Rajoy, Sánchez y el largocaballerismo redivivo
Rajoy dio un golpe mortal a su continuidad al trivializar la influencia de la corrupción del PP en el resultado electoral.
No es que nos pille de sorpresa, pero transcurrido tiempo suficiente desde que se celebraran las elecciones generales y visto lo visto en estas semanas, en las que hemos ido de sainete a melodrama y de melodrama a sainete, hay ya pocas dudas de que el principal problema político del país no es la endiablada aritmética electoral surgida del 20-D, sino las escasísimas aptitudes de nuestros dirigentes para adaptarse a la nueva situación y situarse a la altura que las circunstancias requieren. Por decirlo sin tanto circunloquio: nuestra clase política, cuando se trata precisamente de eso, de hacer política, hace agua por todas partes.
Esta sensación, ahora acreditada, y que sospecho comparten muchos ciudadanos, viene de atrás y tiene bastante que ver con lo que Daniel Innerarity llama “personalismo banal”, que viene a ser el producto más evidente y probablemente dañino de ese desatino mediático que es la política convertida en espectáculo de masas, disciplina a la que muchos se han apuntado con entusiasmo y que tiene en Pablo Iglesias a su profesor titular. Pretender identificar la transparencia con la propuesta de retransmitir en streaming las negociaciones para formar Gobierno; rechazar con pose indignada la invitación a reunirse con el presidente del Ejecutivo; u ofrecer como en un zoco el apoyo en ayuntamientos y comunidades a cambio de recibirlo en el Congreso de los Diputados, son algunos ejemplos de esa banalidad que nos rodea.
Cierto es que hay banalidades no forzadas, naturales, que vienen de serie, y otras que solo se manifiestan en coyunturas adversas. Pero para lo que nos interesa ahora poco importa el matiz. Mariano Rajoy dista mucho de ser un tipo banal, pero sus errores han hecho que su continuidad al frente del Gobierno sí lo sea. Probablemente, cuando el paso del tiempo nos deje ver las cosas con alguna perspectiva, a la gestión de Rajoy los historiadores desprejuiciados le darán una nota que, cuando menos, rozará el notable en lo que se refiere a la gestión de la crisis económica. Cualquier Gobierno conservador europeo habría revalidado con cierta comodidad su mayoría –no absoluta en el caso del PP, pero sí suficiente para armar un Ejecutivo con garantías– de haber sido enjuiciado exclusivamente por la capacidad demostrada para superar la extraordinaria depresión económica en la que estaba el país (hay dirigentes populares que confiaban en que la gente votaría únicamente pensando en el bolsillo y aún no han asimilado la sanción de las urnas). Claro que al norte de los Pirineos la corrupción no campa por sus respetos como aquí. Rajoy dio un golpe mortal a su continuidad cuando trivializó la influencia del latrocinio de sus compañeros de partido en el resultado electoral. Ahora la tremenda duda que queda sin aclarar es si no actuó internamente con determinación contra estas prácticas porque no quiso o porque no pudo, incógnita que en cualquiera de los dos supuestos compromete seriamente su futuro.
El PSOE y las deserciones. El caso de Pedro Sánchez es bien distinto. Hay un cierto aire de largocaballerismo rancio en la tragicomedia que está viviendo el PSOE. Sánchez no tiene pasado. O no tiene ese pasado en el que estamos pensando. Y lo que hace es pelear legítimamente por tener futuro. Pero lo hace de un modo que suena a viejuno, a un radicalismo que trae resonancias de otras épocas y te lleva a decir: “De qué me suena esto”, y vas y consultas los libros de Santos Juliá y las proclamas incendiarias de Largo Caballero, como la que incluyó en el acta del Comité Nacional del PSOE de 20 de septiembre de 1933 y que reclamaba “asaltar el poder por los medios que sean”. Por cierto, que Largo Caballero, contra la opinión de los moderados Prieto y De los Ríos, rompió ese año la coalición con los republicanos y los socialistas pasaron en las elecciones de noviembre de 115 a 58 diputados.
El problema de Sánchez es que su tabla de salvación se llama Pablo Iglesias y su verdugo, Pablo Iglesias, aunque él, Sánchez, piensa que hasta que llegue la hora de la guillotina pueden pasar muchas cosas. Por eso arriesga el físico desafiando a sus “mayores” con una jugada que muchos, quizá demasiados, han interpretado como una prueba por partida doble: de debilidad y deslealtad; y de que está dispuesto a todo. Los barones socialistas doblaron el pulso a su secretario general cuando le impusieron la anticipación de las primarias (8 de mayo) y evitaron así que la coincidencia con una nueva llamada a las urnas obligara a reeditar sin discusión la candidatura de Sánchez. La respuesta de este fue la de convalidar los posibles acuerdos para formar Gobierno con la militancia (ver recuadro) antes que con el Comité Federal. No es una jugada maestra, sino más bien desesperada. Y así lo han entendido hasta algunos de sus fieles, los llamados “niños de dios” (por Pepe Blanco) que empiezan a abandonar el barco. Si no hay Gobierno, habrá nuevo/a secretario/a general. La decisión está tomada: si no hay Gobierno habrá golpe, porque “con Sánchez nos quedamos [como Largo Caballero] en la mitad de los diputados”.



