La moda concentra a parejas famosas
Los desfiles de moda de Madrid y Barcelona parecían una muestra o exhibición amatoria de buenas intenciones casamenteras.
Parecía un retardado San Valentín, cuánto amor cuajado en puertas. Calidad y cantidad en lo que semejó muestra amatoria, exhibición o feria de buenas intenciones matrimoniadoras. Dúos de relumbrón como el de Elena Furiase y Leo Perugorría, sobrino del actor de Fresa y chocolate. Él sorprendió por una seriedad nada habanera y muy distanciadora, con la rotunda mirada lo decía todo. Asustó ante la calidez que tiene la mayor de Lolita y Guillermo, mamá con vacaciones impuestas por la exclusiva ya que con recién estrenado marido no pudo viajar a La Habana para reunirse con los dos hijos que él tuvo y no retiene de un primer matrimonio. De ahí su escapada florentina obligada y entrevista, razones de peso y actualidad les transportaron a la ciudad de Miguel Ángel, los Uffici y el cantado Ponte Vechio. Cuba queda para más adelante, a ver si Pablo Durán consigue vencer la más oposición que resistencia a que sus niños posen aumentando el interés del corazón. Son un valor añadido al hispanoamericano romance de cantante y actor, algo inédito aún en la vida pública del galán. De ahí que busquen preservarlos incluso haciendo el proyectado posado reagrupador de la familia aunque el cariño en este caso se ciña sólo a exigencias periodísticas.
Compusieron uno de tantos dúos entregados sentados en la primera fila del desfile pronovias donde Carmen Lomana apareció desplazada. Y no por estar sin acompañante bajo las cursilonas rutilancias como miameras de plateados sobre mangas abullonadas. Su descoloque y soterrado cabreo, disimulado por una sonrisa siempre congelada y nada convincente, fue producto de no figurar a la diestra del internacional Tito Palatchi, asientos de privilegio, realce y destaque otorgados a Genoveva Casanova y la irreconocible Elenita Tablada, casi afeada -si eso fuese posible, pero a las pruebas me remito- sin su centelleante melenón aclarado por el sol caribeño. Ahora, tras el parto, lo tiene oscurecido, de un negro acaobado menos rutilante y llamativo. Lomana desclasada y desplazada a un extremo o fila de menor importancia formando tándem con Álvaro de Marichalar en lino verde trigo ya uniforme estival, no se lo quitó en tres salidas consecutivas porque le gusta sudar el guardarropa. Su rusa Ekatherina es casi una virgen medieval que siempre parece salida de una pintura de Fra Angelico.
Ocuparon espacio con el adelgazado Manu Tenorio, Matilde Borromeo, Amanda Hearst, Antonio von Fursternberg y otros segundones de apellido rimbombante, inevitables en Le Petit Ghota. Representan a una aristocracia añeja contrastada con esa nueva nobleza del estilo, la escalada social o el éxito personal, protagonizada por el repeinado Julio José Iglesias, fiel a su risa y pelo planchado estilo Valentino, no el modista sino el actor de cine mudo, la dulce Helen Lindes vestida de fucsia animada por Jesús Morales, o una Vega Royo Villanova contando tristezas amorosas: se casaba en dos meses pero suspendió el montado enlace con Momo, un rico suizo que, para colmo, les parece de lo más atractivo: “Que fuese judío no resultaba problemático porque yo me preparaba para cambiar de religión”.
Tenaces o resignadas.
Dicen que su familia estaba encantada con unión tan desigual, pero madre Carmen Urrastarazu tenía recelos desde su semi-jubilación bilbaína, en tiempos bullía por bellezón y vitalidad en los saraos madrileños. Mujer de fuste y empuje, cuando casó a Carla con el príncipe búlgaro montó la de aquí te quiero ver porque ¡Hola! ninguneó a su familia y no incluyó semejante parentela en su repaso matrimoniador. Telefoneó protestando: “¿O es que acaso mi hija no tiene parientes?”, reclamó. Y le dieron la razón porque la tenía como Vega motivos para anular enlace por segunda vez. Las hay no sé si tenaces o resignadas: “A tiempo comprendimos que cometíamos un error al seguir. Nos llevamos muy bien pese a todo. Ha sido de mutuo acuerdo...”. “¿Y os devolvisteis los regalos intercambiados?”. “No, siempre quedarán como testimonio de lo que pudo haber sido”, me contaba risueña con Madrid a los pies situado -o más bien sitiados por el gentío circundante- en la terraza del Bellas Artes, donde se remató el desfile de Mango que revisa, actualiza y pone al día clásicos del buen vestir british: abundan los camel, los tweeds reconfortantes imprescindibles del invierno, mini-pantalones en napa y botas por encima de la rodilla. Jerséis cálidos, aparatosas bufandas, un cierto aire recreador de saharianas y chaquetas tirolesas. Todo de buenísima confección y calidad que impactó a entendidos como la veterana Cuca Solana, refulgente en su alunaramiento blanquinegro, o un Fermín Lucas, presidente de Cibeles, que había ofrecido sus instalaciones para cobijar tal colección: “Pero Andic prefirió el centro de Madrid”, reveló mientras jadeante subía a pie los siete escalones que distanciaban desfile y copetín bajo la luna llena.
Jaime de Marichalar tiró la toalla en el primer rellano y, ante la imposibilidad de subir en ascensor, inició el descenso mientras el resto se explayó durante horas en el cóctel-cena servido por Caritina Goyanes. Ya es nombre, firma y catering imprescindible en el buen yantar social. En poco tiempo logró un renombre acrecentado por delicatessen donde destaca un jamón único, mini-pizzas recién salidas del horno o refrescantes batidos de melón con arándanos. Le dieron un diez, de ahí su abnegada entrega: “Por el trabajo aún no he podido bautizar a mi primogénito, Pedro. Suerte tengo de que mis padres lo cuidan cuando tengo que desplazarme”. Reenamorada se la vio. También expectante con las novias de Manuel Motta en su lanzamiento barcelonés donde Ariadne Artiles quedó opacada por la rotundidad física y profesional de Karolina Kurkova. Pese a las pretensiones de la guapa grancanaria ex de Fonsi Nieto -su primer peldaño escalador, hay que llevar encima el piolet- es mejor modelo que maniquí, de ahí que en Nueva York, su actual residencia, sólo pose para catálogos de grandes almacenes, nada que ver con el impacto comercial o mundial que tienen hombres y nombres como Jon Kortajarena, Oriol Elcacho y Velencoso.
La hija de Bono no contesta.
Ana Bono se dejó ver con Josep Pujol, hijo del president y doña Marta. Evitó pronunciarse acerca del contencioso, acoso ya casi derribo de su señor padre: “Yo pertenezco al otro clan”, se desmarcó cuando todos creían que haría declaraciones reivindicando esa honestidad actualmente cuestionada. Como abogada que es y ejerce, la mayor del matrimonio incluso actuó de intermediaria en nombre de una de las empresas presuntamente implicadas. Nada contaba de la posibilidad casi confirmada de que su padre sea nuestro embajador en la Santa Sede, mientras Paco Vázquez se transformaría en el Defensor de Pueblo. Su hermana Amalia se exhibió en el mangoneo -y no va con segundas- ya embarazada de seis meses.
Alejandra Prat resplandeció bajo gasas amarillas, y contaba que vive en un piso de 800 metros y era vecina de J.A. Samaranch, en gloria haya. Marianne, su madre, llegaba de Bombay, donde viaja frecuentemente, no por razones humanitarias sino aprovisionándose de souvenirs cinco estrellas que luego encantan a sus amigas. Dejó Palma, se afincó en la galaica Cambados y hasta retomó su larga pero interrumpida relación con el piloto Rafa Velón: “Nos replanteamos la relación y cada uno vive en su casa: Es la mejor fórmula, una manera de sobrevivir”, casi recomendaba con su mucha experiencia. Su pequeña Andrea se ha hecho comentarista y escribe en el histórico Marca. Ella exultaba juventud con rejuvenecedores lunares negros igual que Genoveva Casanova se esponjaba en un traje Pronovias de encaje negro conformando mini-volantes. El moño trasero era remarcado por diamantíferos pendientes Yanes en forma de abanico abierto. Su brillantería le otorgaba inédito resplandor, algo impensable en su parece que penosa etapa como condesa de Salvatierra. La recuerda con un uff aliviado, fue una pesada carga. O tal secreteaban al lado de un engordado Manuel Motta que rechazaba la paternidad del traje nupcial de Lolita: “Yo no intervine para nada”, precisó.
Desfile de moda en Barcelona.
Vega Royo se esponjaba en una confusión de avolantados del rojo al morado como para cancán del Moulin mientras la descolgada Natalia Álvarez, ex de Rafa Camino, estuvo sola tanto en el desfile barcelonés como en el madrileño, donde departió con Juan Antonio Samaranch Jr. parece que ubicado en la Villa y Corte por su agenda olímpica. Fue con su esposa Cristina de enormes ojos verdes mientras Julia Puig, hija del heredero Mario, también se asienta en la capital. Chus Esquerra puso rompimiento decorativo y Luis Medina, barba de veinte días mientras sigue tonteando con su ex Alejandra de Rojas. Evidencian buenísima relación, al tiempo que su hermano, duque de Feria, contaba cómo ha sido su peregrinación a Compostela. Viajó en bicicleta: “Salimos de Roncesvalles, siguiendo el camino francés, y en seis días llegamos a Santiago”. Con cinco amigos remató tan pío pero hoy comercializado acontecimiento espiritual durmiendo en el familiar Pazo de Oca, joya del barroco gallego donde pasó los veranos de su infancia cuando su padre y Nati componían matrimonio modélico.
Nati se sobrepuso y ahí sigue dando ejemplo de saber estar y revestirse. Todos la magnifican y exaltan su buen gusto en ocasiones extremo como la tarde del mangoneo, ella a la siniestra de Andic porque es exquisita consejera, impactando con enormes pulserones de la americana Wendy Guell. Completaba más que complementaba con un collar años 30 en cristal, puro decó de John Sorrell, singular realce a la blusa de raso azul bajo cazadora de cuero, uno de sus últimos looks. “Pero, ¿quién te vestirá para casar a Rafael?”, su hijo no le perdía ojo prendado de la prudencia de Laura Vecino.
A meses vista, el bodón bético del joven duque de Feria, nuestro elegante más reconocido, ya genera interrogantes. “Lo ignoro. Sólo sé que llevaré mantilla...”, escabullía centrando su interés en la venezolana Margarita Zingg que fue con un Boris Izaguirre excusándose por su entrega descarada a Belén Esteban. Rendido dejó descolocado al jurado ofendido por la de San Blas que ahora vaca y nos deja descansar de su repetitiva, forzada y bien exprimida concurrencia a Sálvame. En él, Jorge Javier exhibe y hasta alardea de un sadismo soterrado, se regocijaba humillando a la informadísima Mila o con los infantiles lloriqueos de la cada día más cuajada físicamente Lidia Lozano. ¡Y pensar que la conocí berreando casi vestida tal la Esteban con rústicas faldas de jean...! Llovió desde entonces, remarcaban ante la espléndida Olivia de Borbón, de cutis transparente mientras Carla Goyanes acentuaba fisonomía y nuevo estilo enmangonada en marrones, uno de los tonos del próximo otoño-invierno.
José Miguel Fernández-Sastrón, el ex de Simoneta Gómez-Acebo, aligerado de un emparejamiento, tiró balones fuera sin justificar la ausencia de Ruth Gabriel, parece que su actual romance: “Es una más, que hay muchas otras y las desconocéis”, rió casi ufanándose en su donjuanismo parejo al de un propietario de Mango fiel, unido y firme en su casi unión con Zenaida. El resto es bulla, efervescencia, supuestos. No profundizan ni dejan huella, certificó bajo su negrura ya casi tan uniforme como los diseños Mango vestidos desde Maribel Yébenes a la Ruíz Cuadrado que, muy delgada “y con el mayor que ya me llega al hombro”, veía remarcar su fuerte mandíbula sobre un traje de lino negro sobre el que bailoteaba animadora una hilera de perlones barrocos. Amortiguaban la dureza acaso excesiva de su prominente barbilla.
Famoseo de ida y vuelta en un puente aéreo refinado, social y de elegancia contrastada. Sigue pujante aunque Montilla y su política se empeñen en distanciarnos. Siempre nos quedará París.


