El anarquismo catalán y el expreso de medianoche del PP
Casi cien años después, tras el 27-S, “la corriente telúrica” del anarquismo catalán tiene la llave para la ruptura de España y vuelve a poner de los nervios a la burguesía catalana, que más que independizarse quería presionar otra vez a los gobiernos de Madrid
“Los anarquistas tienen en su mano la llave para la ruptura de España”, titulaba el martes 29 el diario británico The Times, como síntesis de la jornada del 27-S. Más de 100 años después, la CUP, liderada por Antonio Baños –cara amable, fondo pétreo–, y Anna Gabriel –imagen seria, mensaje sin concesiones–, con su éxito electoral ha retomado la histórica tradición del anarquismo catalán, que se remonta a la Solidaridad Nacional, nacida en 1907, y a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) de 1910. Como explica el historiador Xavier Díez, “el anarquismo es una corriente telúrica y subterránea, una constante en la historia del país [Cataluña]”.
El 27-S perdió Artur Mas y Oriol Junqueras y Raül Romeva no ganaron. Y también perdieron, unos más que otros, el PP de Mariano Rajoy y Xavier García-Albiol, y la versión catalana de Podemos, mientras que los socialistas de Pedro Sánchez y Miquel Iceta, a pesar de obtener el peor resultado de su historia, pueden presumir de haber salvado los muebles porque a los rivales les fue mucho peor. Tampoco ganaron Ciutadans y la CUP, pero ambas formaciones triunfaron. Albert Rivera e Inés Arrimadas (Ciudadanos/Ciutadans), con la gran esperanza de los moderados de casi todas partes, mientras que la CUP tiene casi todo en sus manos, como precisa The Times. En primer lugar, quién estará al frente de la Generalitat y para ese anarquismo, que defiende –ahí están sus documentos– una especie de autarquía –la última fue la falangista tras la Guerra Civil– con aranceles incluso para la importación de alimentos, resulta casi imposible, incluso por táctica, apoyar a Mas. Por ahora descartan la llamada Declaración Unilateral de Independencia (DUI), pero también puede ser su táctica inicial que enmascare la verdadera estrategia que preocupa a tantos.
Casi cien años después, el independentismo anarco-troskista, de repente, ha vuelto a poner de los nervios a la burguesía catalana, que durante tantos años dio mayorías a Jordi Pujol y que, ahora, todavía ha votado a Mas, pero que empieza a estar más que preocupada. Si el independentismo –Junts pel Sí y CUP– ha obtenido 1,9 millones de votos, que son muchos, el anarquismo-troskismo –CUP y Podemos versión catalana– han logrado 700.000, apenas 30.000 menos que la exitosa Arrimadas y Ciutadans/Ciudadanos, la gran esperanza del moderantismo. Las alarmas, aunque muchos todavía no les han prestado atención, se han encendido más allá de Cataluña y las han activado los mismos que, una y otra vez y también ahora, querían a un Mas fuerte para que negociara con el Gobierno de Madrid, pero que temen a la CUP y Podemos y que creen que ahora sí son una amenaza. Ahora cambia casi todo, porque para la siguiente cita, las elecciones generales, las apuestas indican que la CUP podría llegar a un acuerdo con Podemos para no presentarse y encaminar a sus votantes hacia sus primos troskistas de Pablo Iglesias que, mientras tanto, rumia su batacazo catalán. Y es que Catalunya Sí que es Pot, con Lluis Rabell al frente, encantado de ser diputado, obtuvo menos escaños que Iniciativa per Catalunya-Verds (ICV).
El 27-S fue tremendo para muchos, también para Junqueras, que nunca quiso ir de la mano de ese Mas al que no traga. El líder de ERC está convencido de que muchos de sus votantes se refugiaron en la CUP, porque ERC es todavía más de izquierdas que nacionalista, y ahora teme no poder recuperarlos. Por eso Junqueras hará todo lo posible para que no haya que repetir las elecciones catalanas, sobre todo ahora que puede quitarse de en medio a Mas. Habrá grandes golpes de pecho, con la excusa de la imputación del líder convergente, pero el jefe de ERC será el primero en empujarle hacia un retiro dorado o doliente.
Y mientras en Cataluña termina el recuento de votos del 27-S, de la estación de Sants salía, a las 23.30, el expreso de medianoche –versión AVE– del PP, en pleno “momento pánico” y con las huestes derrotadas y, sobre todo, desmoralizadas. El PP había fletado y pagado todo un AVE desde Madrid, y otro desde Zaragoza, para llevar, sobre todo a Barcelona, interventores a los colegios electorales. Más de medio millar de diputados, dirigentes e incluso expresidentes autonómicos, como el de La Rioja, Pedro Sanz, viajaron a la Ciudad Condal para echar una mano que, sobre todo, sirvió para constatar la debacle. “En los colegios todo estaba claro, nuestros teóricos votantes se decantaban por Ciutadans”, comenta un diputado popular en el Congreso que también acudió a la llamada del partido. En el expreso charter de medianoche, en la confianza de la conmilitancia, los ánimos estaban por los raíles y la sensación de derrota se extendió por todo el convoy, con el agravante de que algunos –si no media una reacción espectacular– presagian otro fiasco en las elecciones generales.
En Cataluña los independentistas no han ganado, pero son muchos, 1,9 millones, casi tantos como los no independentistas, poco más de dos millones. Ni unos ni otros pueden ser obviados. El diálogo se impone, dentro de la ley, como dice Rajoy, y todos con la obligación de ceder en algo. Eso sí, como decía el editorial del Financial Times, “las demandas de una mayor autonomía merecen alguna consideración, pero hay un límite a la descentralización”.


