50.000 euros pagaron por las fotos de Letizia y Sartorius
Una de las fotos más inimaginables de la última década no tuvo nada de casual, como tampoco la elección del teatro del estreno de Cayetana, su pasión.
Parece tiempo de muertos vivientes, cuánta reaparición fantasmagórica. A Isabel Sartorius sólo le falta una autosubida a los cielos, ya que tuvo pero no retuvo cuando España se le echó encima cuestionando su parentela con padres divorciados. Mucho hemos cambiado. La guapa de ojos verde uva pudo haber sido y ya casi ni es. De ahí su reaparición casi premeditada; desde hace dos años su madrastra, Nora, la animaba a volver a los medios tras su nada afortunada experiencia de tan sólo meses en El mundo. Hablamos de casi veinte años atrás. Necesitaba ocuparse en algo relacionado con la información. De ahí que no dudase cuando la reclamaron para Espejo público, donde cada mañana Susanna Griso pone y hasta impone clase, profesionalidad, contención y un modo de hacer inédito hasta ahora en programas similares. Supuso un rompimiento con las maneras a veces cariñosamente interesadas de la magistral María Teresa Campos o una Ana Rosa Quintana más volcada cada día en el corazón que siempre resulta cheque al portador. A Isabel le pareció un buen reto profesional. Y alentada por su representante –sí, sí, lo tiene, también esto asombra- se animó al mañanero debate enfrentándose a pesos pesados como José María Carrascal, Antonio Pérez Henares y Miguel Ángel Rodríguez, completados por una esquelética Marta Robles transformada en súbito respaldo de Isabel. La casualidad hizo que el debut coincidiera con esas fotos con Letizia, un mano a mano inesperado pillado -no tanto, había mucho de montaje y aviso-, hechas a finales del pasado abril, aunque las hayan difundido como material recién realizado. Tan explosivo dúo disparó todo tipo de suposiciones. Todo parece surgir del funeral de la madre de Carlos Zurita, duque de Soria, donde se encontraron.
“A ver si nos vemos...”. “Ya te llamaré”, acordaron. Las fotos son evidencia de que hubo encuentro nada casual. El testimonio gráfico no es resultado de instantánea pillada casualmente por un aficionado: el resaltado, realizado con un objetivo 300, sirvió para cazarlas supuestamente a unos cien metros de distancia. De ahí que se las vea relativamente relajadas. Todo parece confirmar que una de las dos partes advirtió que se verían, propiciando lo que ya se considera una de las fotos más inimaginables de la última década y por las que se han pagado 50.000 euros. Insisto, algo nada casual y casi diría que preparado como pista de relanzamiento de la que pudo ser princesa con un look de atractivo recuperado tras su etapa descuidada, como hastiada y sin ilusiones, que le duró casi diez años. Fue algo provocado por la ruptura de un romance que mantuvieron casi cuatro años frente a la incomprensión general que no admitía una futura Princesa de Asturias con parientes o padres problemáticos. Nuestra perspectiva y las circunstancias posibilitaron el descubrimiento de LetiziaOrtiz, refeliz consorte del heredero y magnífica compañera en ese “trabajo”. Con ella desaparecieron palaciegos recelos o tiquismiquis de cortesanos añejos, aunque algo pervive en esa Marta Robles que se encoleriza si alguien molesta a Isabel, porque la enflaquecida rubia televisiva se ha transformado en una especie de guarda de corps iracunda o camarera mayor. Y encima presume de fisna y en su programita promocionador de marcas hasta da lecciones de lo que ella considera buenas maneras. Qué pensará su protectora, Esperanza Aguirre, ante tan intempestivas salidas de tono.
Homenaje a la duquesa.
Y vino el debut de Cecilia Gómez, la hasta ahora igNorada bailarina que sólo tenía experiencia como repetidora en la compañía de Sara Baras, ya en feliz espera. Noche de estreno rimbombante, la Gran Vía madrileña expectante ante quiénes concurrirían para respaldarla. Curiosidad por comprobar si estaría su ex Fran Rivera Ordóñez, aunque fuese tarde solemne en la plaza de toros donde ya no triunfa, mientras Madrid seguía preguntándose por qué su hermano Cayetano no cuajó como ídolo de la afición capitalina. Dicen que sólo lo consideran un “torero sevillano”, de ahí las reticencias para el entusiasmo sólo demostrado en unos quites de la corrida inolvidable donde Morante de la Puebla volvió a sentar cátedra. Oportunidad también de comprobar cómo Jaime de Marichalar se mantiene de burladero en burladero. Elegante, algo petimetre y exhibicionista, se le vio en asientos de invitado excepcional lo mismo en Las Ventas que en los toros patronales de Aranjuez, donde compartió calor, si no alegría, con los duques de Fernán Núñez, el embajador francés Delaye o un Enrique Múgica aparentemente desconocedor de que el coruñés Paco Vázquez podría reemplazarlo como Defensor del Pueblo si ZP confirma el nombramiento de José Bono como próximo embajador ante la Santa Sede. Creen que hay que quitarlo de en medio, molesta en ciertos círculos sociatas. El político vasco aseguró no saber nada de esa operación de recambio, mientras su hijo Daniel, alejado de la literatura donde tenía más que futuro, iba de grada en grada sin soltar la mano de su pareja.
Jornada la de San Fernando en Aranjuez luego rematada en el palacete que allí tienen Begoña y Pedro Trapote, antiguo refugio amatorio de Isabel II. Trapote conserva el idílico refugio de aire más alpino que mesetario con el confort acolchado de aquel tiempo de terciopelos y cortinajes con borlones. Cuentan que allí se produjo un significativo incidente con sorpresa en noche festiva donde aseguran que José Luis de Vilallonga, muy como los cortesanos Isabelinos, jaleaba expresiones de su entonces esposa, “la estupenda señora”. Historias de la historia revividas mientras Josemi RodríguezSieiro insinuó pasos de baile con el ex duque de Lugo, un momento estelar comparable al cerrojazo con que Enrique Ponce, triunfador de la tarde alternando con Santiago Castella y un Juli en estado de gloria, acabó dándole a rancheras y boleros acompañado de Mariachi. Codo con codo con la eterna Lita Trujillo, a quien los años aumentan humor, sabiduría y cintura, mientras Ricky Trujillo todavía arrancó suspiros con sus fornidos y mantenidos 46: “Nadie diría que ya tiene un hijo de 15”, exultaban desde Coqui García Font a una María Calleja con indumentaria menos cantarina que los estampados italianos de Beba Longoria, mientras David Meca ponía informalidad a la casi etiqueta del uniformador traje gris o azul noche, tal se veía en el decorador Josemi Rodríguez o el joyero Miguel Ángel San Eduardo.
“Si nos dejan, haremos entre los dos un mundo nuevo”, entonó cálido Ponce. En la canción romántica tendría futuro, aseguraban más que suponían ante Vicente Boluda ofreciendo una imagen rayada de fortunón valenciano. “Todos con Camps”, mantuvo el ex presidente merengue mientras Pepe Hidalgo, dueño de Air Europa, formó corrillo donde se oía sobresalir a Flor San Agapito, prohombre económico del Gobierno socialista de Felipe González. Las hijas de Mari, su actual pareja, dos rubias sensacionales, se ponían casi de largo en la noche madrileña. Son estampa juvenil y renovadora luego repetida al abrir la quintaesenciada terraza del Villa Magna o en la fiesta montada en la embajada francesa como final de la feria isidril. IsabelGemio hacía mohínes bajo su colorida mini rechazando ser inmortalizada.
Trinque inédito.
Postura contrapuesta dieron en la noche estrenista de la ex de Rivera Ordóñez. Todos buscaban exhibirse, aunque Carmen Tello mostró cierto rechazo, quizá contagiada por su marido, Curro Romero, que rehusó incrementar la gala. Hizo un buen quite quitándose de en medio en velada que acabó con otra danza infatigable. Con golpes, empujones, gritos desaforados y carrerillas para que no rompiesen la exclusiva fiestera, porque la hubo, iniciando así un trinque hasta ahora inédito en lo que a fiestas y aprovechamiento del famoseo se refiere. También admitimos carteles publicitarios en un estreno presuntamente exaltador de la danza española y la figura egregia de la actual duquesa de Alba. Ella, renqueante, melena alborotada y ánimo apoyador, llegó casi sostenida por sus hijos Fernando y un Cayetano que dos días más tarde se mostraría domesticado y afable en la primera comunión de sus mellizos, realizada conjuntamente con el hijo menor de Álvarez-Cascos y Gema Ruiz Cuadrado. Ceremonia donde el ex vicepresidente montó otra de las suyas escondiéndose tras unos folios blancos. Nadie entendía esas ganas de anonimato en quien pretende la presidencia del Principado asturiano. Sorprendió y causó carcajadas como pasmó la casi beatitud del Cayetano Martínez de Irujo, siempre predispuesto al cabreo.
Aunque de eso sólo hizo gala su ex cuñado Rivera Ordóñez cuando, compartiendo palco preferencial, que no presidencial, con la duquesa y Carmen Tello, se indignó al ver que retrataban a su hija Cayetanita. Acabó lanzando improperios y casi insultando a dos fotógrafos que se habían colado con los cinco reporteros de la exclusiva que, para no ser confundidos, lucían vistosos y cantarines escapularios acreditando ser de la revista compradora del estreno. La duquesa comentó su extrañeza al ver que, echado el telón, la más bailarina que bailaora acudió a verla con un ramo de rosas blancas, “cuando habíamos quedado que la felicitaría en su camerino”. Carmen Tello no daba crédito a semejante manipulación y aprovechamiento del cariño, el director de la agencia informativa controlaba en todo momento y vio cómo David Meca repetía la chaqueta de lino con cuadriculado escocés vestida ya la noche ribereña de Trapote y lo antiestético del traje bicolor de Carmen Lomana, mientras los bailarines se enfundan fracs realzadores del aire aristocrático del inexistente guión que lo mismo exalta “la pasión” de Cayetana por la pintura que su amor a la Semana Santa sevillana o el entusiasmo ante su trilogía torera formada por Pepe Luis Vázquez –que la encandiló más allá del ruedo como ella misma reconoce-, Antonio Ordóñez –cuyos genes y mal carácter heredó su nieto mayor Francisco– y un Curro Romero mantenedor de exquisiteces y saber estar más allá de los cosos.
Comparaciones.
No dejaba de remarcarlo Tony Benítez, evocador de la gran Manuela Vargas ante su hija Rocío, auténtico bellezón, mientras Antonio Canales –autor de la coreografía- abundaba en la añoranza. Aunque un mundo distancia estos nombres: Manuela era genio, garra, temperamento traspasador y comunicativo, mientras Cecilia es una especie de figulina que mueve las manos de manera única. Sí, con gracia y retorcimiento. “Pero le falta pellizco”, acentuaba Canales. Y distinguía como parece hacerlo el público. Sólo 80 espectadores tuvo la siguiente representación, bajón continuado en uno de los teatros más grandes y emblemáticos de la calle más céntrica de Madrid, escenario de los grandes momentos de Isabel Pantoja .
“¿Por qué lo escogió Cecilia en vez de algo más acomodado a sus posibilidades y nombre?”, se preguntaban perplejos, acaso desconociendo la enorme ambición de quien hasta ahora tan sólo fue sombra discreta. Si fuese tan buena como pretenden, y ya con 30 cumplidos, alguien la hubiese descubierto como años ha ya hicieron con la sofisticada Dita Von Teese, imagen de un nuevo vodka, completamente revestida por el gallego José Castro, tercer español que ha sido elegido por la elitista Cooperativa de la Alta Costura, donde hasta ahora sólo figuraron Balenciaga y Paco Rabanne. Un poco el caso de Enrique Iglesias, que me aseguró “no desesperar de cantar” con su padre “algún día”. Resurgió promocionando la nueva colonia masculina de Loris Azaaro, el modista francés que antaño realzó el garbo retrechero de Teresa Berganza. Aunque nadie invitado compartió con Enrique la fiesta bautismal de Pachá, allí se exhibieron en palco semitorero desde la exquisita Lola Marceli y Vanesa Romero, pasando por una Cuqui Fierro y Eva Zaldívar, que parece relanzada con su amor recién iniciado. Le devolvió esperanza, sonrisa y ánimo vital.


