Tregua a la espera de elecciones
La Pax bética entre Sánchez y Díaz, no explícita pero sí tácita, convertirá el 26-J en las verdaderas primarias del PSOE.
Pedro Sánchez asumió que lo mejor era aplazar el XXXIX Congreso del PSOE. Él era el que podía proponerlo. Pero fue Susana Díaz quien tomó la decisión. No fue un acto de generosidad; más bien era el resultado de una reflexión que combinaba a partes iguales estrategia y responsabilidad. Se le achaca a la presidenta andaluza una indisimulable ambición por la política nacional sistemáticamente aplazada por razones exclusivamente tácticas. Sus críticos entienden que para dar ese salto a Díaz le falta “relato”. Es una simpleza. Le pueden faltar otras cosas, pero no precisamente relato; ni fortaleza. La proyección “nacional” de la dirigente sevillana es muy superior a la de toda la Ejecutiva socialista junta, a excepción hecha del secretario general. Su capacidad de interlocución con los principales actores “nacionales” está fuera de toda duda. Compruébese, por ejemplo, la opinión que tienen de Susana cualquiera de los presidentes del IBEX 35 que han acudido a San Telmo a rendirle pleitesía. Creo que lo he comentado aquí en alguna ocasión: el guion que sigue Susana Díaz, ya desde antes de convertirse en presidenta de Andalucía, es el de alguien que ha fijado su estación término en el Gobierno de España. Y tiene tiempo por delante. Su problema es que los trenes, a veces, solo pasan una vez.
Por eso ha dudado. Y ha cedido. Aunque pueda parecer lo contrario. Pedro Sánchez, cuando se le interpela por el pulso interno, alude como prueba de su fortaleza al respaldo mayoritario de la militancia tras su acuerdo con Ciudadanos, obviando un detalle importante: que no se pedía la opinión sobre quién debía ser el líder del PSOE, sino solo acerca de la oportunidad de ese acercamiento al partido de Albert Rivera. La consulta a la militancia revalidó la estrategia de Sánchez, que no es poca cosa, pero tampoco más. Sánchez sabe que Díaz ha transigido y que él se ha dado una nueva oportunidad. La Pax Bética: un pacto que interesa a ambos; no explícito, pero sí tácito.
El factor Podemo
El líder del PSOE esquiva por el momento la confrontación directa. Por mucho que insistan desde Ferraz, no era el claro favorito. Alguien había hecho recuento: Susana, como poco, controla tres cuartas partes de la militancia del socialismo andaluz, que a su vez supone un 40% del total del registro de militantes del PSOE. Con solo obtener un 25% más de apoyos fuera de Andalucía a su candidatura, hubiera batido a Pedro Sánchez con cierta comodidad. Pero a ninguno le convenía la confrontación. Sánchez necesita fortalecer su liderazgo antes de afrontar con las mínimas garantías un pulso interno de envergadura. Díaz no podía poner en peligro la robustez de su apuesta futura sometiendo al PSOE a un inoportuno test de estrés justo cuando el más temible de sus adversarios, Podemos, da muestras de debilidad. El partido de Pablo Iglesias sufre los previsibles efectos de su integración a marchas forzadas en un sistema del que hasta anteayer abominaba. De sus capacidades para asimilar esta realidad va a depender buena parte de su futura cosecha en las urnas. Por el momento, y tras sus primeras contradicciones en el terreno de la gestión y las sucesivas crisis internas, culminadas con algo más que el enfurruñamiento de Errejón, lo que se percibe es un cierto desfondamiento electoral. En alguna comunidad autónoma las encuestas que se manejan apuntan a la pérdida de su representación institucional. En favor del PSOE y de Unidad Popular-Izquierda Unida. Es probable que en estas semanas asistamos a una nueva operación de mercadotecnia política de cierre de filas. Ya todo se lee en clave electoral.
La reunión entre Sánchez e Iglesias solo fue un efecto óptico. Uno más. La Pax bética incluye la renuncia a cualquier intento desesperado de formar Gobierno con el apoyo de Podemos y los nacionalistas. Las expectativas de Sánchez cambiaron a mejor cuando tomó la decisión de pactar con Rivera. Ha sido el pacto con Ciudadanos el que le ha dado una nueva oportunidad. Todo lo que ocurra de aquí a la convocatoria automática de elecciones será pura táctica. Más efectos ópticos. Todos saben que este país no se puede permitir un Ejecutivo cuya llave la tienen los independentistas catalanes. También por eso Pedro Sánchez y Susana Díaz, Díaz y Sánchez, han decidido que no es el momento de la batalla final, que ese momento será el 26 de junio, cuando los españoles acudamos otra vez a las urnas. Porque ese día será cuando se decida quién será el líder del PSOE. No estatutariamente, claro. Las formalidades se escenificarán después. Pero Sánchez sabe que su única posibilidad pasa por convertir las generales en un plebiscito sobre su persona y ganarlo. Esa es la carta que le queda por jugar. Y nada puede reprochársele. Las primarias del PSOE ya tienen fecha: el 26-J. Será entonces cuando saldremos de dudas. O asistiremos, entonces sí, a una cruenta batalla.



