Vascos, gallegos y la izquierda equidistante

28 / 09 / 2016 Agustín Valladolid
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La inestabilidad institucional y el futuro de Pedro Sánchez han distorsionado la campaña en las dos comunidades.

ETA no ha entregado las armas, solo las ha enterrado. Apenas cuenta en el día a día de los vascos, lo que confirma que su actividad criminal solo ha servido para llevar desolación a muchas familias. Pero sigue condicionando el futuro. Muchos ciudadanos han pasado página; no así los actores políticos. Una parte de la responsabilidad recae en el Gobierno de Rajoy, incapaz en toda la legislatura de asumir el menor riesgo en este vidrioso asunto, cuando lo que se le pide a un Gobierno es precisamente que tome riesgos. El presidente acaba de decir, en frase afortunada, que es un extremista de la sensatez. Pero lo sensato no siempre es sinónimo de quietismo. Hay muy poca inteligencia política en una estrategia que elude implicar al PNV y al Ejecutivo de Euskadi en el proceso de afianzar el final del principal cáncer sufrido las últimas décadas por la sociedad española en su conjunto y por la vasca en particular. Para evitar la crítica de una minoría se desaprovecha la oportunidad de anudar complicidades con buena parte de la sociedad vasca. Lo dicho, muy poca inteligencia.

Esta falta de iniciativa ha repercutido en una campaña electoral en la que el Partido Popular no ha tenido apenas margen para construir un discurso que no fuera el de la resistencia. Incluso una candidata de escasa enjundia ha sido capaz de poner en apuros a alguien tan experimentado como Alfonso Alonso, cabeza de lista de los populares.

Pilar Zabala, aspirante a lendakari por Elkarrekin Podemos, y hermana de José Ignacio Zabala, secuestrado y asesinado por los GAL en 1983, reclamó su derecho a ser tratada como víctima del terrorismo. Alonso se lo negó ante las cámaras, aunque después rectificara. Los balbuceos del dirigente del PP acortaron para muchos la distancia enorme, infinita, que hay entre los más de quinientos presos de ETA y los cerca de mil muertos provocados por las bombas de la banda terrorista. La falta de iniciativa aviva la equidistancia.

Pili Zabala ha sido en esta campaña una de las principales portavoces de esta falacia: “Matar y torturar estuvo mal (…); me parece tan importante el de-sarme de ETA como el desarme de actitudes y el desarme de comportamientos”. La línea argumental de Zabala, por ser quien es, es más peligrosa que la de Otegi. Nadie le ha respondido como se merece. Nadie le ha dicho a Zabala que “hay que pasar página con el terrorismo, pero antes de pasar página hay que leerla muy bien”, como ha apuntado Luis Rodríguez Aizpeolea, autor junto a José Mari Izquierdo del documental El fin de ETA. Ni siquiera los socialistas, cada elección más empequeñecidos a causa de la vista corta de los Lópeces y Ares, han sabido tomar distancia. El PSE ya no aspira a casi nada; solo a que le cuadren las cuentas con el PNV y ofrecer a Pedro Sánchez un argumento que justifique su resistencia numantina. Quién te ha visto y quién te ve. El PSOE superado en el País Vasco por la izquierda equidistante, como en Cataluña, como en Galicia. Tres comunidades históricas en las que antes el socialismo hacía de pegamento y hoy solo es un residuo de lo que fue.

Frankenstein a feira

 Muy interesante por cierto lo que ocurra en el otro frente electoral del 25 de septiembre, el gallego. El PSdeG de Xoaquín Fernández Leiceaga ha peleado por evitar el sorpasso y, paralelamente, se ha encomendado al Apóstol para que el Partido Popular no alcance la mayoría absoluta para así intentar un “Gobierno Frankenstein a feira”, test previo al intento de una de las últimas maniobras de salvación que, de producirse la carambola, le quedarían a Sánchez tras las elecciones del domingo. Mantener el tipo en el País Vasco y bloquear un posible acuerdo PNV-PP en esta comunidad, junto a un conciliábulo que impida la mayoría absoluta a Alberto Núñez Feijóo, son las variables que maneja Ferraz para seguir aguantando la posición. El objetivo en Euskadi no es descartable, ya que Íñigo Urkullu y Andoni Ortúzar se sienten más cómodos con los socialistas, pero en Galicia se antoja fantasioso.

Y no solo porque Feijóo sea hoy, muy probablemente, el dirigente popular más sólido de los situados en primera línea (puede que la solidez que transmite un político esté directamente relacionada con las señales que deja entrever su menguante ambición), sino también porque la alternativa que podría a duras penas construirse no parece entusiasmar a la mayoría de los gallegos. La victoria del PP por mayoría absoluta probaría muchas cosas, también la atávica pulsión conservadora –dicho sea en clave sociológica– de la sociedad galaica; pero sobre todo pondría de manifiesto, después de tres clamorosas derrotas en las urnas, la incapacidad de las oposiciones varias para construir una alternativa pragmática y confiable.

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