El 27-S o la teoría del caos aplicada en Cataluña
El proyecto independentista de Mas y Junqueras tiene demasiadas incertidumbres que no pueden controlar, incluido el azar del que habla la teoría del caos y, además, como dice el banquero Francisco González, “la gente no conoce las consecuencias reales”
Joseph Pérez (Laroque-d’Olmes, Francia, 1931), el hispanista francés de padres valencianos, escribe en Entender la historia de España (2011) que un texto impreso en Cataluña en 1715 decía que “Felipe V se preocupaba más de los españoles de lo que hicieron los Austrias”. El historiador también explica que “hay filólogos que pretenden que la palabra ‘español’ no es de origen provenzal, sino catalán. De ser cierta esta opinión, los primeros ‘españoles’ que se llamaron así fueron, pues, los abuelos de los catalanes de ahora. La cosa tiene gracia si se piensa que, en estos años iniciales del siglo XXI, hay catalanes que no quieren ser españoles...”. Los dos ejemplos extraídos de la obra de Joseph Pérez no son concluyentes, por supuesto, pero demuestran que, puestos a bucear en la historia, se pueden encontrar indicios infinitos para confrontar las tesis más tozudamente catalanistas que pretenden borrar cualquier aspecto de españolidad de Cataluña, incluido el que de forma voluntaria el Principado se acogió al paraguas protector de la Corona española a mediados del siglo XVII, tras una desafortunada y fugaz aventura, impulsada por Pau Claris, bajo protectorado francés.
Tres siglos y medio más tarde, el problema del proceso puesto en marcha por el independentismo de Artur Mas y Oriol Junqueras, con el ecocomunista Raül Romeva de mascarón de proa y el 27-S como primera cita totémica, es que parece una versión catalana de la teoría del caos, también conocida como la “teoría de las estructuras disipativas”. La versión más popular, hasta donde es posible, es el llamado “efecto mariposa”, según el cual el aleteo de una mariposa en China, por ejemplo, puede provocar, un tiempo después, todo un huracán a miles de kilómetros de distancia. Eso quiere decir, según Ilya Prigogine (1917-2003), el principal representante de la “teoría del caos”, que “el mundo no sigue estrictamente el modelo de reloj, previsible y determinado, sino que tiene aspectos caóticos”. Significa también que contradice las soflamas independentistas catalanas de un mañana mejor
–con mayor bienestar y prosperidad– en una futura Cataluña independiente. El proyecto secesionista catalán está cimentado sobre demasiadas incógnitas e incertidumbres y, además, está sujeto a cualquier azar y, según la teoría del caos, “cualquier desviación infinitesimal en el punto de inicio provoca una divergencia exponencial en la trayectoria”.
Francisco González, presidente del BBVA, lo ha sintetizado en muy pocas palabras: “La gente no conoce las consecuencias reales”. Los banqueros, es cierto, no gozan de mucho prestigio popular, ni en Cataluña ni en ninguna parte, pero eso no significa que a veces tengan razón y todo indica que una parte de los forofos de la independencia no son conscientes del futuro que dicen desear. Antonio Elorza escribía hace unas semanas sobre el “oportunismo cargado de ignorancia de Podemos”, algo que se puede aplicar a Oriol Junqueras, como demuestra el catalán y exministro socialista Josep Borrell en su libro Las cuentas y los cuentos de la independencia.
Borrell aborda el peculiar sentido de la aritmética de Junqueras, que llegó a decir que sin el “expolio español Cataluña hubiera doblado su nivel de vida cada 10 años” durante los últimos 26 años: “Si cada año –dijo Junqueras en su conferencia Expolio y crisis– no desapareciese de nuestro país un 8% de nuestro producto interior bruto, cada 10 años lo doblaríamos y cada 10 años seríamos el doble de ricos”. Borrell ha hecho los cálculos y ha llegado a la conclusión de que Junqueras “no maneja muy bien el interés compuesto”, porque si fuera cierto el razonamiento del líder de ERC, con la tasa de crecimiento del 8%, Cataluña tendría ahora una renta per cápita de 204.394 dólares (183.148 euros), es decir, el doble de la de Catar –la mayor del mundo– y cuatro veces mayor que la de Alemania. La tierra prometida, claro, de un independentismo que no quiere hacer las cuentas, porque Junqueras, y también Romeva y otros, pueden no ser expertos en este terreno, pero hay doctos economistas en sus filas –incluidos aspirantes en su día al premio Nobel como Andreu Mas-Colell o Xavier Sala i Martín– que sí lo son y que deberían saber “las consecuencias reales” de la independencia de las que habla el banquero Francisco González. El siempre histriónico Gregorio Morán lo interpreta como que, “no estamos al borde del abismo; estamos en el límite de la estupidez”. Otro catalán, Josep Piqué, también exministro, recurría a Bertolt Brecht para entender lo que ocurre: “Qué tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente”.
El día después del 27-S, “en cualquier caso, la historia continúa” como ya escribió un exministro de la Transición, Luis González Seara. Quizá por eso conviene no olvidar una interpretación heterodoxa de la teoría del caos que dice que todo tiende a desordenarse, hacia el caos, hasta que se llega a un punto en que el desorden, de forma natural, porque no es posible avanzar más en ese sentido, tiende a ordenarse poco a poco. Sin embargo, eso no elimina el azar, es decir, no es seguro y, en cualquier caso, tendrá que haber diálogo, pero un diálogo en el que no todo sea culpa del otro, el argumento recurrente de las quejas independentistas, de Mas a Junqueras.


