El callejón sin salida de la reforma electoral pendiente
Una reforma electoral desarrollada con generosidad y con respeto a la voluntad mayoritaria permitiría garantizar, de una vez por todas, gobiernos estables que respondan de verdad a las preferencias de más ciudadanos
Susana Díaz (PSOE), ganadora de las elecciones andaluzas sin mayoría suficiente para gobernar, ha planteado la posibilidad de reformar el sistema electoral e introducir la fórmula de una segunda vuelta. La aplican en Francia desde que la introdujera el general De Gaulle, después de años de Gobiernos inestables e imposibles, salidos de unas urnas que primaban la proporcionalidad. En el país vecino, ha permitido más de medio siglo de Gobiernos estables y no ha impedido la aparición de nuevos partidos. José Antonio Monago (PP), presidente de la Junta de Extremadura, ha anunciado en la campaña electoral que, si es reelegido, promoverá un referéndum en su comunidad autónoma para preguntar a los extremeños si desean que gobierne la lista más votada. El PP de Mariano Rajoy, que siempre ha acariciado esa idea, maneja un borrador de reforma electoral, que también contempla la segunda vuelta, y que reforzaría a los grandes partidos. En principio se utilizaría solo en comicios municipales y autonómicos, porque nadie se atreve todavía a hablar claro de cambios para las elecciones generales. El líder del PSOE, Pedro Sánchez, no ve con demasiada simpatía esas propuestas, incluida la de Susana Díaz, al margen de que sus relaciones no sean las mejores. Por supuesto, los demás partidos, ahora con Ciudadanos (Albert Rivera) y Podemos (Pablo Iglesias), no quieren ni oír hablar del asunto. Y, por supuesto, tampoco Alberto Garzón, de Izquierda Unida, ni la ya casi irrelevante Rosa Díez y su UPD. Todos hacen sus cuentas y descartan cualquier reforma, por mucha estabilidad que pueda aportar, que no les beneficie directamente con escaños y más poder. La regeneración de la que hacen bandera los nuevos partidos no se contempla para el sistema electoral, salvo en el caso de que los cambios que se promuevan les faciliten alcanzar sus objetivos. Es decir, mucho más egoísmo que regeneración.



