El hombre que se asomaba por una ventana del Palacio Real

19 / 10 / 2015 Jesús Rivasés
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Hace año y medio Albert Rivera casi no tenía con quien hablar en el Palacio Real. Ahora, el 12 de octubre fue el invitado más solicitado, mientras distintos miembros del gobierno pronosticaban que el PP obtendrá unos 150 escaños en las próximas elecciones y volverá a gobernar

Un hombre joven, 34 años, miraba distraído por una de las ventanas del Palacio Real de Madrid, mientras esperaba con paciencia el momento de saludar, en la muy larga fila de invitados, al nuevo Rey recién proclamado Felipe VI y a la nueva reina Letizia. Era el 19 de junio de 2014 y el calor asfixiante de aquel mediodía también penetraba por los amplios pasillos del Palacio de Oriente, en donde apenas quedaba el recurso de asomarse a alguna de las ventanas. Albert Rivera, diputado, líder del partido político Ciudadanos, diputado en el Parlamento de Cataluña, acababa de cosechar un resultado discreto en las recientes elecciones europeas. Su partido había obtenido dos escaños, que empalidecían con los cinco diputados y 1,2 millones votos de Pablo Iglesias y Podemos, y también con los cuatro escaños y un millón de votos de UPD, la formación de Rosa Díez que, aunque esperaba más, se veía como la futura bisagra imprescindible del todavía entonces pujante bipartidismo.

En junio de 2014 Albert Rivera ya era un personaje conocido en toda España, pero tampoco muy popular. Por eso, mientras esperaba saludar a los nuevos Reyes, asomado a una ventana del Palacio Real, no concitaba demasiado interés y allí estaba, acompañado por poco más que sus pensamientos. Fue entonces cuando la mujer del exministro socialista de Agricultura (1993-1994) Vicente Albero lo vio y decidió acercarse y darle conversación. No mucha más gente lo haría aquel día, incluidos los cuatro periodistas contados que se fijaron en él.

Año y medio después, el pasado lunes, 12 de octubre de 2015, Albert Rivera volvió al Palacio Real de Madrid, invitado a la recepción que ofrecen los Reyes el día de la Fiesta Nacional. Ahora, Rivera ni siquiera tuvo tiempo de mirar por ninguna ventana. Desde que llegó hasta que se marchó fue la estrella y eclipsó, con la excepción de los reyesFelipe y Letizia, a todos los demás asistentes, incluido el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que, además, tuvo que marcharse enseguida porque debía viajar a Nueva York. Allí, por primera vez en la historia de España, un español presidiría una sesión del Consejo de Seguridad de la ONU. Nadie antes, ni Adolfo Suárez, ni Felipe González, ni José María Aznar, ni José Luis Rodríguez Zapatero tuvieron esa oportunidad. Sin embargo, los árboles del lío político interno español han impedido que se valore la importancia que ha tenido para el papel de España en el mundo.

Rivera, en el Palacio Real, apenas pudo dar un paso. Permanentemente rodeado por periodistas, conocidos y quienes intentaban presentarse, incluso fue requerido en bastantes ocasiones para hacerse selfies con algunos de los invitados, que eran además de políticos y periodistas, diplomáticos, empresarios, militares y gentes del mundo de la cultura. El líder de Ciudadanos también estaba presente en casi todas las conversaciones políticas, de aquel día en palacio y de otros días. Los miembros del Gobierno, uno tras otro, desde la viceSoraya hasta José Manuel Soria tienen bien aprendida la lección y defienden con entusiasmo la futura victoria del PP en las elecciones e incluso pronostican un resultado de 150 diputados. Pedro Sánchez, por su parte, también asegura que va a ganar, aunque es más prudente y no se atreve a aventurar el número de escaños que espera conseguir. En cualquier caso, a él le bastaría con tener uno más que el PP o incluso, con menos diputados, que la aritmética parlamentaria le permita formar Gobierno con un tercero o con dos.

Albert Rivera, que también dice que quiere ganar, es el gran deseado en un escenario sin mayorías, el hombre que, según las encuestas, podría dar y quitar un Gobierno y, claro, se deja querer. El viento a favor de Ciudadanos tras los comicios catalanes, unido al desinfle –por ahora– autorreconocido de Podemos y Pablo Iglesias, ha llevado, de momento, tranquilidad a los cuarteles generales de grandes bancos y empresas, a los inversores y a las temidas agencias de rating que, como Standard & Poor’s han subido la nota de España, mientras bajaban la de Cataluña hasta el grado de bono basura con perspectiva negativa. Y es que en el laberinto catalán, como apunta un diputado de la propia Convergència, todavía no hay una salida clara, al menos hasta que se celebren las elecciones generales.

Los banqueros y empresarios que cortejan a Rivera con el disimulo justo para evitar el cabreo gubernamental, contemplan con alivio un escenario en que el PP o el PSOE puedan lograr la investidura y, a partir de ahí, un Gobierno con apoyos en el día a día. Un escenario en el que, claro, Rivera y Ciudadanos, que ahora parecen más proclives a Sánchez y los suyos, serían decisivos siempre y cuando no se produzca la gran sorpresa, el sorpasso del que también hablaban los más críticos con el PP en los salones del Palacio Real. “Es el momento de otra generación política”, decían algunos, mientras que un grande de España, que en otros momentos fue partidario de Gobiernos socialistas, cree que ahora lo mejor para España sería un próximo Gobierno del PP de Rajoy con el apoyo de Ciudadanos. Todo es posible, incluso que no se cumplan muchas expectativas, quizá desorbitadas. Eso sí, ocurra lo que ocurra, triunfe o fracase –la sombra de la operación Roca es alargada–, Albert Rivera ya no volverá a ser el hombre que se asomaba a una ventana del Palacio Real.

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