Los ochentones copan el verano
Marbella, como todos los veranos, reúne a la flor y nata del famoseo. Los que más se divierten, gozan de amores tardíos y brillan con luz propia son los chicos de la tercera o cuarta edad, que provocan la admiración de todos.
Son admirables. ¡Viva la tercera o casi cuarta edad! (tampoco rebajemos). Admiran, pasman, brillan, resaltan, producen más entusiasmo que los biquinis de Mar Flores, las insulsas lindezas de Amaia Salamanca o la risa perenne de Paula Echevarría, ejemplos de exultante juventud. Pero nada que ver con la alegre ochentena del marqués de Griñón o Mario Vargas Llosa. A ellos uniría a María Teresa Campos (75 años cumplidos hace dos semanas) y los reaparecidos Ramón Arcusa (79 increíbles con la sonrisa de siempre) y Manuel de la Calva, eterno Dúo Dinámico cantando cual apasionados veinteañeros lo de “15 años, tiene mi amor”. Fue tema que se adelantó a su tiempo porque hace medio siglo (y parece que fue ayer), no era de recibo exaltar tal preferencia por las chiquillas sin ser sometido a juicio. Todos disfrutan, apuran, gozan amores tardíos con ímpetu de chavales. Rejuvenecen. El aristócrata lo hace prendado de la rubia Esther Doña, a la que imprimió sello de refinamiento y nobleza marca de la casa. Ella tomó buena nota de lo aleccionado y ya destaca entre las más, igualando lo que en tiempos como marquesas consortes fueron la seca Jeannine Giraud luego desplazada por Naty Abascal cuando ambas compartieron a Ramón Mendoza, presidente merengue que nada aprendió de los modales tan chic de la sevillana ex Grande de España que no necesita ennoblecerse para impactar mundo adelante. El trío Falcó se completó con Isabel Preysler y la dulce Fátima de la Cierva, verdadera sufridora en casa. Difícil estar a la altura del señor marqués.
Momento Preysler
No es el caso de Isabel y Vargas Llosa, media vida aguantando hasta encontrarse –¡por fin!–. Parecen hechos el uno para la otra. Idéntico sentido práctico, parecidas estrategias sociales, don de gentes, genio y figura bien conservados por dos sesiones de masajes semanales. Salen como nuevos y no descuidan este método, especialmente eficaz en la cara del novelista, que parece otro en este apasionado momento Preysler tan viajero. Distinto, desganado y opacado parecía al lado de la sufridora durante medio siglo, su abnegada prima Patricia, resuelvelotodo con la que engañó a su primera esposa, la aún sin reaccionar tía Julia. Recuerdo su gesto aburrido y cansino en sus veranos marbellíes a los que imprimía un toque cultural como Camilo José Cela y la azuzadora Marina, siempre invitados al mismo hotel donde, pagando de lo lindo, todavía la Campos se instala con 40 pares de zapatos. Fue donde el Nobel gallego –en dos semanas hará 25 años, otro feliz aniversario– me golpeó el morro casi tirándome a la piscina, firme en sus pies sin calcetines, calzados con brokers nada veraniegos. Su puñetazo sobre mi labio superior le dio la única portada de ¡Hola! de su vida, ni siquiera conseguida con el Nobel. Recuerdo cómo del empeine sobresalía arrugada la carnaza incontenible y bailona, buen soporte al traje de lino blanco usado como símbolo de distinción. Camilo José era un clásico. El touche intelectual inexistía en el reino de Gil y Gil o Julián Muñoz. Allí privaba el desmadre, la alegría permanente, el gunileo que detestaba Gil, un alarde joyero prestado por los Gómez Molina resistiendo el atraco de cada verano, asentados traficantes de todo como denunció Arturo Pérez-Reverte en La reina del sur, donde señala que aquello era la capital del tráfico sureño. Luego se regeneraban asistiendo a las galas de la Triple A –que nunca entendí qué era– o las de la Cruz Roja, que aún sostiene incombustible Maika Pérez de Cobas, como prólogo al Starlite animador de agosto.
Los conciertos marbellíes
Programa los mejores conciertos en la recuperada Cantera. No dejo de pensar en cómo Mayte Zaldívar, más incauta de lo que parecía, protegió a la Pantoja –que cumple 60 sin nadie al lado, tristísimo tras su variopinto carrerón sentimental– aupándola como imagen marbellera que luego le robó la cama. Cuando el tripartito, donde nada más se supo de Carlitos Fernández, que se cargó a Muñoz, la folclórica pretendió ser alcaldesa y ya atemorizaba al Ayuntamiento como si lo fuera. Ella me lo contó y lo viví. Para una novela. Se lo sugiero a Pérez-Reverte ampliando testimonial libro y serie televisiva que no dejo de repasar. Hay personas y personajes para dar y tomar: cómo olvidar a la exemperatriz Soraya, a la que por su afición al tinto bautizamos como Su Alteza Imperial Cune. O a Luis Sanz, descubridor de Rocío Dúrcal. También al solo aparentemente apacible Marc Rich, la Taberna del Casino dirigida por Lola Flores pero llevada por la platinada Mae Dominguín, o los desprecios al bailarín Antonio cuando, pasado de copas, reveló lo suyo con Cayetana Alba, adicta al chalé playero ahora heredado por su hija Eugenita, adicta al ciclo de conciertos que Universal montó en el Teatro Real. No va a la ópera pero no se perdió ninguno de Rod Stewart o Diana Krall. Solo falló a Manuel Carrasco, en cuyo concierto destacaron el negro pijama semidesnudo de Lidia Bosch; Kira Miró, entrañable con su madre; David Guzmán, con huida gaditana “para rematar mi nuevo guion”; y Cristina Castaño, silenciando por qué dejó La que se avecina. La lucense sexy pelirroja vacacionará en el sur “con alguna escapada a la tierra”, me dijo preservando la imagen de su alto novio, vestido como ella en tono verde Nilo. Sobre refrescantes blancos lució chic brasileño Carla Pereira. Pronto hará papá a Simeone. Está de siete meses y viene niña. Rocío Creuset ya no es joven promesa sino espléndida modelo. Su frescura jubila a Nieves Álvarez, tan dada al postureo. A la sencilla hija de la cargante Mariló le falta el cine. “Pero todo llegará”. Subía del aristocrático Sanlúcar de Barrameda, donde descansó en la casa de papá Carlos Herrera, aquello fue su primera inversión importante. Minifaldera, Arancha de Benito (no comment sobre la boda de Guti) aterrizaba de Tailandia con su novio, mientras Mónica Estarriado suda en la capital esperando un contrato. Le recomendé que se aclare la melena y repetí cómo me gustó en La reina del sur, donde muere pronto y sabe a poco.
El retorno de Amargo
Aunque para estreno rimbombante en fecha floja, la vuelta del vertiginoso Rafael Amargo que los lunes tiene actuación fija en una sala ibicenca. Ofrece el very typical, gajes del oficio donde el flamenco ha perdido a dos grandes: Lebrijano, genial con la Jurado y Manolo Sanlúcar en Un gitano llamado Mateo, y José Menese, del que guardo mal recuerdo. Fue en Nueva York, tras cena con el incombustible Javier Solana donde estaba Montserrat Caballé celebrando sus triunfos operísticos. El entonces ministro de Cultura infartó al levantar su copa “por Sofi”. Molestó su falta de respeto, tal asalto protocolario y pérdida de papeles. Lo conté y escribí. Solana aseguró que no fue así, la diva se negó a dar explicaciones. No desmintió ni confirmó. Pero Menese, contratado por el ministerio, apoyó la versión oficial. Quedó retratado por su sumisión más que lealtad a la voz de su amo.
Mónica Cruz, delgada y morenísima, fue de encendido rojo añorando que empezó de palmera con el artista. No pasó de eso, le faltó la talla que tiene su hermana Penélope. Marián Camino sonrió, Sonia Ferrer enseñó una tripita más playera que teatral, Mónica Martín Luque ya compite con Fiona Ferrer en no perder ocasión para exhibirse, algo impensable en el Luis Cobo sin comentar la crisis gestora en la Academia de Cine. Con blanco ibicenco acudió la desaprovechada Miriam Díaz Aroca, elogiada por un Antonio Canales ya físicamente tan enorme como sus danzas. Engordó por un desengaño. Le llaman maestro y lo merece. Recuerdo cómo una noche actuando en el desaparecido Zambra, Gina Lollobrigida flipó con su físico. Le iba el zapateado. Canales era impactante y la italiana se aficionó al flamenquito tras enrollarse con Antonio Gades cuando el mítico Bocaccio lo llevó para actuar en el Piper’s romano que descubrió a Patty Bravo. Años en que paridos por Escobar, Zipi y Zape eran ídolos de nuestros tebeos como doña Urraca, el reportero Tribulete, Carpanta o las Hermanas Gilda, tan parecidas a Cuqui Fierro. Rompieron moldes con sus desacostumbrados flequillos. Ya tienen nueva película que rieron desde Silvia Jato, que está triunfando; Higares, con su prole; o un Amenábar muy pálido, a la renacida Imma del Moral; Andrés Pajares, en pantalón blanco; Patricia Yurena, copando miradas; Norma Ruiz, prodigando lunares; y Francine Gálvez, matada de risa igual que la Grecia Casta, tan promocionada por su tío Richy Castellanos, como Jaime de Mora hizo en aquella jubilosa Marbella que sabía, consentía y callaba.
Esperemos que la Campos, a punto de estrenar otro programa con ella e hija de protas, se deje aconsejar por Bigote en regímenes alimenticios, que Richard Gere ya tenga casa madrileña con Alejandra Silva y que Manolo y Ramón repitan Resistiré cincuenta años después. Triunfa la tercera o quizá cuarta edad. Admirables.


