Caballero
Para que un caballero lo sea, precisa de un caballo. Sin caballo no hay caballero. Queda lejos la Edad Media. Y también el siglo XVIII, el último del caballo servidor del hombre.
02/09/10
DE SIEMPRE ME HA CHOCADO el tratamiento de caballero que en España se da a los hombres. Para que un caballero lo sea, precisa de un caballo. Sin caballo no hay caballero. Queda lejos la Edad Media. Y también el siglo XVIII, el último del caballo servidor del hombre. “¿A do vais, noble caballero, con tan bella dama?”; “A Godella”; “¿A Godella de los Infantes?”; “No, a Godella de fornicalla”. Era un presumido, pero también un caballero con bella mujer en la grupa de su castaño.
“¿Por favor, el servicio de caballeros?”. Y el camarero que señala y responde: “Bajando las escaleras, la segunda puerta a la derecha”. Y ahí, efectivamente, después de abrir una puerta con un cartelito que indica caballeros, se topa el urgido con un artilugio urinario sujeto a la pared y con un retrete escondido en un cuartucho poco recomendable. Eso no es un servicio de caballeros. El servicio de caballeros es un guadarnés, con todos los efectos que la caballería precisa. Sillas de montar, riendas, cinchas, espuelas, botas y zahones. Lo que se llama servicio de caballeros es sencillamente una porquería, necesaria, pero no edificante.
“¿Qué desea tomar el caballero?”, pregunta con su mejor intención el barman de una barra cualquiera. En tal caso, la respuesta correcta no puede ser otra que la que sigue: “Para mí, un whisky con mucho hielo, para mi escudero una copa de vino y para mi caballo, que se ha quedado en la calle, un cubo con agua fresca”. Los hombres que van a los bares a pie o en coche o en taxi, no son caballeros para nada. Sólo los que se mueven por las calles de ciudades y pueblos montados en un caballo pueden ser tratados como tales.
“Tenemos que sancionarle porque se ha excedido en la velocidad, caballero”, informa amable, pero tajantemente, el guardia civil. En ese caso, siempre hay que echarle la culpa al caballo. Y cuando no hay caballo, que es lo habitual, procede la respetuosa protesta conceptual: “Señor agente, se ha confundido. No soy un caballero. Borre mi multa como consecuencia de su equivocación”.
Señores y señoras. Ese es el tratamiento aceptable y correcto cuando el respeto se impone y las formas son necesarias. Los caballeros son los oficiales y soldados del Arma de Caballería, los jinetes de saltos o de carreras, los mayorales, los garrochistas y los que, eventualmente, montan sobre un caballo. Es decir que si hay servicios para señoras y caballeros, la figurita diferenciadora del sexo no puede ser la de un hombre y una mujer. Que pinten un caballo. En tal caso, el urinario es admisible.


