Señalados

24 / 09 / 2013 12:55 Alfonso Guerra
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¡Gracias!

Es urgente que políticos, intelectuales, jueces y periodistas expresen con claridad los hechos mismos, no la versión interesada de unos y otros, y que actúen en conciencia despreciando las consignas partidarias de los poderes políticos, económicos o mediáticos.

En el momento en que tomaba posesión el nuevo Gobierno de la Junta de Andalucía el dirigente del Partido Popular andaluz, señor Juan Ignacio Zoido, anunciaba que la jueza que instruye el caso de la defraudación en las subvenciones de algunos Expedientes de Regulación de Empleo había imputado a dos expresidentes de la Junta de Andalucía. Al mismo tiempo, el grupo parlamentario del PP reunido en el Congreso de los Diputados hacía de altavoz de la noticia.

Todos los informativos diarios de las cadenas de televisión abrían con la imputación a los expresidentes.

Poco después, el mismo que había hecho de pregonero, el señor Zoido, ¡juez él!, rectificó: imputados no, “señalados”, creando una nueva tipificación procesal, pero recogiendo una de las más miserables técnicas de arruinar el buen nombre de las personas.

Hace solo unos días, el viernes pasado para ser exactos, moría el juez Manuel Rico Lara, pero como ser humano había muerto en 1995, o por decirlo mejor, había sido asesinado como persona en 1995, cuando un menor le señaló como frecuentador del Club Arny, donde, según declaró, se realizaban prácticas homosexuales con menores. A partir del momento en que fue señalado el magistrado, en aquella época juez de menores, se dio la señal que autorizaba el linchamiento, la persecución, la cacería que terminó con la vida social de un hombre justo, culto y humanista.

Tres años después los declarantes se arrepintieron y confesaron haber elegido los nombres al azar o, como en este caso, por animadversión contra el juez. Rico Lara dejó de ser el hombre apreciado por todos para ser considerado sospechoso por muchos, un apestado que había que evitar.

Señalar para poner en marcha el linchamiento, el crimen, la maldad, no es asunto nuevo. Ya los libros sagrados describen cómo Judas señaló a Jesús con un beso, era el gesto necesario para su apresamiento y crucifixión.

Casi todos parecen estar de acuerdo en que el auto para señalar está trufado de irregularidades. El fiscal lo ha recurrido, aunque la declaración del fiscal general no haya sido muy comprometida: “Por falta de motivación”. Él sabe que hay más. Él sabe que cuando los que detentan el enorme depósito de confianza que la sociedad entrega a un juez o a un alto mando militar, está otorgándole un poder extraordinario, disponer de la libertad de las personas en el caso del juez, disponer de la fuerza, del uso de la violencia, en el ámbito militar. Y sabe que cuando un juez o un alto mando militar transgrede la ley, traicionando la confianza popular, pone en peligro las bases de la democracia, esa es la más horrible corrupción.

No se trata aquí de defender a unos u otros. Si encuentro un grupo de personas preparando una soga para ahorcar a alguien, intento evitarlo sin preguntar siquiera de qué se acusa al que quieren linchar. Ante un linchamiento todo ser humano tiene que oponer su fuerza en evitación del crimen, más allá de la inocencia o la culpabilidad de aquel al que se pretende linchar.

Vivimos unas circunstancias de degradación general de la actividad política que exige posponer las discrepancias para marcar el acento en una actitud moral que salve a los hombres y a los colectivos de la indignidad. Tiempos en los que la inmediatez de la información y la saturación de noticias provoca una trivialización de las actitudes de graves consecuencias. Obsérvese la conversión de un avance tecnológico, las redes sociales, en un patio de airados insultadores sin límite alguno a la libertad. Los demócratas deben tener siempre presente que no existe libertad sin límites. Son muchos los que han renunciado a este principio, pues todos buscan una imagen impecable de tolerantes, pacifistas...

La preocupación por cumplir con la corrección política está matando la espontaneidad y dificultando la reflexión sin prejuicios, la búsqueda de la verdad de los hechos al margen de las conveniencias y sin miedo a la imagen que se proyectará de tu posición.

Los pronunciamientos se deben más a la cercanía ideológica o profesional que al contenido de lo analizado. Y se hace de forma tan extremista que a veces se descubre uno defendiendo a quien nunca pensó defender. La manipulación de los hechos y las palabras te obligan a rectificar a los que critican exacerbadamente a un personaje público que tal vez merece la crítica en sus términos justos. Si intentas reconducir la crítica a los hechos verdaderos, pasas inmediatamente a aparecer como defensor del criticado. No es fácil hoy encontrar un espacio en el que puedas expresar posiciones, análisis, no prejuicios, sin recibir ataques de uno y otro lado.

El miedo a ser maltratado por la opinión pública si no te sitúas a favor de la corriente hace que muchas personas con claridad de ideas y decencia se resista a expresar su posición. Esto vale para todos los hechos de la actualidad; hemos apuntado el laberinto judicial de la jueza que instruye los ERE, a sabiendas de que alguno habrá que crea que tales opiniones representan una persecución de la jueza (ya lo ha declarado el dirigente el PP que protegía a sus cachorros pronazis), invirtiendo la verdad de los hechos. Vale lo mismo para lo que ocurre en Siria, donde tras la utilización de armas químicas contra la población civil nadie quiere quedar como belicista cuando se habla de usar la fuerza contra el dictador; vale también cuanto pretendes expresar una crítica juiciosa al proceso de secesión emprendido por las autoridades autonómicas de Cataluña, que no solo deben respetar las leyes, tienen la obligación de hacerlas cumplir. Cualquier insinuación sobre la legalidad vigente es síntoma suficiente de anticatalanismo.

Todos estos casos de falsificación de las posiciones críticas son caldo de cultivo seguro para el autoritarismo, lo que hace urgente que políticos, intelectuales, jueces y periodistas expresen con claridad los hechos mismos, no la versión interesada de unos y otros, y que actúen en conciencia despreciando las consignas partidarias de los poderes: políticos, económicos o mediáticos. Lo que está en juego no es el triunfo de tal o cual proyecto político, lo que está en juego es la democracia.

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