El día que Pedro pensó que Pablo le traicionaba

18 / 04 / 2016 Jesús Rivasés
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José Luis Rodríguez Zapatero llegó a la presidencia del Gobierno, contra pronóstico, con la aureola de una baraka espectacular que le acompañó hasta casi avanzada su segunda legislatura. La baraka, palabra árabe que describe una especie de “suerte providencial”, hacía que todo rodara a favor del entonces líder del PSOE hasta que, claro, todo se torció y nunca volvió a enderezarse. Nadie ha atribuido la baraka a Pedro Sánchez, pero el secretario general de los socialistas también parece agraciado por esa “buena suerte” que Napoleón Bonaparte exigía a sus generales.

La trayectoria política de Pedro Sánchez –y no es un demérito– ha estado presidida por la buena suerte. Dos veces fue diputado porque quienes le precedían en las listas abandonaron sus escaños por distintos motivos. Concurrió  a unas primarias que estaban previstas para otros candidatos y aglutinó apoyos que no estaban entusiasmados con él, sino que su objetivo era que otros no ganaran esos comicios internos en el PSOE. Impulsado por unos y por otros, se convirtió en un líder de los socialistas que, para muchos en el partido, disfrutaba de un poder vicario. Sin embargo, como ha ocurrido tantas veces en la historia, decidió ejercer el poder y jugar sus bazas. Es un superviviente y lo demuestra una y otra vez. Sánchez, al frente del PSOE, logró el peor resultado electoral de los socialistas –incluida la época de la República–, pero él defendió y creyó que podía gobernar.

Pedro Sánchez, cuando expira el plazo para que haya investidura o se convoquen otras elecciones, es consciente de que todo se le ha complicado mucho. Sin embargo, como el superviviente que es, cree que todavía tiene una última oportunidad y se aferra a ella. Desde que se cerraron las urnas el 20 de diciembre fue partidario de que debía y podía pactar con Pablo Iglesias. El líder de Podemos, con sus exigencias, desplantes y sobreactuaciones, se lo puso difícil desde el primer momento, pero Sánchez –hay quien apunta a conversaciones que no se han conocido– y varios de los miembros de más confianza de su equipo, también creyeron que pactarían con Iglesias y sus confluencias. Era lo más fácil y también lo que más atraía al jefe de los socialistas, con el argumento de que ese es el acuerdo que más desean sus bases.

El proyecto de Podemos de que se ejerza de alguna manera el derecho a decidir –referéndum– en Cataluña y en otros sitios despertó algunas alarmas en el PSOE. El Comité Federal exigió a Sánchez que no traspasara algunas líneas rojas, entre ellas la del derecho a decidir. El ya aspirante a presidente del Gobierno soñó entonces con la cuadratura del círculo política, que consistía en pactar con Ciudadanos y conseguir el apoyo, por acción o por omisión, de Podemos, con el objetivo común de desalojar a Mariano Rajoy de La Moncloa. Sánchez, tras pactar con Ciudadanos y hablar con Pablo Iglesias más de lo que se ha dicho, interpretó o quiso interpretar que, en último extremo, podría conseguir el apoyo de Podemos para ser investido.

Pedro Sánchez, convencido de que arrastraría a su orilla a Podemos, aguantó como pudo aquel ataque parlamentario de Pablo Iglesias a Felipe González, al socaire de la guerra sucia contra el terrorismo y con el ejemplo de la cal. Aquel día, Pedro Sánchez quizá no lo percibió con claridad, pero bastantes socialistas llegaron a la conclusión de que con Pablo Iglesias no llegarían a buen puerto. A partir de entonces, los adversarios internos de Sánchez en el PSOE se reactivaron y, de hecho, han estado muy activos en las últimas semanas, y no precisamente a favor de su teórico jefe. Ahora, la mayoría de ellos, del Sur y del Norte, del Este, del Oeste y del centro, están convencidos de que se repetirán las elecciones con Sánchez de cabeza de cartel socialista, que no mejorará sus resultados anteriores y que, luego, su suerte está echada, mejor dicho terminada.

Ahora, justo cuando el Rey ha anunciado la última ronda de consultas antes de que se tengan que convocar nuevas elecciones, el líder del PSOE, y quizá solo él sabe las verdaderas razones, se siente traicionado por Pablo Iglesias. Lo empezó a pensar cuando el jefe de Podemos retrasó su comparecencia pública tras la reunión tripartita PSOE-Ciudadanos-Podemos y se convenció, horas después, al ver las nuevas exigencias –y la escenificación– de la formación morada y sus satélites. Quizá entonces se arrepintió del pacto suscrito con Ciudadanos, porque sin él, la vía 163 diputados, es decir, PSOE, Podemos e Izquierda Unida, con apoyos nacionalistas hubiera tenido futuro. Los independentistas de ERC están reticentes, pero apuntaron que sin Ciudadanos todo era posible. En Convergència sueñan con lo que sea antes que nuevas elecciones y el PNV apoyaría la jugada. Es decir, todo es posible, pero significaría que el PSOE rompiera/traicionara el pacto con Ciudadanos y a estas altura es un coste que los socialistas no pueden asumir, y además ahora en el PSOE ya nadie se fía de Pablo Iglesias, Pedro Sánchez incluido, aunque, por si acaso, le ha lanzado al líder de Podemos un último guante. El partido no acaba hasta que el árbitro no da el pitido final y Sánchez es, sobre todo, un superviviente, aunque no está acreditado que tenga aquella fantástica baraka que acompañó durante tanto tiempo a Zapatero.

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