El largo camino de Rajoy hacia la socialdemocracia
Pablo iglesias cree y ha pregonado que, en política, todo depende de la televisión. quizá no previó que sus adversarios aprenderían la lección, hasta el punto de que un ministro en funciones presume de haber hecho campaña incluso en pequeñas emisoras locales.
Tremendo, fue tremendo. España, con apenas dos horas y media, batió el record mundial de escrutinio electoral. En el Reino Unido que quizá Cameron haya desunido tuvieron que esperar hasta el amanecer para contar “síes” y “noes”. Las comparaciones son odiosas, pero al César lo que es del César. El anunciado sorpasso, pues, con Pablo Iglesias al frente duró poco, muy poco, y hubo quien entre las nueve y media y las diez de la noche lloró. Lágrimas de tristeza y también lágrimas de alegría. Mariano Rajoy, el 26-J, en la sobremesa, firmaba 120 escaños y Viri, su mujer, se preparaba para una noche amarga. Solo tras los primeros datos, aunque todavía insignificantes, algunos ministros ya se atrevían a poner muy en duda el sorpasso, pero poco más. Hubo quien lloró de alegría en Génova –la sede del PP en Madrid– y también quien tomó algún whisky no previsto, mientras otros se apresuraban a destruir sus planes antimarianistas, casi a la misma hora en que José María Aznar empezaba a retocar su intervención de la mañana siguiente en El Escorial, en la apertura del campus de FAES, la fundación que preside el hombre que eligió a Rajoy como sucesor y, un tiempo después, se arrepintió, aunque siempre le quedó el consuelo que la suya –y el tiempo lo ha demostrado por distintas razones con Rato y Mayor Oreja– era la única elección posible. Aznar, que no llora, aplaudió la victoria del PP de Rajoy. No podía hacer otra cosa y el espectáculo –esperado por tantos dentro y fuera del PP–, en el que un expresidente criticaba con ferocidad, incluso sin citarlo, a su sucesor, tendrá que esperar otra oportunidad.
Hubo quien lloró, de tristeza y de rabia, entre los muchos votantes que habían creído en un sorpasso que, por ahora, se ha quedado en la fantasía de unos profesores de universidad que han descubierto que hay vida –y vida política inteligente– más allá de las redes sociales, de las televisiones en las que se dejan jalear y de sus propios círculos de incondicionales. Pablo Iglesias cree y ha pregonado muchas veces que, en política, todo depende de la televisión. Quizá no previó que sus adversarios aprenderían la lección, hasta el punto de que un ministro en funciones presumía de haber concentrado la campaña en las televisiones, incluso en pequeñas emisoras locales, mientras obviaba todo lo demás. Si, como parece probable, el PP vuelve a gobernar habrá terremotos televisivos.
Hubo quien lloró de amargura y sorpresa entre los partidarios y también entre los miembros del equipo de Albert Rivera. El veredicto de las urnas dejó tocados a los pesos pesados de Ciudadanos, que tardaron en reaccionar y que tuvieron que recurrir al recurso de culpar a la ley electoral, que es como culpar al árbitro de la eliminación de la selección española de Vicente del Bosque, Ramos, Piqué, Iniesta y Morata.
Hubo quien lloró de alegría y tristeza al mismo tiempo en el PSOE de Pedro Sánchez, que salva los muebles de momento pero que ni él mismo esperaba que su antiguo rival Eduardo Madina lograra el escaño por Madrid que ya tiene en su bolsillo. Sonrisas y lágrimas. Los socialistas han detenido el avance de Iglesias y los suyos, pero han vuelto a retroceder, incluso en Andalucía, desde donde Susana Díaz tenía previsto cruzar Despeñaperros y el Manzanares la misma noche electoral y ahora tiene que esperar y elegir muy bien cuál puede ser su oportunidad, porque quizá dejó pasar las más favorables y ahora solo le quede una bala con la que no puede fallar.
Hubo también quien no sabía si llorar o reír, como esos candidatos del PP –un par de docenas– que ni ellos mismos esperaban obtener un escaño y se fueron a dormir con un acta de diputado en el bolsillo. Tremendo. Fue la noche del éxito inesperado de un Rajoy que, ahora sí, aceptará el encargo del Rey para formar Gobierno y perseguirá su investidura –probable pero no segura– por la senda de la socialdemocracia, un camino en el que, ni él ni buena parte del PP, se encontrarán incómodos. La irrupción del populismo podemita ha escorado a la izquierda la política española. Al PSOE de Sánchez, para hacer frente a Iglesias y los suyos, pero también al centro-derecha de Rajoy, en el que los liberales siempre fueron minoría, que ahora tendría la coartada perfecta para gobernar en modo socialdemócrata, corregido por las necesidades mínimas de ortodoxia impuestas por el sentido común, por los mercados y por Bruselas. Y todo con la ayuda del ejemplo del Brexit, Cameron, Farage y Boris Johnson, a quienes se podría aplicar aquella frase de Alfonso Guerra de que “políticos borrachos de vanidad empujan a su comunidad a una secesión suicida”. Por ahora, los electores españoles, han descartado aventuras utópicas, pero el peligro sigue ahí.
Sí, hubo quien lloró la noche del 26-J y también quien, como Pedro Sánchez, imaginó carambolas imposibles, con el PSOE, Podemos y los nacionalistas de toda clase y condición, hasta que alguien de su confianza, entre la tristeza por el retroceso y la alegría por haber evitado el sorpasso le hizo recapacitar, aunque la idea estuvo allí. Hubo quien ganó el 26-J, y fue Rajoy que ahora, para gobernar, avanzará a grandes zancadas, hacia un Gobierno socialdemócrata, que todavía no tiene asegurado, en el que estará cómodo. Tremendo. Hubo quien lloró.
