Dos relatos de Chejov y Tolstoi

14 / 05 / 2011 0:00 Ignacio Vidal-Folch
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Al leer lo que escribieron los clásicos del siglo XIX parece que no hace falta decir nada más.

20/05/11

SE VIENE HABLANDO en estos últimos años, y más desde la revolución de Internet, de “la muerte de la literatura”, o sea, de que se halla en un estado de postración y acabamiento porque ha dejado de ser un mecanismo significativo para el entretenimiento, para la difusión de ideas y formación de valores colectivos, para la transmisión de conocimientos y para la formación humanista, y como aparato estético puramente es un pez que se muerde la cola. ¿Será verdad? De todos los chicos y niños que conozco, ninguno lee; ¿Entramos en una Edad Media?

El gran escritor norteamericano Gore Vidal me dijo hace unos años que yo no podía tener idea de la importancia fenomenal que tenía la aparición de la novela de un buen autor en los años cincuenta, incluso al principio de los sesenta. Se paraba el mundo. Se devoraba, se discutía sobre ella. Ahora, desde luego, eso no sucede. Ahora las cosas son muy distintas. ¿Por qué? ¿Es culpa del hiperespacio? El gran escritor polaco Kazimierz Brandys abunda en ello en unas páginas magníficas de su De memoria (no traducido al español): “Los escritores de antes estaban convencidos de la importancia y la necesidad de la escritura; la literatura era la expresión del sentido o sinsentido de la vida; confiaban en la importancia y en el carácter irremplazable de lo que hacían. Nosotros, en cambio... No sé si hay que continuar estas frases ni cómo acabarlas”.

La querida amiga y vecina Ana María Moix, autora literaria y también, hasta hace poco, editora, me dijo el otro día que “ha sido cometido un crimen cultural”: un crimen cultural con la banalización y comercialización extrema del fenómeno editorial. Hablamos de Vargas Llosa, que es el último premio Nobel como sabe el lector, y Ana María me dijo: “Si La ciudad y los perros, su primera novela, de 1963, se escribiera hoy, nadie la publicaría: no es de gratificación inmediata del lector, es muy literaria y compleja; los mecanismos de selección, valoración, etcétera de la industria editorial están tan desvirtuados que no pasaría los filtros”. Ana María Moix me inquieta porque no tiene un pelo de tonta ni habla a humo de pajas.

En cuanto a mí, prefiero no ser catastrofista y sigo escribiendo y leyendo como si nada, pero a veces también caigo en un estado de ánimo negativo sobre este asunto. No por los motivos expuestos, sino porque cuando leo lo que hicieron los clásicos del siglo XIX me parece que no hace falta decir más. Por ejemplo, ahora acaban de republicarse (Alba editorial) sendos cuentos largos o noveletas de Chejov y Tolstoi: Luces y Amo y criado. En sus escasas páginas está dicho todo lo que pueda decirse, y de manera inmejorable, sobre el valor que le da uno a la vida a la luz del conocimiento de su naturaleza mortal (y es ese conocimiento precisamente lo que nos distingue de los animales y nos hace hombres). ¿Para qué escribir nada más, después de leer estas breves maravillas? ¿Para qué leer a otros que no sean Tolstoi y Chejov? Luego se me pasa, claro, y leo y escribo cualquier cosa.

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