Salvar al soldado Rajoy
Si el resultado de las municipales y autonómicas es entre nefasto y catastrófico se cuestionará su liderazgo.
En estos tiempos no está resultando nada fácil para la gente honesta que hay en el PP demostrar que lo han sido y lo son. O porque casi nadie te cree, o porque cuando lo eres siempre hay alguien empeñado en que dejes de serlo. Le ha pasado a más de uno; y más de uno ha sucumbido a la tentación. También hay quien ocupando posiciones de poder ha sido acosado para que desistiera de su inicial propósito de hacer limpieza. El presidente de una importante comunidad autónoma estableció la frontera para poder ser electo en comunidades y ayuntamientos, o simple militante, en la condición de imputado, y todavía hoy sufre en sus propias carnes las maniobras de un investigado por la Justicia que tras su imputación fue expulsado del partido. Si me dejas caer, voy a por ti, sería el resumen más escueto de lo ocurrido en este caso. Una versión algo más extensa del episodio podría ser más o menos esta: se contrata un detective privado para que encuentre o construya algún trapo sucio de tu anterior vida; se compra un periodista a cambio de que extienda las dudas sobre tu pasado en Internet; finalmente se monta una presunta asociación contra la corrupción que utiliza el material elaborado por detective y periodista (sic) para presentar sucesivas denuncias en los tribunales. Toda la operación la financia el mismo individuo. Se sabe quién es, pero no es fácil demostrarlo. La intención inicial es el chantaje; contar con un arma de negociación que aligere, o incluso elimine, la responsabilidad penal. Y si no sale del todo bien, siempre se habrá sembrado la duda sobre aquél que te dio la espalda. Quién sabe, incluso hasta puede costarle el puesto.
Congreso extraordinario. La febril (y bendita) actividad policial y judicial contra la corrupción tiene sus inconvenientes. La avalancha de casos promueve estándares de credibilidad no todo lo exigentes que debieran ser a la hora de evaluar la solidez de una acusación. Un listón bajísimo que facilita la ejecución de oscuras venganzas a la legión de investigados por los tribunales. En el PP hay miedo. Se mastica. Miedo a lo de atrás; y miedo al fuego amigo. “Hay que tener cuidado. Como te salgas del tiesto te sacan una exnovia o un ático”. Lo dice poniendo cara de sorna, para que no se note mucho que va en serio. Un importante miembro del PP cree que las cosas están yendo demasiado lejos. Apunta a Moncloa. Se ha dado la voz de alarma. Hay que salvar al soldado Rajoy y no queda mucho tiempo: “Si el resultado de las municipales y autonómicas de mayo es entre nefasto y catastrófico se cuestionará el liderazgo del presidente”. Defina catastrófico: “Quedarnos con los Gobiernos de Castilla y León y Rioja, y perder el resto”.
Hay declarada tregua hasta el 24 (de mayo) +1, pero ese día puede ser el principio del fin. O el principio de otra cosa. El objetivo de aislar al presidente de los efectos de una hecatombe electoral no parece viable. Y la tesis de que la cita de mayo será la válvula de desahogo por la que los votantes naturales del PP se desprenderán de los malos rollos para luego volver al redil en las generales, adjudicada para variar a Pedro Arriola, no parece que vaya a hacer mucha fortuna. Si se pierden los Gobiernos de las comunidades madrileña y valenciana, si en un buen número de ciudades importantes los populares no consiguen mantener el bastón de mando, será muy difícil llegar a noviembre sin cambiar de caballos. La opción de echar mano de Ciudadanos como tabla de salvación la contemplan alcaldes y presidentes autonómicos, pero choca con la estrategia de no establecer pactos “contaminantes” de Albert Rivera. No son uno ni dos los dirigentes del PP que admiten en privado que si el desgaste electoral sigue su progresión actual será inevitable un congreso extraordinario tras el verano. Si hay refundación, será para todos. Rajoy incluido.
Lo de Rato, un lío colosal. Es en este contexto en el que podría cobrar todo su sentido el caso Rato. La imagen del exvicepresidente económico del Gobierno Aznar, cual Ecce Homo de Mantegna, custodiado por dos agentes con la mirada perdida, no parecía casual. Había que soltar lastre cuanto antes. La detención de Rodrigo Rato en vísperas de unas elecciones generales hubiera sido mucho peor. La puntilla. Pero no. Nada de eso. No ha habido órdenes desde arriba. Al menos no desde arriba del todo. En términos de táctica político-electoral la teoría de la explosión controlada no se sostiene. Por mucho que se quiera hacer de necesidad virtud y ahora nos vendan aquello de que el que la hace la paga y que da igual su rango y condición. Quien esté detrás de la operación Rato ha enredado al Gobierno en un lío colosal. Mayormente porque si ahora, presionado por la oposición, hace públicos los nombres de los otros 704 presuntos blanqueadores que se acogieron a la amnistía fiscal, acabará descubriéndose que un buen número de ellos tienen vinculaciones con el PP. Y si no lo hace, su discurso de lucha contra la corrupción se vendrá definitivamente abajo.
Mariano Rajoy sigue aparentando tranquilidad, pero tiene un cabreo sordo. Y es que alguien le ha metido en un avispero del que tiene difícil salir indemne. Y ese alguien tiene nombre y apellidos.



