El laberinto griego y por qué Tsipras no es Teseo.
La crisis griega hace aflorar la gran contradicción de la izquierda radical europea, que debe aceptar el euro y la política monetaria común porque lo desean los ciudadanos, pero que sueña con una moderna autarquía, disfrazada de soberanía.
El primer laberinto del que habla la historia es un mito, un mito griego, y se refiere al que habría construido Dédalo para esconder al Minotauro en Creta. Durante siglos, los expertos han discutido si esa leyenda se basaba en el palacio de Cnossos, una construcción tan enorme como sofisticada e intrincada en la cueva Gortina en la misma isla del Egeo. En el laberinto moraba el monstruo que exigía el sacrificio de siete doncellas y siete donceles destinados a ser devorados, como tributo que Atenas debía satisfacer tras perder la guerra contra el rey Minos. Así ocurría cada nueve años hasta que Teseo, hijo del rey Egeo, fue incluido entre los siete jóvenes y –con la ayuda de Ariadna, que le enseñó el truco de desenrollar un hilo por el laberinto para poder salir– mató al Minotauro, encontró la salida de la cueva y huyó con su amada. Cuatro milenios más tarde, Alexis Tsipras ha soñado con llegar a ser el moderno Teseo que derrotará al enemigo de las tres cabezas –FMI, Comisión Europea y Banco Central Europeo– y además logrará salir del laberinto en el que, finalmente, él mismo se metió cuando prometió a los griegos lo que nunca podría cumplir y que complicó con la convocatoria de un referéndum imposible, incluso para él.
El radical Alexis Tsipras, en cuyo ejemplo se fija Pablo Iglesias para emularlo si tuviera algún éxito, no parece tener, sin embargo, una Ariadna, hija de Minos y de Pasífae, que le proporcione los medios –el hilo– que le guíen para salir del laberinto en el que él mismo ha metido a los griegos, con un corralito en la Europa del siglo XXI como el que su Gobierno y nadie más ha implantado en su país y a sus ciudadanos. Tsipras y Syriza, termine como termine la crisis griega, con o sin referéndum, no solo no es Teseo sino que ya ha perdido su gran órdago. Si acepta, como apuntaban los rumores a mediodía del miércoles 1 de julio, las condiciones que previamente había rechazado habrá puesto a su país y a sus ciudadanos al borde del precipicio para nada. Si, por el contrario, los griegos votan a favor o no de aceptar las propuestas de la Troika, ahora llamada Instituciones, también se enfrenta a un dilema imposible, gane o pierda el referéndum. Entonces solo tendría dos opciones, la dimisión, tanto suya como la de su Gobierno, o sacar –de la forma que sea– a Grecia del euro, lo que arruinaría a los griegos durante una o dos generaciones. Sí, porque la disyuntiva, en uno de los puntos calientes de las negociaciones, es simple: la aceptación de las condiciones de la Troika supondría un recorte para los pensionistas del 2%. La negativa y salida del euro, una pérdida de riqueza de por lo menos el 50%.
No, Tsipras, obviamente no es Teseo ni tiene ningún hilo de Ariadna, por muy hábil que haya podido ser –según sus fieles– a la hora de negociar. Y ahora ya no sirven los juegos malabares de su ministro Yanis Varoufakis, que es uno de los pocos que no tendrían problemas en el peor de los escenarios, porque siempre tendría la opción, muy bien remunerada, de dar conferencias por el mundo para explicar por qué su modelo fracasó. Al fondo, no obstante, subyacen –incluso más allá del caos y la corrupción en Grecia– los enormes recelos que siempre ha tenido y tiene la extrema izquierda europea al proyecto y a la realidad de la moneda única, del euro, que tiene defectos obvios de diseño, pero que ha sido un gran paso adelante, como lo demuestra, entre otras cosas, la animadversión que siempre despertó entre los expertos americanos –Paul Krugman y Joseph Stiglitz incluidos–, que no quieren ningún competidor, por nuevo que sea, del dólar. El problema de Tsipras y Syriza es que, a pesar de todo, los griegos tienen claro que fuera del euro serían más pobres y vivirían peor. Es la verdadera línea roja que, quizá, el primer ministro griego no se atreve a cruzar, aunque es lo que le gustaría, porque en un país sin euro, con soberanía monetaria, podría fabricar todo el dinero que quisiera –aunque no tuviera casi ningún valor– y seguir en el poder. Es el modelo argentino y también el venezolano, cuyos resultados están muy contrastados, y los griegos, claro, por mucho que hayan sufrido en la crisis, no quieren saber nada de eso. Es también la gran contradicción de una izquierda radical que durante decenios se proclamó internacionalista y que ahora sueña con escenarios que suenan demasiado a viejas autarquías que ya son inviables en pleno siglo XXI.
En España, en el otro extremo del Mediterráneo, todos escrutan la peripecia griega. Todos lo niegan, pero el desenlace de la crisis helena, el que sea, repercutirá en las próximas elecciones españolas. Tsipras y Syriza han demostrado que un corralito en Europa ya no es ciencia ficción y, por supuesto, no es neutral. Y las cosas claras, el PP sueña con la derrota absoluta de Tsipras para neutralizar a Podemos y rebañar apoyos perdidos. Pablo Iglesias y los suyos, que si estuviera en su mano no habría euro, confían en ser capaces de convencer a su clientela de que los griegos han doblegado a los mercados, aunque eso no sea así, y que ellos también pueden hacer lo mismo en España. Por último, los socialistas de Pedro Sánchez, que cierran filas con el euro y la estabilidad, intentan que el lío no les salpique, aunque todo puede ocurrir. Es el laberinto griego, que algunos –quizá Podemos– quieren hacer europeo, pero ni Tsipras ni nadie es Teseo.


