sociedad e incluso entre los trabajadores. La crisis ha pasado y pasa factura a todos y los sindicatos no son ninguna excepción. Las conversaciones Gobierno-sindicatos nunca se interrumpieron, aunque hibernaran en un muy segundo plano. Pedro Arriola, un veterano de las relaciones laborales, conoce y maneja los resortes de esos contactos y nunca ha dejado de utilizarlos. Toxo y Méndez, que no sueñan con otra huelga general –el menos partidario es el líder de CCOO–, también necesitan algún gesto del Gobierno, aunque no compartan su política económica, la critiquen y prefieran que Rajoy deje La Moncloa tras las próximas elecciones. Nadie ha prometido nada. Los sindicalistas no renuncian a las huelgas, ni el Gobierno a más reformas. Sin embargo, todos persiguen un acercamiento, en un país exhausto tras cinco años de crisis y medidas tan impopulares como necesarias. Algo se ha movido, pero hasta una fumata blanca entre Rajoy, Méndez y Toxo queda un muy largo camino y también muy diferente al del humo vaticano que anunció la llegada de Jorge Mario Bergoglio como papa Francisco I.

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