La madre de Lequio no presta a la Reina su diadema

03 / 05 / 2012 16:50 Jesús Mariñas
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Sandra Torlonia no quiere ceder a doña Sofía su joya de imponentes aguamarinas ni como préstamo ocasional para su aniversario de boda.

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Otro contencioso familiar, ay, lo que faltaba ante las bodas de oro de don Juan Carlos y Sofía. Están en puertas y la soberana, no se sabe por qué, tenía el capricho de lucir la diadema que Alfonso XIII, entonces enamorado y luego muy desencantado por la hemofilia, ofreció a Victoria Eugenia cuando no la había repudiado como luego sucedió. Y es que la historia se repite siempre, qué les voy a decir que ya no se sepa, airee, comente y hasta ensalce ocupando incluso primeras páginas. Pasma y conforta al tiempo, es un secreto a voces.

Y menos público es la renuencia de Sandra Torlonia, madre del conde Lequio e hija de la infanta Beatriz, de prestar a doña Sofía la diadema de imponentes siete aguamarinas bailonas en un círculo de diamantes conformando guirnalda que la Reina pretendía lucir si llega el caso en su fausto aniversario matrimonial. Pregunté a Dado qué había de cierto y no vaciló al contestarme. Incluso me dejó tranquilo como si en ello nos fuese la vida o me sintiera cortesano de los que ya no se estilan porque Juan Carlos los quitó de en medio: “Estoy seguro de que mi madre no tendrá problemas porque se llevan muy bien”, con esto di por rematado el tema. Pero enseguida me hizo variar una posterior llamada rectificadora telefónica del gran amor de Anita, tan encauzado por la aparentemente plácida María Palacios, que sabe ponerlo en su sitio cuando llega el caso. Las apariencias engañan, no se fíen:

“Acabo de hablar con ella -doña Sandra reside en Turín- para contrastar y me ha dicho que nada, que no cede la joya ni como préstamo ocasional. ¿Por qué?: chi lo sa”, me replicó Lequio sin profundizar como ahora algunos pretenden hacer ante la proximidad conmemoradora. La negativa no produce ningún problema porque aunque las aguamarinas son imponentes y muy primaverales, doña Sandra las aireó por última vez en la remojada boda madrileña de Felipe y Letizia.

Caídas accidentales.

Volverá a reír la primavera, ojalá, que está aguada, y doña Sofía podrá recurrir a otras tiaras como la de Cartier con dinásticas flores de lys tan emblemática aunque diamantíferamente quizá excesiva en tiempos de crisis, e incluso la más sencilla, más conocida como la Griega, que le ofreció la reina Federica al contraer matrimonio en vísperas de magnificación llena de nostalgia. Tiene una especie de greca y en el centro ostenta un buen diamante bailón en forma de lágrima, la llevó la infanta Cristina en su enlace barcelonés con el ahora encausado Iñaki Urdangarin. ¡Qué tiempos aquellos sin tanto claroscuro familiar! No puedo contener otro suspiro melancólico que va al mar que es el morir, claro, igual que otros ante lo que asemeja campaña de desprestigio en el mejor estilo decimonónico. Parece que fue ayer y tampoco carece de lances románticos como los que marcaron época o descendencia bastarda en nuestros Borbones, a quienes Dios guarde muchos años porque María Zurita, hija encantadora y muy borbónica de la cálida infanta Margarita, también se repone -aunque con más lentitud que su egregio tío- de trompazo familiar pero sin escopetas por medio. Genes de altura y, si no, ahí tenemos al enhiesto y bigotón don Leandro, entregado al cuidado de su todavía bellísima Conchita, un amor que compartí desayunando muchas veces con ellos en los pasillos de Radio España en tiempos peores. Si es que los hubo. Y rebuscando desempolvan los años cincuenta del pasado siglo donde el conde de Barcelona, entonces residente en Estoril, como Simeón de Bulgaria, el conde de París y Humberto de Saboya, enseñó a cazar elefantes al entonces joven don Juan Carlos. Incluso los acompañaba doña Sofía tan antitaurina. Eran safaris montados por los Santo Espirito cuya patriarca, doña Isabel, era considerada “segunda madre” por don Juan Carlos.

Mundo feliz y dorado bien plasmado por Ricardo Mateos en libro  reconstructor de aquel tiempo en que don Juan, doña María y Juan Carlos se movían entre los Asseca, Melos, Guissa, Ruiseñadas o Rocamora cuando la costa próxima a Lisboa concentraba tanta realeza desposeída. Nada nuevo bajo el sol resulta esa afición borbónica a matar paquidermos. “En la entrada de Villa Giralda te recibían un par de enormes colmillos testimoniando aquellos viajes”, reseña Pastor, buen rastreador de la pequeña historia como el tonteo simultáneo de Juan Carlos con María Gabriella de Saboya y una Olguina de Robilant que resultó criada respondona al vender posteriormente, y acaso escocida, cartas reflejadoras de lo que mantuvo con nuestro soberano. Ojalá hoy o mañana no se repita semejante deslealtad, pero débil es la carne y más técnicos e imperdurables los métodos de comunicación afectiva o pasional.

Los romances actuales no tienen historia porque en seguida los despachan vía exclusivas bien pagadas, televisiones y ¡Hola! en cabecera. Por eso obtuvo las primeras declaraciones aún dolientes de Marina Danko al romper con Palomo Linares después de 34 años -¡se dice pronto!-, padre de sus tres hijos. Ella sigue exprimiendo publicitariamente tal decepción porque las penas con pan se minimizan. Aparentemente repuesta y sin llegar a confirmar lo que mantiene con su primo Celio -¿romance, pasión o solo encame temporal?- súbita o milagrosamente recuperado tras veinte años sin verse y, por lo tanto, sin tocarse. Hay que creer en rencarnaciones milagrosas. Convocó, auspiciada por unas pastillas adelgazantes, 1, 2, 3 responda otra vez, como en el mítico concurso de Chicho Ibáñez Serrador que lanzó a Mayra, Victoria Abril y la empolvada Silvia Marsó además del trío torbellino de las Hurtado como tacañonas. Lo de Marina tuvo bastante de acertijo, laberinto o jeroglífico. Reconozco que salí sin saber a qué carta quedarme creyendo haber presenciado montaje de culebrón donde no faltaron buenos, malísimos y hasta llantina fuera de contexto.

Las lágrimas de Marina.

Aunque quizá era baza lacrimógena a jugar entre denuncias o acusaciones veladas, ella muy puesta y digna con estupendos 56 años que no aparenta. Agarraba con aparente descuido, pero mostrando la marca -todo estudiadísimo- la botella del líquido adelgazador que “quema, frena, elimina y desintoxica”. No descuidó detalle: “Celio solo es mi primo. Pero me cuida, me protege, me acompaña, me mima y está encantado con que yo trabaje”. Soltó de carrerilla lo que parecía un velado ataque acusador a su exmarido. ¿Palomo la descuidaba, la desprotegía con pocos mimos y saltaba al verla diseñando los aparatosos joyones que ella, muy barroca, diseña con piedras duras y vende en El Corte Inglés? Quedé con interrogante, duda y desconcierto.

“He sufrido mucho, he llorado más pero volvería a revivir todos esos años de matrimonio”, agregó, y en ningún momento hubo descalificaciones directas. Prodigó los buenos lances esquivadores. “Palomo llegó a decirme: ‘Marina, que antes de Celio tuviste a otros dos”. “No pienso opinar, hay cosas de las que no pienso hablar”. “Pero has venido, previo cobro, aparentemente para dar la cara. Ahora tienes la ocasión rodeada de medios informativos. Precisa, aclara, puntualiza o denuncia. Habla de una vez”, casi la conminé provocándole un nuevo chorreo lacrimógeno como para eliminar líquido sin perder la compostura casi encomiable de no mediar una propaganda con obligación de cante y largue. Nos desesperó igual que 48 horas más tarde hizo su primogénito Palomo Jr.

Realzó el lanzamiento de una botella colorista, nueva y rompedora del whisky J.B. Allí compartió honores apadrinadores con Lucía Bosé, que se vio zarandeada en un garaje muy in, Bimba, una Soraya en loor de multitudes de toda edad resaltada en vertiginoso escote y Lucía Hoyos bajo malla dorada felicitada por cómo funciona interpretativamente después de tantos años intentándolo: “Ahora hago de Matilde Coral en la serie televisiva sobre Rocío Jurado. La veremos próximamente cuando rematen la polémica sobre Carmen, que no Carmina, en la que guion y debatidores que ni la conocieron, salvo una coleguilla, olvidaron significar qué fueron en su historia sentimental Pepito el Marismeño, ya rehabilitado, el bronco Pepe Cabrera o el también airado Eduardo Bermejo en tiempos íntimo de un Fran Rivera como despreocupado de las cositas del querer de la Divina.

Desechan a esos vivales y dan oportunidad de resucitar a mucho muerto viviente como en el caso de Encarna, otra víctima de escarnio y deformación aunque también tuvo lo suyo. Y lo digo conociéndola bien porque me amenazó  y hasta mandó que me aporreasen, y tras la tunda, presenté denuncia. Pero también tenía un lado divertido y generoso. Se obcecó cuando la rechazó Rocío y esa pasión la revertió en Pantoja, nuevo objeto de culto, devoción y despilfarro. Si yo les contara.

Vuelvo con los escurridores Linares, ojalá Junior tuviera tanta habilidad capote en mano. Pero no es así aunque lo vi más lanzado y desenvuelto, quizás porque se quitó de encima lo que fuese con Olivia de Borbón. Otro enigma sin resolver: “No me enteré de nada porque preparaba mi reaparición taurina. Pasaba todo el día en el campo con entrenamiento intensivo”. “Pero en tus padres verías malas caras, distanciamiento, tensión y lejanía. Tu madre me dijo que lamentaba veros tan tristes y acongojados. Ya no entiendo nada, Sebastián”. “Te aseguro que fue lo que te cuento. Solo vivía para el toro”.

Una fiesta muy colorista.

Y no hubo manera de sacarle más mientras la octogenaria Lucía Bosé llegó en descalzas sandalias cojeando con traspié muy a la moda. Se ha convertido en un símbolo de referencia prestigiadora, lo que hay que ver. Exuberante y con los ojos luminosos, contó cómo su hijo Miguel “cada día se baña con los niños que ya están muy grandes y crecidos”. Volvía de filmar en Chile película sobre “Alfonsina y el mar” y le esperan tres nuevos rodajes: “Me sobra el tiempo tras cerrar el museo de los ángeles que tenía en Turégano. Me arruiné con él, pero confío en poder reabrirlo con el tiempo”, la vi con ilusión reanimada como su carácter tan vital. Es irrepetible y recuerdo lúcido de un tiempo mejor como el de la juventud portuguesa de don Juan Carlos, actualizado en ese libro de historia viva de realezas extintas. Por eso hay que cuidar la de nuestro monarca, significaban al pairo de un Julio José Iglesias repitiendo que “este otoño me casaré con Charisse”. Parece el cuento de nunca acabar, un ya increíble ¡qué viene el lobo! Confiemos que se cumpla pero el anuncio fue ardid usado para promocionar unas prendas de una firma de ropa. Para lanzar ropa íntima inglesa echaron mano de la sofisticación de Rossy de Palma bajo tul cual viuda negra -¡más quisiera!-, Elena Anaya, siempre discreta, y Malena Costa, superado su accidente barcelonista, charlando con una irreconocible Nuria Roca y una Lola Marceli primaveral en tonos limón. Carla Goyanes sigue explotando su rentable embarazo y posó barrigona ante el photocall de Agatha mientras con mayor merecimiento lanzaron Gran Reserva con la guapa Paula Echevarría y la estupenda Amaia Salamanca que sigue sintiéndose refeliz con Rosauro Bauro que, como el acomodaticio Rafael Medina, es el único que mantiene armonía amorosa con su pareja.

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