Rivera y el "aznarismo"

14 / 10 / 2015 Agustín Valladolid
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El principal riesgo de C’s es el parasitismo de grupos cuyo único objetivo es alcanzar el poder a cualquier precio

Ciudadanos es un producto de la parálisis de los demás. Del PP, porque el espectro de Bárcenas ha impedido que se rentabilicen los pasos adelante dados en materia de transparencia y lucha contra la corrupción; y por haber afrontado demasiado tarde el imprescindible cambio de caras –y no de todas– que debe acompañar a cualquier movimiento regenerador de verdadero calado. Y también del entumecimiento del PSOE, largo tiempo enredado en la reconstrucción de los equilibrios internos seriamente dañados tras la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba y en la búsqueda de una estrategia eficaz de resistencia ante el impulso de Podemos, sin haber sabido construir hasta ahora una alternativa política convincente para una mayoría de españoles. Del desgaste de ambos se ha nutrido Ciudadanos.

Tras las elecciones municipales y autonómicas de mayo, la lectura más recurrente de analistas y variopintos expertos es que C’s se había estancado. Que había alcanzado su techo. Sin embargo, el 27-S ha liquidado el pronóstico. En Cataluña nació y Cataluña ha propulsado a Ciudadanos más allá de sus propios límites. Tiene en parte razón Albert Rivera cuando dice que C’s ha frenado el secesionismo. A la vista de los resultados, no es difícil aventurar lo que podría haber ocurrido el domingo 27 de septiembre si Ciudadanos no hubiese existido. Cataluña ha hecho que el partido de Rivera haya pasado de ser una buena opción para los desencantados de la zona templada del electorado, un desahogo en el que descargar altas dosis de decepción, a mucho más: una alternativa real de poder. Y claro, las alarmas se han disparado.

Ninguna elección parcial es extrapolable a unas generales. Pero las catalanas dejan algunas pistas que conviene seguir. Y una de las más elocuentes es que con su espectacular crecimiento, pasando de 9 a 25 asientos en el Parlament, Ciudadanos se proyecta como un temible competidor, especialmente frente al PP, y el más claro aspirante a ser la futura llave de la gobernabilidad del país. Incluso personas a las que concedo sobrado crédito intelectual van más allá y no descartan que C’s adelante al PP el próximo 20 de diciembre. Es otro de los efectos del 27-S: la percepción de que el voto útil de centro es solo cosa de dos, PP o PSOE, ya no se sostiene.

Arruinados por los elogios. Rivera navega con viento a favor, pero no está exento de riesgos. Probablemente, el principal sea la excesiva heterogeneidad de las adhesiones. La presión que ejercen sobre la formación emergente las fuerzas centrífugas que empujan a Ciudadanos hacia la derecha del campo de juego puede llegar a desnaturalizar este nuevo fenómeno político. Algunos de los que aplauden con fervor a Rivera desde la esfera política y ciertos medios, son los mismos que colocaron hace tiempo en el punto de mira a Mariano Rajoy. Para estos, Ciudadanos no es un proyecto ilusionante; es un instrumento más para acabar con el presidente del Gobierno, lo que nada tendría de extraordinario –ni es el primero, ni será el último al que se le intenta mover la silla, con razón o sin ella– si no fuera por el riesgo que entraña para el partido de Rivera dejarse parasitar por un entramado de intereses que no se ha resignado a ceder al marianismo los primeros escalones del poder.

El gran error del joven líder sería dejarse seducir por los que le susurran al oído que para superar al PP en las elecciones de diciembre hay que pescar votos en todos los caladeros, también en los de la derecha pura y dura. La mayor torpeza de Ciudadanos consistiría en prestarse a un juego que nada tiene que ver con lo que necesita España y mucho con las obsesiones e intereses que se alientan desde fundaciones sostenidas por los Presupuestos Generales del Estado.

Desde que verbalizara por primera vez su convicción de que se había equivocado al elegir a Rajoy como sucesor –y ya hace algunos años de eso–, José María Aznar no ha cejado en su empeño de derechizar al PP. En un principio, tal pretensión no atrajo demasiadas complicidades. Pero en la medida en que los hoy abiertamente complotadores fueron perdiendo las esperanzas de participar en el reparto del botín, vieron en el aznarismo el mejor vehículo para urdir su estrategia; y ahora han identificado en Ciudadanos la plataforma idónea para llevarla a la práctica.

Si de verdad quiere ocupar el centro y contribuir en serio a la regeneración de la vida política, Albert Rivera tiene que delimitar cuanto antes los márgenes infranqueables de su proyecto. De lo contrario, le podría suceder lo que Norman Vincent Peale, autor de El poder del pensamiento positivo, señalaba como uno de los mayores problemas que tienen que afrontar los hombres públicos: que prefieren ser arruinados por los elogios que salvados por las críticas.

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