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Valiente jefe cobarde

06 / 05 / 2015 Agustín Valladolid
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Algunos piensan que la levedad del liderazgo de Rajoy impide que el PP rentabilice el “milagro español”.

Pasa el tiempo y la recuperación económica sigue sin hacer acto de presencia en las encuestas. Los expertos en demoscopia que asesoran al Partido Popular y al Gobierno cambian muestras y modifican cuestionarios para buscar una explicación a unos iniciales pronósticos que están a dos minutos de demostrarse erróneos. La pregunta a la que ahora tienen que responder es si el hundimiento del PP en los sondeos  se detendrá tras las elecciones del 24 de mayo; si esta es una crisis política profunda pero coyuntural o una tendencia imparable. Hay quienes intuyen la respuesta y, por tanto, el origen del problema. Lo que decide el triunfo en unas elecciones es la confianza en un líder, decía hace poco un experimentado colega que ha vivido todas las campañas electorales desde 1977 hasta aquí. Por ahí van los tiros. En 1993 el PSOE ganó las elecciones generales. Contra pronóstico, pero las ganó. Aquella legislatura, que no duró ni tres años, fue un infierno para los socialistas. A los escándalos vinculados a casos de corrupción (Mariano Rubio, Roldán...) siguió una guerra fratricida en el interior del partido con consecuencias en el Gobierno de Felipe González. Este, ante el alud de críticas y el acoso de un José María Aznar que nunca digirió aquella derrota, no tuvo más remedio que anticipar los comicios. Se celebraron el 3 de marzo de 1996. Los ganó el PP por los pelos: 38,7 % de los votos frente al 37,63 de los socialistas. González dijo después que le faltó una semana más de campaña para repetir victoria por quinta vez consecutiva. Probablemente acertaba.

El ejemplo de Aznar. Aznar había diseñado la operación derribo más dura y rastrera de la democracia. El “váyase señor González” fue solo el eslogan de una estrategia que, entre otras deslealtades, utilizó el terrorismo como instrumento de desgaste del adversario y supuso una de las más infectas campañas de descrédito de algunos profesionales de las Fuerzas de Seguridad del Estado que habían pasado información sensible al PP. Con la activa complicidad de Julio Anguita, que legitimaba desde la izquierda el “golpe”, y algunos medios de comunicación, Aznar asentó su oferta no en un programa electoral sugestivo, sino en la destrucción del adversario, aun siendo consciente de la seria avería que la maniobra iba a ocasionar en terminales muy sensibles de la maquinaria del Estado. Y aun así, estuvo muy cerca de ser de nuevo derrotado.

¿Por qué a pesar del imparable deterioro del PSOE en el poder, del irrespirable ambiente de la política española, el PP estuvo a un tris del fracaso? Seguramente porque enfrente tenía un liderazgo indiscutible, no solo de puertas socialistas adentro, sino también percibido como tal por el conjunto de la sociedad. Por amigos y enemigos. Cierto que González no tuvo en ese momento que bregar con la aparición de un contendiente dispuesto a invadir su espacio, como ocurre ahora con Ciudadanos (anteriores intentos por consolidar un partido bisagra, como el CDS de Adolfo Suárez o el Partido Reformista de Miguel Roca, habían fracasado). Era una confrontación entre dos: el aspirante rocoso, agresivo, ambicioso, y el líder venido a menos, pero líder al fin y al cabo.

La lección de aquellas elecciones fue doble: es muy arriesgado aspirar a dirigir un país sobre la exclusiva base de la destrucción del adversario; y la demostración de que el liderazgo es un bien escaso y altamente estimado. Aznar fue líder después de la victoria, cuando la pompa y el boato que suelen acompañar al ejercicio del poder elevaron su estatura política. Esos accesorios, y una coyuntura económica favorable, le auparon a la mayoría absoluta en el año 2000, ya frente a otro aspirante de sólida preparación pero cuyo carisma era perfectamente descriptible: Joaquín Almunia.

“Acontecimientos sobrevenidos”.

 Mariano Rajoy llegó al poder al segundo intento. No le hizo falta ocasionar ningún destrozo –ni creo sinceramente que el modelo Aznar sea compatible con su carácter– para superar en tres escaños el mejor resultado de su antecesor. Rodríguez Zapatero le empaquetó en papel regalo la mayoría absoluta. Rajoy fue un aspirante prudente y acertó. Ocurre que se instaló cómodamente en ese papel y ahí sigue, como aquel jefe de tribu del cuento infantil El valiente jefe cobarde, al que todos pedían que luchara y cumpliera con su destino como jefe, pero él se limitaba a decir: “Venceré a la bestia, pero aún no es el momento”.

El problema de Rajoy es que siendo el más político de los candidatos a la sucesión de Aznar no ha dejado de comportarse en estos tres años como un tecnócrata. La levedad de su liderazgo, puesta de relieve de manera elocuente a raíz del caso Rato, es el mayor handicap para que el Partido Popular rentabilice el “milagro económico” español, única baza electoral de peso –aunque no menor– que están en disposición de explotar los populares. Veremos si Rajoy está a tiempo de corregir este déficit. Dependerá en parte de lo que ocurra el 24-M.

Porque un mal resultado puede abrir la caja de Pandora y poner en marcha los “acontecimientos sobrevenidos” a los que se ha referido Luisa Fernanda Rudi y sobre los que no pocos en el PP ya andan elucubrando.

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