El pavo
A Churchill le encantaba comer bien. Cuando se inauguraba un establecimiento, le daba unos cuantos días de margen y se presentaba inesperadamente a comer.
08/04/11
WINSTON CHURCHILL ERA EL INGLÉS más inglés de Inglaterra –colonias incluidas-, excepto en una afición. Le encantaba comer bien. Se dice que para comer bien en Inglaterra hay que desayunar tres veces al día. Los ingleses, en efecto, desayunan muy bien, pero comen muy mal.
Churchill estaba al tanto de los nuevos restaurantes que se abrían en Londres. Cuando se inauguraba un establecimiento, le daba unos cuantos días de margen para su rodaje y se presentaba inesperadamente a comer. Churchill no tenía que reservar mesa. Allá donde fuere, se la inventaban. Aquel día se la inventaron en el restaurante Le Parisien, sito en Knightbridge.
Churchill comía, disfrutaba o padecía, se tomaba en los postres una o dos copas de Armagnac, y volvía a su despacho del Parlamento con un humor estrictamente correspondiente a la calidad del almuerzo. Sus asesores conocían al gran político a la perfección. “Hoy ha comido mal”. Y Churchill les daba un chorreo.
Pero aun de pésimo humor, sir Winston era un prodigio del ingenio, de la palabra rápida y del talento humano. Alcanzó sus dependencias con su inseparable puro habano, su bastón, su traje oscuro y su pajarita. Ocupó el territorio de su despacho. Gruñó. Su secretario particular se atrevió a formularle la pregunta: “Sir Winston, ¿ha merecido la pena la comida en Le Parisien?”.
Churchill no se lo pensó dos veces y dio su opinión: “Si la sopa hubiera estado tan caliente como el vino, el vino hubiera sido tan viejo como el pavo, y el pavo hubiese tenido la pechuga de la camarera, todo habría estado muy bien”.
En definitiva, que no le gustó.



