Democracia sentimental y el poder de la mentira
El día después del 26-J, todo depende de si, al contrario de lo ocurrido en diciembre, PSOE y Unidos podemos suman los escaños precisos para una mayoría, mientras en el PP, quizá como última alternativa, han lanzado la idea de que Rajoy podría dar un paso atrás, con la coartada de que ha ganado las elecciones por tercera vez.
¿Puede ser Pablo Iglesias presidente del Gobierno? Sí, puede. La respuesta a la cuestión shumpeteriana es afirmativa en vísperas de otras elecciones presididas por “la sentimentalización extrema que padece la democracia española”, como analiza el profesor Dader en su estudio El Principado de Podemos y la democracia sentimental. Aquellos frikis que descubrió Pedro Arriola, el protoasesor de José María Aznar primero y luego de Mariano Rajoy, tras las elecciones europeas de la primavera de 2015, creen ahora que pueden consumar su propio asalto al palacio de invierno versión española. Todos sus adversarios políticos, desde el líder del PP a Pedro Sánchez o Albert Rivera, lo rechazan, pero no es una hipótesis imposible. Unidos Podemos necesitaría apoyos parlamentarios, y tampoco eso es descartable. Las campañas electorales están repletas de mentiras, que incluyen promesas imposibles, simplistas y demagógicas y negar el agua y el pan incluso a quienes no se descarta que sean aliados un minuto después de cerrar las urnas. Jean François Revel ya lo escribió en 1988: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”.
El fantasma de unas terceras elecciones ha sobrevolado las últimas horas de una campaña electoral en la que, sobre todo, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez –más el segundo que el primero– han luchado por su supervivencia política. Pablo Iglesias y Albert Rivera, salvo espectacular sorpresa, en forma de batacazo descartado por los gurús demoscópicos, tienen garantizado su futuro político, al menos durante una temporada. Los dos persiguen el mismo objetivo, La Moncloa. Iglesias tiene más urgencias que el jefe de Ciudadanos, pero aguantaría otra legislatura fuera del poder, aunque si fuera muy larga no es descartable que las contradicciones internas de Unidos Podemos pongan patas arriba un proyecto edificado sobre la sentimentalización de un electorado desafecto con el orden actual, pero que no está claro que sea tan radical como la dirección de la formación morada.
La gran novedad de los minutos basura de la campaña electoral han sido las grandes negaciones, que luego pueden pasar factura. Pedro Sánchez descarta, por acción u omisión, como rezaba el Catecismo que no estudió Pablo Iglesias, permitir un Gobierno de Rajoy o de Unidos Podemos. Albert Rivera, por su parte, ha colocado su línea roja en el jefe del PP y en su equipo más cercano, algo que –no lo niega el líder de Ciudadanos– alcanzaría a la vice Soraya Sáenz de Santamaría y ha abierto las puertas a conjeturas sobre Cristina Cifuentes, Ana Pastor o Pablo Casado, entre otros. Rajoy y su entorno, hasta el último minuto antes, han defendido la gran coalición, pero su verdadera apuesta es un Gobierno minoritario, tras una investidura que saldría adelante gracias a que socialistas y Ciudadanos, al menos, miraran para otro lado, es decir, se abstuvieran. También en esos mismos minutos basura por primera vez han surgido voces en el PP para sugerir la hipótesis de que, tras una tercera victoria en las urnas, Rajoy también tendría la oportunidad de dar un paso atrás muy digno y abrir la vía a pactos que, sin él, serían más fáciles con Rivera y ya no imposibles, aunque poco probables, con el PSOE, con y sin Sánchez, en cuyos planes, por ahora, no figura la retirada digan lo que digan las urnas.
“¿Puede sobrevivir el capitalismo? No, no lo creo”. Así comenzaba el capítulo más famoso y tan citado como poco leído de Capitalismo, socialismo y democracia, una de las obras clásicas de Joseph
A. Schumpeter, considerado junto a Keynes –y a su misma altura– como uno de los dos grandes economistas del siglo XX. Schumpeter argumentaba su teoría en “el deterioro de la clase burguesa como base sociológica y en la destrucción generada por la innovación a partir de la gran empresa como organización capitalista predominante”. Es lo que el autor, que defendía el capitalismo, llamaba “la destrucción creativa”, mientras en un ejercicio de falsa modestia aseguraba que había logrado dos de los tres objetivos que se había fijado en su vida, “ser el mejor jinete de Viena, el mejor amante del mundo y el mejor economista” aunque nunca confesó en qué falló.


