Lola Herrera y Cinco horas con Mario
La conocida actriz de teatro, que cumple 80 años, interpreta magistralmente por cuarta vez en su larga trayectoria profesional la obra de Miguel Delibes, que le proporcionó fama y prestigio.
Además de récord repetidor, Mario ya es toda una referencia sociológica. El personaje de Miguel Delibes resucita escénicamente transformado en documento, crónica y referencia de una España superada. Es toda una creación teatral de la vallisoletana que cumple 80 años yendo y viniendo con el muerto. Es un difunto que no reposa y que Lola Herrera ahora recupera magistralmente por cuarta vez. Abarrota deslumbrando humanamente sencilla con gestos ovacionados, como recolocarse una toquilla o quitarse unas medias. Pasaron 40 años desde que lo estrenó y en la première barcelonesa –cuando el productor Pepe Sámano se ennovió con Mercedes Milá tras romper con Mónica Randall–, tuvo un desmayo mediado el reprobador monólogo de ochenta minutos que saben a poco. Tal caída en escena causó morbo y publicidad extra. Tiempos en que hacía dos funciones de hora y media hoy limitadas a una sola. Representación agotadora. La función única fue impuesta por Naty Mistral y Alberto Closas, que venían de las Américas, donde era lo normal. Costó aceptarla, vencer las reservas de empresarios y hasta comediantes que dispusieron de un tiempo libre que no sabían emplear. El texto tan vivo perpetúa la frustración de varias generaciones patrias recreadas por Delibes.
Carmen histórica
Ya es una Carmen tan histórica en su incómoda domesticidad como la más bravía de Mérimée. O el Pascual Duarte celiano que ahora cumple y no sé si festeja centenario natal en Iria Flavia, pueblito coruñés que don Juan Carlos elevó a marquesado. El Nobel me recordaba siempre que hizo su primera expo pictórica allá por los 40 en la librería que tenía mi abuelo Lino Pérez en la transitada calle Real coruñesa, con tertulias republicanas donde privaba Santiago Casares Quiroga, a quien mi abuela doña Manuela llamaba “Santiaguiño”. Recuerdo sus lágrimas cuando murió exiliado en un París que luego conquistaría teatralmente su hija María Casares, que acabó enamorando a Camus. Un amor imposible que apenas cita en Residente privilegiada, memorias francesas donde tampoco habla de cuando aquí debutó para estrenar El adefesio, de Rafael Alberti. Buen poeta y pésimo comediógrafo. El debutante Cela que luego me atizó presentó en nuestra galería sobre todo grabados florales, el surrealismo quedó para sus libros.
Ante Carlos Sobera, que compró en siete millones el teatro Reina Victoria –“aún es del banco”, me confió–, lo subrayaba entusiasmado la alta juventud de David Coronado. Aplastó con abrazos a Lola. Más comedida estuvo Carmen Linares, flamenca donde las haya que formó con ella inolvidable tanda de recitales de cante grande y poesía. Tony Acosta lagrimeó tal Carmen Maura con abrigo rojo del que destacaba multicolor pañolón del italiano King Kinloch.
“Tengo nueva película en Francia y seguirá otra aquí. Sigo alternando porque la cosa está difícil”, bien lo sabe la espléndida Victoria Abril aquí casi opacada. Pero en Francia logra récords con una serie televisiva ya cinco años en pantalla. Se lo dijo a una Emma Suárez irreconocible con visera de paja y fieltro.
Fracaso taquillero. No habló con Maura del fracaso taquillero de Julieta, éxito de crítica pero las peores recaudaciones para Pedro Almodóvar en 20 años. Las dobla Kiki, de Paco León, jocoso y menos pretencioso. Qué distinto a las obtenidas por el manchego tan triunfador en títulos como el mortal jamonazo de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? donde Carmen se unió a Ángel de Andrés que acaba de irse, igual que el argentino Marianito Mores, autor de “uno busca lleno de esperanza, el camino que los sueños prometieron a sus ansias”. También creó homenaje a los nardos de Celia Gámez en “viejo Madrid, mi tango, que la nostalgia empaña” con compases del inmortal “por la calle de Alcalá con la falda almidoná”. Grandes artistas y mejor personas, consideraba la jubilosa Natalia Dicenta, firme en su romance de ya cinco años con un pianista barbudo. Tiene ojos azul claro que siempre ríen y bien lo sabe su peluquera Mary Ángeles Alcázar, que escogió la peluca negra con la que Lola se convierte en ficción: “En la calle y la serie mantiene el pelo corto y blanquísimo”. Casi irreconocible con 18 kilos menos, cuida la cabeza de Alejandra Silva, novia gallega y acaso futura de Richard Gere que, bajo el secador, se entrega a sus manos. Nada ofrece más confianza que unos rulos en su sitio. A veces hasta coincidimos en el salón de Moncho Moreno. La repasan de arriba abajo. Provoca tanto envidias como admiración en su sencillez inalterada desde que su padre, constructor, tenía un helicóptero propio a este enganche con el oficial y caballero.
Y si fue clamoroso anochecer para Lola, parejo resultó lo de Ángela Molina debutando como Cleopatra con un Emilio Gutiérrez Caba de apagado César. La misma seducción en un espectáculo que no está a su altura cinematográfica culminada en Las cosas del querer. Un texto sin enjundia, un repaso a lo ya conocido pero reválida para esta sensual cara de nuestro cine, lo más con la inmortal Sara y la más inconformista Victoria Abril.
Ese talante demostraron en una soleada Barcelona como reclamo para el Denim Day de Guess. Trío de rubias diferentes formado por el bellezón creciente de Elsa Pataky, que habla imparable de lo sexy que es su marido, Chris Hemsworth; la tranquila y pastueña Helen Lindes; y el chic permanente de Vanesa Lorenzo. Recuperó cinturita tras tener hace cuatro meses a María, su segunda hija con Carles Puyol. Me enseñó fotos de las dos crías, la mayor, de 3 años, casi recién unida al blaugrana.
Apenas entrevimos a Elsa rutilante de negro con bomber plateado, siempre tutelada por su madre. Es principal apoyo y control desde que hizo Maribel y la extraña familia. Dio belleza pero no talla de actriz. Da lo mismo y resplandeció en el marinero hotel Vela casi copia del Jumerai, al menos exteriormente, de Ricardo Bofill en la playa artificial dubaití. Allí, en una suite de 2.000 euros diarios, pasó su luna de miel Jesús Vázquez. Dubai acaba de acoger la casi resurrección de Julio Iglesias, casi otro Mario de ida y vuelta, tras 14 meses anulado por su ciática. Es vieja, como otros males de espalda que soporta desde hace 40 años. Suspendió cita marbellera el pasado 5 de agosto cuando por cuarto año consecutivo lo esperaban en una ciudad que siempre detesta porque le recuerda sus lejanos años juveniles compartidos con Isabel de sufridora en casa, bueno, era chalé.
“Julio pretendía ofrecerlo este año, pero rechazamos su intención porque sería mucho cuatro años seguidos. Aburriría”, me confirma Sandra García Sanjuán, alma, corazón, vida en el Starlite que con sus conciertos en bloque renovó veranos costasoleños que la otra noche añoré con las hermanas Tablada, Mae Dominguín, Mary Ángeles Grajal y una Marily Coll –arqueología en estado puro– a la que vi en las fiestas comunitarias madrileñas del 2 de Mayo con la bailarina o bailaora –nunca supe dónde encuadrarla– María Rosa. Cojeaba por traspié casero. Les rondaban el fantasmón Máximo Valverde, lo que queda de él, un Manolo Zarzo de 84 años juveniles y Antonio Medina. Saludaron a Cristina Cifuentes, siempre tan rompedora en todos los estilos y deseando lanzarse en paracaídas como sobre Sol hizo un equipo con monos azules. “Solo me falta eso, hay que oír y mezclarse con el pueblo”, repetía sin cansarse a sus 700 invitados. Ante un Sergi Arola internacionalizando restaurantes bajo un nuevo peinado de soltero “sin compromiso”, alabaron a coro el apropiado cinturón-lazo azul noche tan femenino acentuando esa piel rosada de la enérgica Soraya Sáenz de Santamaría. Sin buscarlo impone cambio indumentario en la a veces fornida Dolores de Cospedal, mejor con el cruzado blazer que no se quita de encima.
Cita solidaria
Para rascacielos, Nueva York, Shanghái o Dubai. Tiene centenares de ellos y cuando pienso en su abundancia y variedad me río de la bobada madrileña, pasmados con solo cuatro aunque multiplicados publicitariamente. Un exceso como el comentado en la cita Guess apoyando a las mujeres maltratadas, Elsa donó 10.000 a esta batalla, ante la reciente mamá Patricia Montero, la ya de siete meses Mireia Canalda, Andrea Duro, la desaprovechada miss Universo Elena Lalaguna y un Feliciano López viéndolas venir con el más colocado Octavio Pujades. Los barceloneses censuran furibundos el amenazador proyecto municipal de cargarse las terrazas de la plaza de Cataluña, donde especialmente subsiste la del centenario Zurich, siempre abarrotado de turistas. Antaño estaba circundada por mesas y sombrillas donde sobresalía el Luna, una especie de Café Gijón catalán siempre con artisteo. Ada Colau amenaza con prohibir reformas hoteleras en una ciudad que el año pasado batió marcas con 17 millones de visitantes. Les encoge su ansia expansiva y no se entiende tal provincianismo.



