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Rajoy, Sánchez y su altura política

04 / 09 / 2015 Agustín Valladolid
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Del entendimiento o discrepancia entre ambos  va a depender la futura estabilidad del país

Foto: J.M. Prats

En El advenimiento de la República Josep Pla atribuye a Manuel Azaña la siguiente afirmación: “Yo no sé si soy un estadista. Lo que es cierto es que, de la política, lo que me interesa es mandar”. Azaña era tan soberbio, para lo bueno y para lo malo, que hasta cuando aparentaba humildad, nunca de forma excesiva, se distanciaba del resto de sus colegas diciendo lo que todos pensaban y nadie se atrevía a expresar públicamente.

Ni Mariano Rajoy ni Pedro Sánchez, dos tipos altos, se parecen a Azaña, salvo en la legítima aspiración que ambos comparten por mandar. El primero ya lo hace, con peculiares modos probablemente arraigados en esa genética galaica a la que la elocuencia le resulta incómoda. Pero manda desde el parapeto de una mayoría absoluta que muchos le echan en cara no haber sabido utilizar. Sánchez, por su parte, acelera el ritmo de rectificaciones para tener alguna opción en las próximas elecciones generales. Ambos son lo que son, llegaron al lugar que ocupan por descarte, y las circunstancias han hecho que de su entendimiento o discrepancia vaya a depender en gran medida la futura estabilidad y el progreso del país.

En descargo de Rajoy hay que decir que asumió el Gobierno en condiciones manifiestamente mejorables. Quizá las peores desde aquellas dramáticas jornadas que cristalizaron en el frustrado golpe del 23 de febrero de 1981. Aun así, partiendo como se partía del fondo del pozo, superar la imagen de un país descompuesto y financieramente poco fiable no era tarea fácil. Ese ha sido el gran éxito del gallego: recuperar, por qué no expresarlo así, el orgullo de país. Sí, ya sé, la pregunta es a qué precio y quiénes son los que han pagado la mayor parte de la factura. Pero en política, además de asumir que la recuperación económica es un hecho, nunca hay que despreciar el peso de los intangibles.

Y son precisamente estos los que van a jugar un papel trascendental en estos tres próximos meses. Porque Cataluña es el gran intangible que hay que gestionar. Y si en Cataluña se ha llegado hasta donde se ha llegado es porque la política no ha sabido manejar precisamente lo más incorpóreo, lo invisible. Es el gran fracaso de Rajoy, muy por encima de la gestión de la corrupción, el decepcionante catálogo de reformas o la incapacidad, solo a medias y a última hora corregida, para cambiar las caras de un partido atónito.

Perder para después ganar. El penúltimo patinazo de esta cadena de errores –que comenzó con el recurso del Estatut ante el Constitucional– ha sido la rectificación sobre la marcha de la expectativa alimentada por el propio presidente sobre una posible reforma de la Constitución. Lo contamos aquí hace semanas: el PP asumía las tesis “asimétricas” del profesor Rubio Llorente. Fin del café para todos. Pero a alguien le debió de parecer, con toda lógica, que no es ahora el momento de poner sobre la mesa una carta que solo ha de jugarse al final del proceso.

En todo caso, del campo de minas catalán no se sale en solitario sin serias heridas. El PSC intenta regresar con toda urgencia a los brazos de aquel PSOE que le aupó a sus grandes éxitos, pero será el hermano mayor quien tenga la última palabra. Si desde aquí hemos defendido en alguna ocasión que la crisis económica obligaba a Rajoy y Sánchez a buscar puntos de encuentro, con mucho más motivo la cuestión catalana les convierte en corresponsables directos de lo que pueda suceder, pase lo que pase el 27 de septiembre. Nadie en Europa entendería que ante el órdago independentista los dos principales dirigentes de la política española no cerraran filas. Es en el presidente del Gobierno, obviamente, sobre el que recae la mayor responsabilidad de alcanzar un entendimiento. Pero Sánchez también se juega en este envite buena parte de su futuro político.

Cataluña va a ser la verdadera prueba de fuego del secretario de los socialistas. Decía John Kenneth Galbraith que “hay ocasiones en política en las que se debe estar del lado correcto y perder”. En esta coyuntura, Sánchez debe anteponer a sus ambiciones el objetivo de fortalecer la idea de país serio, solvente, capaz de afrontar el futuro sin caer en aventurerismos, que puede ponerse de acuerdo en lo esencial.

Porque fuera de los conceptos básicos que deben inspirar la cooperación de los dos partidos mayoritarios –interés general, defensa de lo común, crédito internacional...–, hay un amplio campo de batalla para la contienda política, para hacer oposición responsable y útil: desde las reformas pendientes en materia de regeneración, hasta la corrección de las desigualdades que quiebran nuestra sociedad. Solo así, asumiendo el papel que le corresponde, que sin duda incluye sacrificios, Pedro Sánchez forjará la imagen de líder que necesita el socialismo español. Y aspirar a ser, algún día, presidente del Gobierno.

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