Rajoy ante el espejo
El presidente sigue impasible, pero ¿es razonable perseverar en un quietismo que se ha demostrado corrosivo?
Decíamos aquí la semana pasada que “sin conservar el poder en buena parte de plazas y regiones, el discurso de Mariano Rajoy, que ha hecho hincapié en la importancia de que el PP sea el partido más votado, no servirá de mucho”. También situábamos la frontera entre el éxito moderado y el fracaso en que el Partido Popular superara el 30% de los sufragios en el global de las municipales y retuviera el Gobierno de comunidades autónomas consideradas clave. El PP ha sido el más votado, sí, pero por muy poco; se ha derrumbado por debajo de esa barrera psicológica del 30% (hasta el 27, 05% desde el 37,10 de 2011); y va a perder gran parte del poder territorial y de gestión que acumuló hace cuatro años. Mariano Rajoy le ha echado la culpa a las tres “c”, crisis, corrupción y comunicación, que es como echársela al empedrado, y ha anunciado que no hará cambios ni en el partido ni en el Gobierno.
Gobierno y PP. Si nos atuviéramos a la doctrina Arriola, esa que pronostica que los ciudadanos volverán al redil de la sensatez en las elecciones generales gracias a la confusión y el caos que traerán los pactos del frentepopulismo en ayuntamientos y comunidades, el 24-M habría supuesto, ya que no un éxito electoral, sí un extraordinario acierto estratégico. Sarcasmos al margen, este era uno de los escenarios previstos, solo que corregido al alza. El destrozo es mucho mayor. La caída en picado del respaldo popular es cuantificable. Muchos ayuntamientos, consejerías y diputaciones, con sus presupuestos incorporados, pasarán a otras manos. La capacidad propagandística menguará considerablemente.
Rajoy está en la obligación de tomar distancia. Las locales y autonómicas y las generales son elecciones distintas. La gente, es verdad, siempre ha sabido discriminar. Saben lo que se juegan. El foco del problema es otro. El PP es un partido presidencialista. Nada se hace sin el visto bueno de Rajoy. Él es quien nunca ha transigido frente a los que han reclamado un modelo de partido más abierto. Él es el que decidió que Rita Barberá, Esperanza Aguirre o María Dolores de Cospedal, por citar solo a tres ejemplos, fueran el cartel del partido en sus circunscripciones. El fracaso de aquellas es también su fracaso. Es muy probable que en unas elecciones nacionales la respuesta de los españoles sea más benévola; que, en efecto, los inevitables casos de desgobierno a los que vamos a asistir en las instituciones locales, provinciales y regionales de aquí a noviembre templen el afán rupturista de muchos ciudadanos; que, tras el verano, todos los datos macroeconómicos reflejen una España vigorosa capaz de crear empleo a velocidades supersónicas. Todo eso es posible, pero, ¿no será ya tarde? ¿Es posible, mejor, es razonable perseverar en un quietismo que se ha demostrado altamente corrosivo? ¿Cree de verdad Rajoy que puede acabar la legislatura sin hacer cambios ni en el Gobierno ni en la dirección del partido?
El presidente de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, abría el fuego amigo: “Le diría al presidente, ‘mírate al espejo y respóndete a ti mismo [antes de decidir ser de nuevo candidato a la presidencia del Gobierno]”. Luego vendrían los demás. Cada uno a su modo. Gente como Luisa Fernanda Rudi o Alberto Fabra, demostrando que no todo vale. Dignificando la política. Ese es el camino. Rajoy tiene toda la legitimidad para defender su derecho a ser el próximo candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Formalmente él no ha perdido estas elecciones. Pero acabará siendo el único culpable si se empecina en despreciar las señales que ya en dos ocasiones le han hecho llegar los ciudadanos. Tres apuntes telegráficos sobre PSOE, C’s y Podemos. PSOE: obtiene el peor resultado de su historia en municipales, pero aguanta el tipo gracias a nombres que transmiten confiabilidad: Fernández Vara, Javier Fernández, Susana Díaz, Ángel Gabilondo... Tiene un grave problema en las grandes ciudades (dejan de ser alternativa en Madrid, Barcelona, Valencia y Zaragoza) y un agujero negro en Cataluña. Complicado así tener alguna opción en las generales. Tendrá que extremar el cuidado a la hora de establecer pactos de gobernabilidad con otras formaciones.
Podemos: Pablo Iglesias ha reconocido que el proceso hacia el fin del bipartidismo tiene menos profundidad de la esperada. Traducido a su idioma político: el sorpasso queda lejos. Solo un serio error de cálculo de los socialistas alteraría en el corto plazo el orden hegemónico en la izquierda. Alcanzado el primer objetivo (disolver en la práctica a IU), ahora toca comprometerse, y ahí empezarán los problemas. Lo ha dicho también Iglesias: están para el cambio, no para el pacto.
Ciudadanos: ha quedado por debajo de sus expectativas, pero es el partido al que se le abren más variables. Puede marcar la agenda política si consigue hacer compatibles la aplicación de los principios de regeneración política que viene defendiendo y la colaboración institucional. Su mayor riesgo es derivar en un sucedáneo del Partido Popular. Y un consejo, sin ánimo de ofender: más gabilondos y menos villacís.



